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Dulces placeres

Por: Nikita
La historia que voy a contar me sucedió hace más de diez años, pero todavía hoy la recuerdo con total nitidez y frescura, tal fue la viva impresión y los insospechados sentimientos que me produjo. Acababa de cumplir los 27 y hacía poco que había terminado mis estudios en el conservatorio. No puedo decir que fuera una gran pianista, pero sí creo que puedo afirmar sin exagerar que había llegado a ser una intérprete más que decente. Pese a no estar especialmente dotada para el piano (algún profesor estúpido vaticinó que nunca llegaría a nada), mi esfuerzo y mi dedicación me habían permitido alcanzar cotas de perfección que a mí misma me sorprendían. No obstante, eso no impedía que mi situación económica fuese precaria, llevaba trabajando en una sucursal bancaria desde hacía varios años para costearme los estudios de música y, a pesar de haberlos superado ya con éxito, mis perspectivas de futuro no eran nada halagüeñas. En efecto, se cuentan con los dedos de una mano las personas que, en nuestro país, pueden vivir exclusivamente de la música clásica.

Así pues, yo seguía languideciendo en el banco de lunes a viernes, en un trabajo que aborrecía y me quitaba la vida por momentos, y es que es difícil anhelar y disfrutar el mundo espiritual del arte en general y la música en particular, y tener que ganarse el pan con algo tan prosaico y aburrido como archivar recibos y abrir y cerrar cuentas. Además, si descontaba el precio del alquiler, la letra del coche y los innumerables gastos que cualquier persona joven tiene en una ciudad como Madrid, apenas me quedaba para ir tirando de mala manera.

Por si no tuviera poco con mis problemas económicos, la relación con Pablo, mi novio de toda la vida, iba de mal en peor. Habíamos empezado a salir juntos con diecisiete años, y al principio todo fue perfecto, tenía un carácter suave y dulce, quizá demasiado maduro para su edad. No es que hubiera cambiado en eso, Pablo seguía siendo un chico cariñoso y amable. Pero lo cierto era que, últimamente, la rutina se había instalado en nuestras vidas, yo tenía la sensación de hacer siempre lo mismo: los viernes y sábados a tomar copas hasta las tantas, luego, a dormir a mi casa, el domingo, cine y despedida. Además, siendo los dos de carácter tímido, nuestra vida sexual había transcurrido siempre por cauces serenos, sin sorpresas. Pero esa tranquilidad que al principio me parecía lo más deseable para dar estabilidad a mi vida, últimamente se había convertido en algo repetitivo y gris. En una palabra, me aburría con Pablo, tanto en la cama como fuera de ella. Pero lo peor es que, después de diez años de relaciones, estaba demasiado acostumbrada a él, la idea de dejarlo me parecía terrible, no podía ni pensar en ello sin echarme a llorar. Estaba en una encrucijada, en esa situación de "ni contigo ni sin ti" que es tal vez lo más duro que puede atravesar una pareja.

Por eso, cuando mi amiga Petri (compañera de fatigas en el curro y confidente de desventuras fuera de él) me propuso un pequeño trabajo para los fines de semana, la escuché encantada. Nunca había querido trabajar en días festivos, siempre había pensado que el tiempo de ocio es sagrado, pero esta vez era diferente. En primer lugar, porque andaba muy mal de dinero, como ya he dicho. Además, se trataba de dar clases de piano a los hijos de un conocido de mi amiga, un tipo de dinero amante del arte y que podía contribuir con su mecenazgo a mejorar mi maltrecha situación económica. Por último, ocupar las mañanas de los sábados me libraba de un fin de semana eterno con mi novio, sin saber qué decir ni qué hacer, asustados los dos de que el otro dijera la frase maldita "esto no funciona".

Volviendo al tema de las clases, debo decir que, entre mis compañeros del conservatorio, estaba muy mal visto el hecho de dar lecciones de música a aficionados, venía a ser algo así como prostituir lo más sagrado a cambio de dinero. Yo misma tenía ciertos reparos al respecto, para mí tocar el piano era entrar en el reino de lo sublime, lo perfecto, y sufrir mientras mis alumnos aporreaban las teclas no era algo que me hiciese especial ilusión. Pero, viniendo de una familia humilde, el pagar los estudios me había costado un esfuerzo especial y muchas privaciones, me hacía ilusión que ahora, aunque fuera dando clases en lugar de conciertos, mi pasión por la música sirviese para devolverme parte del esfuerzo y el dinero empleados.

Así pues, el día señalado por mi amiga me dirigí a la dirección indicada, sin tener nada decidido pero muy predispuesta a aceptar el trabajo. Eduardo Carrión, que así se llamaba, vivía en un lujoso chalecito de tres plantas en una de esas callecitas próximas a Arturo Soria. Esa zona siempre me ha parecido lo mejor de Madrid porque, estando a menos de media hora del centro de la ciudad, es un sitio tranquilo y silencioso, hasta el punto de que uno se olvida de que está en una gran urbe y siente que se encuentra en una urbanización de la sierra.

Contrariamente a lo que había supuesto, me abrió él mismo la puerta, con una ancha y cálida sonrisa de bienvenida "hola, tú debes ser Helena". Ante mí se encontraba un hombre de alrededor de 50 años, delgado, con una elegante barba gris y aspecto educado y agradable. Me hizo pasar a un precioso salón donde me propuso tomar un café mientras hablábamos de lo que nos interesaba. Fuera hacía un tiempo de perros, y agradecí sinceramente el café caliente y las pastitas que lo acompañaban.

Apenas me había sentado cuando apareció el resto de la familia. Su mujer, Ana, elegante y distinguida, tenía una silueta elegante y esbelta a pesar de rondar también el medio siglo. Aunque algunas arrugas empezaban a ajar su rostro, conservaba todavía restos de lo que seguro había sido una espléndida belleza. Tras ella, aparecieron los hijos, mis posibles alumnos. Eran un chico y una chica. La mayor, Nuria, tenía 22 años, y era realmente una muchacha preciosa, rubia, alta, de breve cintura y gráciles movimientos. Me enteré de que estudiaba danza, y desde luego tenía figura de bailarina. En los ratos libres también practicaba con el piano, llevaba ya varios años y no era por tanto ninguna ignorante en el tema. Por su parte, Rubén acababa de cumplir los 21, era un alto y desgarbado adolescente que no parecía demasiado interesado por el piano, pero que había tenido que elegir entre eso y la danza, y había optado por recibir clases de música en casa como mal menor.

Se trataba por tanto de una familia muy aficionada al arte. El padre pintaba en sus ratos libres, la madre había practicado la danza y le había transmitido a su hija tan delicada afición. Por otro lado, el salón donde estábamos lucía estanterías repletas de libros, y de las paredes colgaban cuadros hechos por Eduardo, el padre. Era agradable estar con ellos y me parecieron una familia acogedora y divertida, incluso el hijo menor, a pesar de su difícil edad, parecía más educado y tranquilo de lo que es habitual en muchachos de sus años.

Cuando Eduardo me propuso subir al ático para mostrarme el piano y el lugar donde trabajaríamos, yo ya estaba casi decidida aceptar el trabajo. Si me quedaba alguna duda, se desvaneció al entrar en el estudio. Era una habitación diáfana, con unos enormes ventanales que permitían que la luz alegrase la estancia de un modo muy acogedor. En un ángulo del estudio, un precioso piano parecía esperarme especialmente a mí. En el ángulo contrario, un caballete y diversos materiales de pintura delataban que aquel era el lugar donde el dueño de la casa hacía sus pinitos pictóricos. En la pared opuesta a las ventanas, una barra de bailarina y un espejo grande servían a madre e hija para practicar sus ejercicios.

El conjunto respiraba pasión por el arte, era sumamente agradable. Decididamente, no sería ningún atentado contra la música trabajar allí. Por si eso fuera poco, mi nuevo "jefe" se reveló como un hombre sumamente generoso:

-Entonces, si te parece bien, podrías venir los sábados por la mañana, una hora con Rubén y otra con Nuria.

-Estupendo, ¿de once a una es buena hora?

-Perfecto por nosotros. Sólo falta hablar de tu sueldo. No sé, ¿qué te parecerían 50 € a la hora?

Lo cierto es que me pareció muy bien, y tuve que ocultar mi sorpresa para no hacer evidente que hubiera aceptado por mucho menos. Cuatro sábados al mes, dos horas por día haciendo algo que me gustaba, me iban a reportar 400 € mensuales, casi la mitad de lo que ganaba en el banco aburriéndome infinitamente durante 160 horas.

Salí de la casa feliz, me parecía muy agradable trabajar en un ambiente tan culto y refinado. La conversación de mis nuevos amigos era deliciosa, los alumnos parecían encantadores y educados, estaría muy bien pagada... lo único que sentía era no tener más clases que impartir en esas condiciones.

La entrevista había tenido lugar un martes, y pasé el resto de la semana deseando que llegara el momento de empezar con las clases. La música iba a reportarme al fin una satisfacción económica a la vez que espiritual, y además me apetecía volver a ver a una familia tan especial, tan alejada de los círculos en los que yo estaba acostumbrada a moverme. En cuanto a Pablo, me pareció que aceptada demasiado alegremente que yo trabajase en sábado. Pensé con nostalgia que, unos años antes, ambos esperábamos el viernes con impaciencia. Ahora, después de cinco días sin vernos (el vivía con sus padres demasiado lejos para citas entre semana) a los dos nos parecía una liberación pasar el sábado separados. Quizá eso era la señal para romper definitivamente, pero ninguno de los dos tenía el valor suficiente...

Cuando llegó el primer sábado, a la hora indicada llegué puntual a mi cita.

Antes de empezar, me ofrecieron desayunar con ellos, lo que hice encantada. La verdad es que ya había desayunado en casa, pero gozo de buen apetito, y los suculentos y exquisitamente presentados manjares que me ofrecieron resultaron imposibles de rechazar. Casi una hora después de las once, empezamos Rubén y yo con la primera clase.

Lo cierto es que el muchacho apenas tenía idea de piano, era bastante lastimoso su modo de aporrear las teclas. No obstante, resultó ser un alumno dócil y aplicado, era evidente que su educación le hacía tomarse las cosas con paciencia. No ponía pasión en lo que hacía, pero tampoco lo odiaba, como suele pasar en estos casos. La hora transcurrió tranquilamente y, cuando Rubén se levantó y Nuria ocupó su lugar, pensé que nunca había ganado 50 € tan fácilmente.

Decididamente, Nuria me sorprendió nada más empezar. Era uno de esos seres dotados especialmente para el arte, una de esas personas que tienen una habilidad innata, instintiva. Era increíble cómo ejecutaba las piezas, con una desenvoltura y una naturalidad insospechables en una simple aficionada. Cometía errores obvios que un oído educado como el mío detectaba al instante, pero debía reconocer que tenía de un modo innato el talento del que yo carecía. Si se hubiera dedicado en cuerpo y alma a la música, tenía madera para haber sido una gran intérprete.

La clase con Rubén fue agradable, con Nuria fue estupenda. Sin darme apenas cuenta, pasaron los 60 minutos. Estaba convencida, sin haberla visto nunca, de que mi alumna era una excelente bailarina. Tenía un don, y con eso se nace, no se adquiere. Incluso sentí envidia hacia ella, yo que tenía que esforzarme el doble que los demás por mejorar mi técnica, por conseguir lo que para ella era tan fácil y sencillo.

Me disponía ya a despedirme cuando Eduardo y Ana me invitaron a comer. Habíamos empezado tan tarde con las clases que eran ya las dos del mediodía, hora de comer algo, y sabían que yo vivía lejos. Por un lado me pareció abusar excesivamente de su hospitalidad, pero tanto insistieron y tan amables fueron conmigo que yo, que en realidad estaba desando quedarme, al final acepté la invitación. Llamé a Pablo y le dije que llegaría tarde. Como esperaba, no puso demasiados reparos.

Fue una comida deliciosa. Aquella familia me parecía divertida e interesante a partes iguales. Me encantaba estar con ellos charlando de música, libros o cine, y ellos parecían también felices de tenerme allí. Cuando al fin me despedí, anochecía ya. Sin haberme dado casi cuenta, había estado más de ocho horas en aquella casa y, mientras me iba en metro a mi humilde casa de alquiler en el barrio de Vallecas, sólo podía pensar en la suerte que había tenido al conocerlos.

Pasé toda la semana distraída y despistada en el trabajo, incluso más de lo habitual, lo que me valió alguna que otra reprimenda por parte del cretino de mi jefe. De un modo inexplicable, anhelaba la llegada del sábado, deseaba volver a reunirme con mis nuevos amigos. Me parecía que era el único lugar donde las cosas se desarrollaban a mi gusto, el único sitio donde podía olvidarme de mi frustrante trabajo, de mi cada vez más insatisfactoria relación con Pablo.

Cuando llegó el viernes por la noche, Pablo me propuso salir a tomar algo, pero yo rehusé. Llevábamos siglos sin hablar seriamente y cada vez parecía haber menos interés por ambas partes. Pretextando que al día siguiente tenía que trabajar, me quedé sola en casa mientras él salía con algún amigo.

Al fin, llegó el sábado, y de un modo extrañamente feliz me dirigí al chalecito de Eduardo y su familia. Me recibieron alegres, como la vez anterior, y pronto Rubén y yo estábamos sentados al piano, practicando con una sencilla pieza apropiada para principiantes. Después, como era habitual, turno para Nuria, que se atrevió con una partitura poco conocida de Chopin. Igual que la vez anterior, la joven me deslumbró con su manera innata de coger al vuelo cada corrección que le hacía, mejorando ante mis ojos de un modo increíblemente rápido.

Como había sucedido el sábado anterior, era casi la hora de comer cuando terminamos las clases y, nuevamente, Eduardo y Ana insistieron con mucha amabilidad en que me quedara a comer con ellos. Pese a que temía resultarles pesada y que se aburrieran de mi presencia, la perspectiva de una tarde entera con Pablo en casa me aterraba, por lo que, tras hacerme de rogar un poco, acepté gustosa la invitación. Llamé a casa, le dije a Pablo que llegaría tarde y, sin preguntar demasiado, me dijo que no me preocupase por él, ya haríamos algo juntos el domingo.

La comida fue tan deliciosa como la de la semana anterior. Comparado con el mutismo habitual de Pablo, charlar sobre libros y pintura con mis anfitriones me resultaba un placer embriagador. Eduardo me parecía un pozo de sabiduría, todo lo había leído, en todas partes había estado, y oírle hablar era como escuchar el susurro del mar en una playa desierta.

Cuando terminó la comida, la conversación derivó hacia la pintura. Ya he dicho que en las paredes colgaban cuadros hechos por Eduardo. Eran paisajes de costa, pueblecitos abandonados, bodegones… No me disgustaban, pero no eran motivos que me atrajesen especialmente. Estaba ya pensando en despedirme de mis amigos y hacer un intento de aproximación a Pablo al llegar a casa cuando, con su risa espontánea y saltarina, Nuria se dirigió a su padre:

-Deberías enseñarle tus retratos papá, ¿sabes? –dirigiéndose a mí- son su verdadera especialidad, pero es tan tímido que teme enseñarlos.

-¿De veras? –respondí- me encantaría verlos, no entiendo mucho de pintura, pero los retratos que traspasan el exterior y parecen penetrar el alma del modelo son mis favoritos.

No hubo que rogar demasiado a mi anfitrión "bueno, eres ya casi de la familia –dijo- sube, ten enseñaré algunos de mis retratos, pero te advierto que son malísimos". Halagada por el cariñoso trato que se me dispensaba, subí con el matrimonio y con Nuria al ático donde dábamos las clases de piano y pintaba Eduardo. El hijo, Rubén, se marchó a toda prisa, había quedado con unos amigos y la conversación empezaba a aburrirle.

Cuidadosamente guardados en una enorme carpeta, Eduardo empezó a enseñarme los retratos que tanto había elogiado su hija. Nada más ver el primero, reconocí en él a Rubén. El parecido era asombroso, viendo los cuadros expuestos en el salón, nunca hubiera sospechado de la habilidad del artista con el retrato.

-Es… genial, no entiendo mucho, pero a mí me parecen muy buenos, ¿por qué no pones alguno abajo, a la vista de todos?

-Bueno… -se excusó él- esto es para mí algo muy íntimo, te parecerá una tontería pero no me gusta que lo vea cualquiera.

-Te entiendo –contesté- a mí me pasa algo parecido, no me gusta tocar el piano para cualquiera…

Por un rato estuve viendo con ellos los cuadros. Toda la familia había servido como modelo, Ana, Nuria, Rubén… En algunos cuadros, aparecían juntos los tres, en otros dos de ellos, en menos ocasiones estaban solos. Algo me llamó poderosamente la atención, en ningún cuadro el modelo parecía estar posando, los cuadros de Eduardo eran como fotografías tomadas por sorpresa, Rubén estudiando, Nuria practicando ballet, Ana leyendo un libro… Parecía que Eduardo quisiese dejar constancia de algo cotidiano, de una actividad habitual, no de una pose artificial y rebuscada. Lo cierto es que me parecieron cuadros muy expresivos, distintos a los retratos que estaba acostumbrada a ver. Se lo dije con sinceridad y mi anfitrión pareció feliz de oírlo.

Era tardísimo cuando salí de allí, casi sin darme cuenta, había pasado otra vez el sábado entero en aquella casa que empezaba a ser para mí como mi verdadero hogar. Cuando llegué a mi propio domicilio, Pablo me había dejado una nota "He salido con Luis a tomar algo, un beso". Me alegré de poder meterme sola en la cama, pero al mismo tiempo sentí una inmensa tristeza y nostalgia de los tiempos en que ambos nos abrazábamos con amor y ternura. ¿Qué nos estaba pasando? Yo todavía le quería, pero notaba que cada vez estábamos más lejos el uno del otro.

Pasaron así varias semanas. De lunes a viernes, yo trabajaba distraída en el banco, cada vez con menos interés en mi trabajo. A veces, hacía el amor maquinalmente con Pablo. Yo fingía mis orgasmos y él cumplía y punto. Necesitábamos algo nuevo, distinto, pero ¿qué? No sabía cómo sorprenderle, cómo recuperar la pasión de los primeros tiempos. Por mucho que no quisiese pensar en ello, me daba cuenta de que no podíamos seguir así, una pareja joven que pierde la tensión sexual está condenada al alejamiento… y aquello me dolía, porque Pablo era una persona encantadora y dulce y yo seguía enamorada de él. Enamorada, sí, pero mortalmente aburrida a su lado.

Lejos estaba yo de sospechar que mis recientes y estimados amigos, en los que tantas horas me había refugiado, estaban a punto de ayudarme de un modo decisivo en aquel problema que cada vez me parecía más pesado. Llevaba un par de meses de clases con ellos y yo cada vez me sentía más a gusto a su lado. No veía el momento de que llegar el sábado, ya era una costumbre establecida que yo pasara allí el día entero. Yo me encontraba en la gloria con ellos y, al menos aparentemente, el sentimiento era correspondido.

Una tarde, habíamos tomado un poco más de vino que de costumbre en la comida y Nuria, como siempre traviesa y risueña, propuso a su padre hacer algo nuevo:

-Hace mucho que no me haces un retrato papá, últimamente estás muy vago.

-Tienes razón, creo que deberíamos pensar en un retrato nuevo, ¿tienes alguna idea?

-Bueno, me encantaría tener un retrato con Helena, juntas las dos, ¿qué te parece Helena?

-Oh, ¿un retrato las dos? Sería… me encantaría, sí claro.

-Entonces no se hable más –dijo la joven- el próximo sábado empiezas a hacernos a las dos un retrato mientras damos la clase de piano, será un recuerdo encantador.

Quedé extasiada. Aquello me parecía ser aceptada en la familia como un miembro más, nunca había visto retratos de extraños hechos por Eduardo. Sencillamente, la idea de posar junto a Nuria mientras tocábamos el piano me parecía maravillosa, como ella había dicho, tendríamos un delicioso recuerdo de mi paso por sus vidas.

Cuando llegó el sábado siguiente, me levanté de especial buen humor. Sin darme cuenta, el chalecito de Arturo Soria se había convertido en mi válvula de escape, en mi refugio ante todos los problemas y sinsabores de la vida.

Eduardo tenía todo preparado cuando llegué. Aquel día Rubén cedió su sitio amablemente a su hermana y las dos horas se las dediqué a Nuria. Disfruté enormemente mientras su padre nos pintaba. No nos pedía estarnos quietas ni adoptar pose alguna. Simplemente quería que nos mostráramos libres y ajenas a él. Era como robar fotografías a alguien que ignora ser observado, pero ver la elegante figura de Eduardo fija en nosotras mientras practicábamos nuestras notas hizo que el tiempo pasara como en una nube. Al terminar las dos horas, sentí verdadero pesar de levantarme del piano, de buena gana me hubiera quedado allí otro rato más tocando a dúo con Nuria mientras su padre nos pintaba.

Nerviosas, nos acercamos a ver el resultado del primer día de trabajo… apenas tenía palabras para expresar mi sorpresa. A pesar de ser tan sólo un boceto todavía, mis facciones eran ya perfectamente reconocibles. A mi lado en el dibujo, Nuria parecía una hermosa ninfa, yo misma me vi hermosa y elegante. Nunca me he gustado demasiado a mí misma, creo que estoy demasiado rellenita, aunque de ningún modo se me podría catalogar como gorda. Pero Eduardo había captado lo mejor de mí, la corrección de mis rasgos, la esbeltez de mi cuello… Estaba encantada y se lo hice saber.

-Me alegro de que te guste. Es difícil captar adecuadamente vuestra personalidad, el piano os tapa y os veo de cintura para arriba, pero la verdad es que estoy bastante contento con el resultado. Creo que en cuatro o cinco sesiones más estará terminado.

Y así, cada sábado Nuria y yo posábamos alegres mientras tocábamos juntas algunas de mis piezas favoritas, que ya lo eran también de mi alumna. Cuando Nuria no era necesaria para el cuadro, Rubén ocupaba su lugar, pero cada vez era menor el tiempo que el adolescente pasaba junto al piano, algo que creo que él agradecía profundamente.

Tras cinco sesiones que pasaron como un suspiro, el cuadro quedó terminado. Ana, los dos hermanos y yo nos acercamos intrigados y con el alma en vilo. Eduardo no había vuelto a dejarnos mirar desde el primer día, quería que la sorpresa fuese total. Tenía el lienzo tapado con una sábana cuando nos acercamos a él. Con un gesto teatral, dejó libre el cuadro y nos permitió contemplarlo...

No sé si era la ilusión de ser retratada por primera vez, pero me pareció genial. Literalmente, cualquiera que no nos conociera habría adivinado al instante quién era la maestra y quién la alumna. Dejando de lado el evidente parecido con las modelos, Eduardo había captado en mi mirada el tesón y la constancia que me caracterizan, mientras que la de Nuria desbordaba talento e imaginación. Eso, a pesar de que ambas mirábamos hacia las partituras, no al artista.

Todos estábamos felices con el resultado, Nuria y yo habíamos disfrutado posando, Eduardo adoraba plasmar en un lienzo las escenas cotidianas, y el cuadro había sido un verdadero éxito.

Ese día, celebramos con un excelente vino la finalización del cuadro. Todos, incluido Rubén, estábamos más alegres que de costumbre, quizá efecto de la bebida, a la que al menos yo no estaba acostumbrada. Sólo una sombra impedía que el momento fuese perfecto: sentía a Pablo cada vez más lejano, más extraño y separado de mí. Hubiera dado cualquier cosa por saber cómo incluirle en aquel grupo…

Entonces, mientras Ana y yo poníamos los postres en la mesa (yo colaboraba ya como una más de la familia) Nuria se levantó y, con una mirada pícara y achispada, se dirigió a sus padres:

-Creo… ja,ja, que ha llegado el momento de contarle nuestro pequeño secreto a Helena. Es casi como una hermana para mí, y me encantaría volver a posar con ella en otro cuadro.

-¡Estupendo! -dije sin pensar- he disfrutado mucho posando y el resultado ha sido magnífico.

-Lo mejor será repetir el cuadro, y así Helena podrá tener otra copia en su casa.

No entendí el motivo, pero Ana y Eduardo miraron severamente a su hija al decir esto.

-Vamos papá por favor, enséñale los otros cuadros. Son tu verdadera especialidad.

-No sé, Nuria, tal vez Helena no tenga ganas de ver más cuadros.

Yo estaba intrigadísima, ¿a qué cuadros podía referirse Nuria? Su padre parecía un poco cohibido, como si por un lado deseara enseñarme esos cuadros, pero por otro temiese mi reacción al verlos. No se me ocurría pensar cómo esa encantadora familia podría hacer algo que me molestase o me hiciese sentir incómoda.

-Oh sí, por favor, me encantaría. Además –dije sonriendo- después de las alabanzas de Nuria, no pienso irme de aquí sin verlos.

Encogiéndose de hombros, Eduardo nos invitó con la mirada a subir al ático que hacía de estudio. Cuando llegamos, embriagados por el vino y fatigados por las escaleras, el artista rebuscó entre la multitud de carpetas y papeles que apilaba tras su caballete. Sacando una carpeta grande, se dirigió hacia mí. Tuve la impresión de que, repentinamente, los cuatro miembros de la familia me observaban sonriendo, como estudiando mi rostro para leer en él mis reacciones al ver las pinturas. Estaba cada vez más intrigada.

-Antes de ver nada –dijo Eduardo- quiero que sepas que sólo el amor por el arte y la belleza son el motor de estas pinturas. Sé que eres una persona joven y abierta, pero no todo el mundo entiende estos cuadros. He tenido ya alguna situación desagradable en el pasado, por eso soy tan remiso a la hora de mostrarlos, lo que a mi familia y a mí nos parece inocente y natural puede no serlo tanto para los demás. Espero que no sea ése tu caso, porque eres ya otra más de la familia.

Estaba cada vez más nerviosa. Por un lado, me halaga la confianza depositada en mí al enseñarme los cuadros, por otro, me desconcertaba tanta preparación, ¿qué demonios había allí que requería tantas explicaciones?

-Bien, -siguió Eduardo- sabes que me gusta captar momentos de la vida cotidiana, que no me gusta que se note que mis modelos estén posando. También sabes que adoro la belleza, en especial la belleza femenina, que me parece mucho más digna de estudio y valoración. Por eso, he hecho duplicados de muchos de mis cuadros. Algunos los viste ya, Nuria bailando, Ana leyendo, las dos juntas charlando...

-Sí, me encantaron...

-El caso es que, en ocasiones, he hecho una segunda versión de esos mismos cuadros... y es la que te voy a enseñar ahora. Comprenderás que esto no se lo pueda mostrar a cualquiera que no sea capaz de ver en ellos arte... y nada más que arte.

Notaba el pulso acelerado cuando abrió la carpeta y me enseñó el primer cuadro. Ante mí, apareció un lienzo muy parecido a uno que ya había visto antes, si bien con una diferencia fundamental: Nuria aparecía practicando sus ejercicios de ballet... totalmente desnuda. Di un pequeño respingo de asombro, y noté cómo me ponía colorada de inmediato.

-¿A que es precioso? –intervino Nuria con una sonrisa feliz.

-Sí... es... estás bellísima, y es un cuadro precioso, desde luego.

-Siempre le digo a mi padre que debería colgarlo en el salón, pero los muy sosos no se atreven, yo estoy orgullosa de ser la modelo de ese cuadro.

-¿Quieres ver más Helena? Tal vez prefieras dejarlo, no quiero que te sientas incómoda.

-No... por supuesto que quiero ver más.

Era verdad que me hacía sentir incómoda ver a mi alumna desnuda. Porque el cuadro era tan realista y perfecto que la impresión que se tenía al mirarlo era la de ver una foto. Y tener de repente una imagen de tu anfitrión en cueros no es algo a lo que yo estuviera acostumbrada. Pero no quería pasar por una mojigata y además, si ellos tenían determinadas costumbres, no era yo quién para juzgarles.

Eduardo fue enseñándome más cuadros. Ana leyendo, desnuda; Nuria en el baño, desnuda; Ana y Nuria juntas, charlando desnudas. Yo notaba cada vez más calor en el ático. Los cuadros eran bellísimos, eran verdadero arte, el desnudo de ambas mujeres estaba tratado con delicadeza y amor, era evidente. Pero eran unos cuadros tan fieles a la realidad que no podía evitar tener la impresión de tener a mis amigas en cueros ante mí. En uno de los cuadros, Ana, que a juzgar por las pinturas tenía un cuerpo envidiable para su edad, mostraba una pequeña cicatriz, probablemente debida a una cesárea. En otros, Nuria presentaba restos del temido acné juvenil...

Otra cosa me hacía sentir incómoda. Rubén estaba viendo los cuadros, como si tal cosa. Era como enseñar fotografías a un adolescente de su hermana y su madre desnudas, ¿no les cohibía tanta familiaridad?, no les importaba que el joven viera esas pinturas? Tuve la respuesta con el siguiente cuadro: Nuria, Ana y Rubén jugaban a algún juego de mesa, sentados en el suelo. Rubén llevaba un polo gris y un vaquero. Su madre y su hermana jugaban totalmente desnudas.

Debí poner una cara de asombro tal que Eduardo quiso darme alguna explicación.

-Ya te he dicho que adoro la belleza femenina. No pienses cosas raras, alguna vez traté de pintar a Rubén desnudo, pero no era capaz, no encontraba nunca la inspiración. Además, tanto a Ana como a mi hija les encanta posar para mí en cueros, se sienten más libres así. A veces incluso pasan un día así en casa, desnudas y felices. Es lo que he intentado plasmar en estos cuadros, mira.

Apenas podía creerlo. Estaba muy nerviosa, aquella familia tan natural, tan maravillosa, encerraba un secreto muy "especial". Las dos mujeres del clan parecían unas exhibicionistas profesionales, a juzgar por los siguientes cuadros: Ana y Nuria tomando el sol desnudas en el jardín, mientras Rubén jugaba al lado con su bañador puesto; Nuria desnuda mientras su madre cocinaba, vestida; ahora Ana sin ninguna ropa con Rubén al lado, parecía preguntarle la lección...

Cuando al fin terminé de ver los cuadros, no sabía qué decir. Eran buenísimos, sin duda, mejores incluso que los retratos "convencionales" que había visto el primer día. "Es porque a estos les he dedicado más tiempo y cariño" fue la contestación de Eduardo. Aunque traté de parecer natural y relajada el resto de la tarde, estuve muy lejos de sentirme suelta. Una extraña comezón se había instalado en mi interior, aunque no era capaz de explicarme el motivo. En efecto, ¿qué me importaban a mí las extrañas costumbres de mis amigos? ¿eran menos agradables, menos inocentes porque a las dos mujeres les gustase posar en cueros para su padre y marido?

Al menos, esa noche tuve tema de conversación con Pablo. Y el tema pareció interesarle, últimamente solía contestarme con monosílabos pero, esta vez, hizo bastantes preguntas al respecto:

-¿En pelotas? ¿Quieres decir desnudas, desnudas del todo?

-Sí del todo.

-Joder, y el chico por ahí posando con la madre y la hermana, vaya con las familias de la alta sociedad. Yo que pensaba que eran de misa diaria...

No sé si tendría alguna relación, pera aquella noche Pablo estuvo más fogoso y ardiente en la cama que de costumbre.

Pasó otro mes de clases y el asunto del nuevo cuadro parecía haberse olvidado. Alguna vez Nuria había hecho mención a ello, pero como de pasada y sin fijar una fecha próxima. Desde que había visto sus cuadros "privados", yo me sentía un poco menos libre con mis amigos, aunque me seguía gustando su compañía y pasaba con ellos la mayoría de los sábados completos.

Al fin, una tarde, pasó lo que tenía que pasar. Hacía casi dos meses de la tarde en que habíamos terminado el cuadro y Eduardo me enseñó sus pinturas de desnudos. Como de costumbre, había comido con ellos, y estábamos de sobremesa, sentados cómodamente en los lujosos sillones. Yo me encontraba muy a gusto, me había tomado un pacharán que me hacía sentir un agradable embotamiento y pensaba que todo era como los primeros días de mi relación con ellos, simplemente perfecto. Como siempre, fue Nuria la primera en iniciar las "hostilidades".

-Bueno, ¿qué pasa con ese cuadro que ibas a pintar para regalárselo a Helena papá?

-Por mí estupendo, pero no sé si a Helena le gustará volver a posar para mí.

-Claro, estaría encantada.

-Yo creo que esta vez deberías hacernos uno a los tres juntos –dijo Nuria- por ejemplo, Helena y Rubén dando la clase y yo a su lado mirándoles.

-Es una idea genial –dije inocentemente- así tendré un recuerdo estupendo de vosotros dos.

-De acuerdo, entonces prepararé todo y el próximo sábado empezamos el cuadro.

Todo parecía normal hasta ahí. La sorpresa vino cuando estaba poniéndome el abrigo para irme. Nuria se acercó a mí y se las apañó para que nos quedásemos solas en el recibidor.

-Quería comentarte una cosa sobre el cuadro.

-Dime.

-Verás, quería que fuera algo especial, un recuerdo imborrable de la amistad que nos une. ¿Sabes? Eres como una hermana mayor para mí.

Me sentí muy halagada. Yo había llegado a quererles mucho a todos ellos pero, por carácter y afinidad, Nuria era mi favorita.

-Yo también te considero alguien especial Nuria.

-... entonces, espero que no te importe, ¿sabes?, cada uno expresa sus sentimientos de un modo, y para mí... lo más natural, cuando estoy en casa con la familia...

-¿Sí?, no te entiendo, ¿qué quieres decir?

-Verás, no querría que te sintieras molesta. Si es así, me lo dices y punto. El caso es que, como sabes, mi madre y yo estamos muy cómodas desnudas. A veces, cuando hace calor, pasamos el día entero en cueros en casa. La abuela de mi madre era sueca, y allí tienen una manera más natural e inocente de ver el desnudo. Aquí la gente suele malinterpretarlo y darle siempre un sentido sexual. El caso es que...

Me había quedado muda. Empezaba a adivinar lo que Nuria iba a decirme y no podía creerlo.

-El caso es que, si no te molesta, me gustaría que este cuadro estuviera en la "serie B" de mi padre.

Soltó una risita nerviosa al final de la frase. Apenas podía creerlo, aún no sabía exactamente qué pretendía Nuria.

-¿Quieres decir que... quieres posar desnuda en el cuadro?

-Sólo si me prometes que no te va a hacer sentir incómoda. En ese caso, tema olvidado. Pero quiero que ese cuadro sea un fiel reflejo de una amistad sincera... y yo me encuentro más a mí misma cuando no llevo ropa alguna.

No sabía qué contestar. ¡Dios!, me parecía una situación tan surrealista, tan pueril y absurda al tiempo. Posar para Eduardo con sus hijos mientras dábamos clase de piano... ¡y que la joven de 23 años estuviese desnuda mientras los demás permanecíamos correctamente vestidos! Pensé que sí, que iba a sentirme muy incómoda, pero temía decírselo a Nuria, tenía una mirada tan limpia y serena en sus bellos ojos... además, iba a quedar como una persona antigua y reprimida. El desnudo en el arte es algo natural, hermoso, no algo de lo que haya que avergonzarse. Nadie se escandaliza hoy en día por ver un desnudo en teatro, cine o televisión. ¿Por qué iba yo a tener que molestarme si Nuria quería posar en cueros? Tenía que ser más abierta y moderna, al fin y al cabo, yo era una amante del arte. No muy convencida, contesté a la joven.

-Creo que no me sentiré incómoda. Puedes posar como te apetezca. Me alegro de que me consideres una más de la familia.

Salí corriendo de allí. En el metro, iba dando vueltas a la situación, ¿cómo me había dejado atrapar en la red de aquella extraña familia? No es que tuviera miedo ni pensase de ellos nada extraño, no me cabía duda sobre la honestidad de sus sentimientos hacia mí. Jamás había visto a Eduardo mirarme sino como una hija, y lo mismo podía decir del resto, todos me trataban como a otro miembro de la familia. Sin embargo, esto queda muy moderno y no le das importancia cuando les sucede a otros o lo ves en una película. Pero cuando te pasa a ti es diferente ¿cómo iba a sentirme con la chica a mi lado en cueros? Si fuéramos a estar solas sería más sencillo, pero con su hermano allí y el propio padre pintando...

Cuando se lo conté aquella noche a Pablo, los ojos se le salían de las órbitas.

-¡No me digas! ¿y le has dicho que sí? Uff, vaya, estoy deseando ver ese cuadro. ¿Y qué ropa te vas a poner tú?

-Lo de siempre, ya te he dicho que Eduardo capta escenas cotidianas. Iré en vaqueros, como suelo ir.

-¡Ja! Y claro, Nuria suele estar desnuda...

-Por lo que se ve, es bastante habitual en esa familia.

-Joder ¿y no te da corte?

-... la verdad es que un poquito pero, ¿qué le iba a decir? Iba a quedar como una estúpida.

-No sé, la verdad. Vaya situación más extraña. ¿Y ellos no se desnudan nunca?

-Parece ser que son amantes de la belleza pura, y una mujer la simboliza más que un hombre. El caso es que a ellas les gusta andar en cueros, ellos parecen mucho más convencionales.

-No está mal, esa idea, ja ja. En fin, estoy deseando que llegue el próximo sábado y me cuentes.

Casualidad o no, aquella noche hicimos el amor dos veces. Hacía años que eso no pasaba.

Cuando llegó el próximo sábado, me levanté inexplicablemente nerviosa. Tenía esperanzas de que todo fuera una broma, o que los padres de Nuria, al saber sus planes, le hubieran quitado de la cabeza esa absurda idea. Cuando toqué el timbre y Eduardo me abrió con su sonrisa habitual, estaba convencida de que todo iba a ser normal. Pero algo extraño noté nada más entrar: en la calle hacía bastante frío, aunque el día era soleado estábamos en febrero, sin embargo, la excelente calefacción trabajaba aquel día a máxima potencia, dentro de la casa hacía realmente calor.

Entré casi temblando y saludé a Ana y a Rubén mientras oía la voz de Nuria desde la cocina "voy a subir algo de beber arriba, ¿alguien quiere un refresco?" Entonces, mi alumna salió de la cocina y se dirigió a saludarme con una encantadora sonrisa. Me quedé de piedra: Nuria estaba completa y absolutamente desnuda.

No sé qué me cohibió más. Ver su cuerpo desnudo, constatar que era una belleza deslumbrante, o el tener que ser testigo de su desnudez con sus padres y su hermano delante. Pero yo parecía la única apurada por la situación, Ana y Eduardo me hablaban tranquilamente, y Rubén hojeaba un libro sin prestar la menor atención al espléndido cuerpo de su hermana. Era evidente que el atuendo de Nuria no era nada excepcional para ellos. Traté de comportarme con naturalidad, como si aquello fuera normal para mí.

Siempre he sido tímida. Me cuesta desnudarme en el médico, en la playa nunca hago topless y el único hombre que me había visto desnuda en aquel entonces era Pablo. Aún así, si Nuria y yo hubiéramos estado desnudas en un vestuario o similar, lo habría encajado mejor. Pero el verla en cueros delante de toda su familia con tanta naturalidad me desarmaba, para ellos era natural e inocente, pero para mí era una situación increíble, la educación recibida en mi casa durante mi infancia no me preparaba para ello.

Además, aún no estábamos posando, no había ningún motivo para la exhibición de Nuria. Pero el caso es que desayunamos como de costumbre, un desayuno exquisito y copioso. Con la particularidad de que, ese día, Nuria estaba tal como dios la trajo al mundo, mientras los demás vestíamos la ropa de calle corriente.

Debo decir que mi alumna tenía un desnudo magnífico, elegante y sensual, en ningún caso obsceno o agresivo. Parecía haber nacido para exhibir su cuerpo, para dejar que los demás se recreasen en recorrer cada milímetro de su piel. Pero era un desnudo de inspiración clásica, casi virginal, aunque no esta yo segura de que Pablo lo hubiese visto así. Lo cierto es que Nuria era muy delgada y esbelta. Sus pechos eran pequeños y duros como manzanas, tenía unos pezones rosados encantadores, un vientre liso con un ombliguito pequeño y juguetón. Apenas me atrevía a mirarla cuando se levantaba, pero no pude evitar fijarme en su pubis joven y tierno, adornado por una espesa mata de pelo rubio. Sus muslos, perfectamente torneados por la danza, no presentaban ni sombra de celulitis (mi caballo de batalla) y lo mismo podía decirse de sus nalgas, pequeñas pero redondas y respingonas. Por ponerle un pequeño defecto, sus pantorrillas de bailarina eran tal vez demasiado gruesas, pero debo reconocer que, más que un ser real, Nuria parecía una ninfa salida de un cuadro de la mitología griega.

Tras un desayuno que se me hizo eterno y en el que no hubo ni la más mínima alusión al atuendo de mi alumna, subimos por fin a dar clase arriba. Nerviosa, ocupé mi sitio en el piano y esperé instrucciones. Eduardo estaba preparando sus pinceles y Rubén se sentó a mi lado, iba a ser el primero en recibir mis lecciones.

-¿Qué te parece si me apoyo así en el piano papá?

-Muy bien hija, pero ponte un poquito más de perfil hacia ellos, como si estuvieses atenta a lo que hacen. Se supone que luego eres tú la que va a recibir la clase.

No podía creerlo. Padre e hija hablaban con toda naturalidad mientras decidían la pose de ésta... ¡y la joven estaba completamente desnuda! Pero ellos parecían no ser conscientes de ello. Nuria subía su pierna derecha sobre el piano mientras se ponía de medio lado sentada en el borde. Rubén y yo teníamos casi al alcance de la mano la nalga derecha de la joven, que nos ofrecía también a la vista el pecho derecho y su espalda desnuda. Yo no podía verlo, pero desde donde estaba su padre, ¡tenía que ofrecer una visión completa de su sexo! Pensé en mí misma en una situación parecida con mi padre y mi hermano y casi me desmayo ¡ninguno me había visto nunca siquiera en ropa interior!

Aquella clase se me hizo eterna. No podía evitar que mis ojos se fueran de cuando en cuando a la carne desnuda de Nuria, que parecía tranquila y relajada, atenta únicamente a mis correcciones a su hermano. Eduardo pintaba, tan serio e indiferente como estaba en el cuadro anterior, Rubén no levantaba la vista del teclado... a esa edad, ni hermanas ni nada, un chaval aprovecha cualquier oportunidad de ver a una chica en cueros, especialmente si tiene un cuerpo como el de Nuria.

Pero era evidente que la única superada por los acontecimientos era yo. Intenté concentrarme en dar mi clase y olvidarme de las especiales circunstancias del asunto. Una o dos veces, Ana entró a preguntar algo, vio la pose de su hija y, sonriendo, se fue sin decir nada. "Al menos -pensé- la madre va vestida, sólo me faltaba que se uniera al cuadro".

Aquel día, Nuria no recibió clase. No podía abandonar su sitio semisentada sobre el piano porque su padre estaba haciendo una composición global del cuadro. Agradecí que no se sentara a mi lado, porque me hubiera sentido mucho más cohibida teniendo al lado sus pequeños senos saltarines, su tupida mata de bello púbico. Cuando al fin terminó la sesión, me dolían los dedos y la espalda como cuando, al principio de mis estudios, no sabía adoptar la posición adecuada al piano. Los nervios me jugaban una mala pasada, y creo que Eduardo debió sospechar algo, porque con gesto serio que no daba opción de respuesta le dijo a su hija:

-Creo que por hoy es suficiente, vamos a comer. Nuria por favor, ponte algo que voy a bajar la calefacción.

Estoy segura de que mi anfitrión hizo eso pensando en mí, no en ahorrar dinero. Por la cara de Nuria, era evidente que la muchacha hubiera comido en el traje de Eva de no haber sido por mí.

El resto de la tarde transcurrió bien, nadie hizo comentario alguno con respecto al cuadro y, poco a poco, conseguí relajarme y disfrutar como siempre de la compañía de mis amigos. Me despedí de ellos hasta el próximo sábado y me fui a mi casa, sintiéndome casi tan bien como cualquier otro día de los que pasaba con ellos.

Pese a que no me apetecía hablar mucho del tema, Pablo me asedió con preguntas "entonces ¿era de verdad?, joder ¿desnuda del todo? y el hermano tan tranquilo..." Ya no sabía si alegrarme por ello o no, pero aquella noche el sexo con Pablo fue francamente bueno.

Pasaron otros tres o cuatro sábados parecidos. Esta vez, el cuadro tenía un personaje más, por lo que iba a llevar más tiempo. Cada día, Nuria aparecía sonriente y feliz al llegar yo, sin más ropa que unas zapatillas de estar en casa que se quitaba en cuanto subíamos al ático. Yo cada vez iba acostumbrándome más a aquella situación, su cuerpo ya no me cohibía tanto e, incluso, me parecía absurdo que alguna vez me hubiese sentido molesta: en efecto, el desnudo de Nuria parecía natural, inocente y lógico. Casi parecía más extraño en ella el cubrir su bellísimo cuerpo.

Un día, casi al terminar la sesión, Eduardo no pudo reprimir su orgullo paterno. Había estado casi todo el día centrándose en el personaje de su hija.

-Lo cierto es que tienes un cuerpo embriagador Nuria, ¿es pasión de padre o estás de acuerdo conmigo?

Enrojecí violentamente cuando comprendí que la pregunta era dirigida a mí. Imaginé por un momento a mi propio padre diciendo algo así de mí estando desnuda... mejor ni comentarlo. Pero Eduardo me miraba, esperaba una respuesta, tenía que comentarle algo acerca del cuerpo desnudo de su hija mientras el hermano menor y la madre, que andaban por allí, escuchaban mi respuesta. No sabía qué decir, así que dije la verdad.

-No es pasión de padre... Nuria tiene un desnudo delicioso.

Aquel día, Nuria no se vistió al terminar la sesión. Sin hacer ningún comentario, simplemente bajó en cueros y comió con nosotros en pelota picada. Me resultó extrañísimo estar los cinco en torno a la mesa circular comiendo, luego jugando al Monopoly y charlando de mil cosas distintas mientras la joven mostraba sus encantos con tanta ingenuidad y alegría. Si todos hubiéramos estado desnudos, me hubiera muerto de vergüenza, pero hubiera sido más lógico. Pero el que sólo Nuria estuviera sin ropa seguía desarmándome, ahora no estaba posando, simplemente se exhibía. Pero era tal su elegancia y su aparente inocencia, tan poca la atención que parecían prestar los demás al hecho, que aquello acababa por parecer lógico.

Al final de la tarde, casi me hubiera extrañado si Nuria hubiera cubierto su cuerpo con alguna ropa.

Pero otra sorpresa me esperaba aquel día. Era casi hora de marcharme cuando nuevamente mi alumna hizo derivar la conversación al cuadro.

-Ya queda poco, ¿verdad papá?

-Sí, la figura de Rubén y la tuya están casi terminadas. Es la de Helena la que tengo que perfilar más.

-Todavía estás a tiempo de cambiarla bastante, ¿no?

-Sí, supongo que sí, pero la verdad es que me gusta cómo va, no creo que deba cambiarla nada.

-Es que... había pensado.

-¿Qué?, ¿hay algo que no te guste?

-No, simplemente había pensado que tal vez Helena... bueno...

-Dilo, -dije inocentemente- ¿qué has pensado?

-Oh Helena, me encantaría que posases desnuda junto a mí, como si fueses mi hermana.

No puede evitar que parte del sorbo de café que acababa de tomar salpicase en la mesa. Roja de vergüenza, intentaba limpiarlo con una servilleta mientras Eduardo y Ana regañaban a su hija.

-¿Estás loca? Debes respetar las costumbres de cada cual Nuria. Te lo hemos dicho mil veces. En esta casa tenemos costumbres que no son nada frecuentes. Por eso no podemos comportarnos con los demás como cuando estamos solos. Espero que la disculpes Helena, Nuria es muy joven y lo hace con buena intención, no tiene interés en molestarte.

-Claro, claro, no os preocupéis, no me ha molestado.

-Entonces –dijo Helena- ¿lo harás? Por Rubén no te preocupes, está acostumbrado, para él una chica desnuda es lo más habitual, lo lleva viendo a diario desde que nació...

-Helena ¡Basta ya! –esta vez fue Ana la que la reprendió.

-Oh vamos, es el paso final, sería convertirse en la hermana que nunca he tenido...

A esas alturas, sabía que los sentimientos de todos eran puros y honestos. Pero la juventud de Nuria obviaba varias cosas, Eduardo NO era mi padre, y Rubén NO era mi hermano. Podía comprender que Eduardo no sintiese mayor turbación al verme desnuda, pero Rubén, por muy maduro que fuese... tenía 20 años, ¿cómo iba a estar a mi lado tranquilamente mientras yo estuviese en cueros?. Ni hablar del tema.

-Lo siento Nuria. Sé que lo haces con buena intención, pero, créeme, es imposible.

Su cara expresó tanta decepción que me sentí inclinada a hacer una concesión que no me comprometía.

-Mira, te prometo pensarlo. Pero yo he recibido una educación totalmente diferente a la tuya, estoy segura de que la respuesta será no.

-Bien, pero piénsalo, ¿me lo prometes? Mira, Rubén ya no es necesario para el cuadro, podríamos estar solas nosotras con mi padre. Y ya sabes que él es un artista y te verá con ojos de artista. Puede estar también mi madre presente si quieres. Incluso puedes traer a Pablo, si te hace sentir más cómoda.

-Por favor Nuria, déjala en paz, ha prometido pensarlo, no la presiones.

Creo que todavía estaba colorada cuando llegué a casa. Los ruegos de una hermosa joven desnuda resonaban en mi cabeza. Una parte de mí empezaba a considerar excitante la situación. Sabía que a Pablo le ocurría lo mismo, y no podía reprochárselo. Yo también estaba más receptiva desde que habíamos empezado el último cuadro, y ni siquiera podía explicármelo. No soy lesbiana, ni por asomo, y sin embargo el bello cuerpo de Nuria parecía rejuvenecerme a mí, inspirándome sexualmente.

Debo reconocerlo. En privado, sin comentarlo ni siquiera con Pablo (y últimamente hablábamos más) había fantaseado varias veces con la posibilidad de posar yo también, sin ropa, para Eduardo Carrión. No sé por qué le ponía apellido al pensar en ello. Por supuesto, no pasaba de ser una fantasía, a la que recurría a veces cuando Pablo me hacía el amor y otras veces estando sola...

Pero ahora la cosa se presentaba como una posibilidad real, aunque lejana. Parecía algo imposible, pero bastaría algo tan sencillo como decir que sí, llegar allí, quitarme la ropa y... La presencia de Rubén parecía suprimir cualquier atisbo de que aquello llegara a suceder, pero Nuria había dejado claro que él podía desaparecer... ¡Dios! Estaba aterrada, ¿estaba realmente considerando la posibilidad de hacerlo?

Aquella noche, en la cama, como si fuera una broma, lo comenté con Pablo.

-¿Qué? ¡¿Que quiere que poses en pelotas tú también?!

-Bueno, no te enfades, es casi una mujer, lo ha dicho en broma y por supuesto he dicho que no.

-Ah... –no daba crédito, pero me pareció notar un tono de decepción en su voz- Bueno, como tú decidas.

-Espera, ¿qué quieres decir con eso?

-¿Yo? Nada.

-Mírame. Sí, mírame. ¿Tú... tú querrías que lo hiciera?

-Yo quiero que hagas lo que tú quieras.

-Eso no es respuesta. Dime sí o no ¿tú querrías que lo hiciera?

-Bueno... si el pinta tan bien y es un cuadro bonito...

Me quedé mirándole fijamente. Yo misma tenía la boca seca, estaba excitada.

-Pero no estamos hablando de arte –le dije con voz ronca.

-...no.

-Te excita que otro hombre me vea desnuda.

-...sí.

-Incluso te excita que Nuria esté presente, y que la madre ande por allí, y te gustaría que el hermano estuviera también.

-Mira, vamos a dejarlo, ya te he dicho que hagas lo que quieras.

-Pero yo no quiero dejarlo. Quiero que me contestes.

-Entonces contéstame tú ¿te excita a ti pensar en ello?

No pude responder, pero sabía la respuesta. Como bien había dicho yo, ni Pablo ni yo estábamos hablando de arte. No me cabía duda de que la familia Carrión lo hacía con inocencia pero, si yo me decidía, sería simplemente movida por motivos sexuales. Desde que el juego había empezado, Pablo y yo habíamos recuperado la tensión sexual, a él le bastaba incluso con que yo le contase lo que pasaba en el chalecito para excitarse, y a mí... me daba un miedo terrible, iba contra toda mi educación y mis experiencias pasadas, pero cada vez que pensaba en Nuria, desnuda en medio de la habitación, sentía solamente una cosa: envidia, una envidia terrible.

¿Y por qué no hacerlo? ¿por qué no disfrutar de la experiencia? ¿y qué si no lo hacía de un modo desinteresado? ¿y qué si lo hacía excitada sexualmente? Ellos nunca lo sabrían, yo no podía tener una erección repentina... Me estaba volviendo loca, ya he dicho que siempre he sido tímida con mi cuerpo, y seguía siéndolo pero, al mismo tiempo, me sentía húmeda sólo de pensar en los nobles ojos de Eduardo recorriendo mi cuerpo con su mirada. En cualquier otro lugar, ni me lo hubiera planteado, pero con ellos, tan educados, tan acogedores... Me volví hacia Pablo.

-Tú quieres que lo haga ¿verdad?

-... me muero de ganas.

-Yo también.

Tuvimos una noche de sexo larga y satisfactoria.

Al día siguiente, domingo, llamé por teléfono a mis amigos. Afortunadamente, contestó Nuria, no me sentía con fuerzas para hablar con su padre. "Sí... he decidido hacerlo (gritos de alegría al otro lado de la línea) Pero por favor, que no esté Rubén presente. No, Pablo no irá, al menos no de momento.

Cuando colgué me temblaba todo el cuerpo. Sabía que no iba a echarme atrás, y eso me hacía sentirme ante un abismo. No le había dicho a Pablo que estaba invitado a presenciar "el evento", hubiera sido demasiado para mí. Prefería probar a solas con Nuria y con Eduardo, después ya se vería. Mi novio, por su parte, parecía absolutamente encantado con el plan.

Esa semana estuve aún más despistada de lo habitual en el trabajo. A ratos me decía que era absurdo que yo, a mi edad, le diera tantas vueltas a algo tan infantil. Pero otros notaba miles de mariposas en el estómago. No en vano, y quitando a Pablo, iba a ser la primera vez que un hombre me viese desnuda sin ningún motivo médico, y además por un período muy dilatado de tiempo, no sería una vista fugaz, iba a pintarme, por fuerza su mirada tenía que recorrer mi cuerpo desnudo lenta y atentamente. Sólo de pensarlo notaba una extraña mezcla de nervios y excitación.

El viernes previo a la primera sesión, Pablo vino muy cariñoso y zalamero. Hicimos el amor apenas llegó a casa, era indiscutible que nuestra vida sexual había mejorado de un modo increíble desde que empecé a dar las clases de piano. Apenas dormí aquella noche. Cuando me levanté, me di una ducha rápida y, cuando terminé, Pablo me estaba esperando.

-Estás preciosa hoy.

-¿Lo dices de verdad?

-Sabes que sí.

Evidentemente, Pablo no era un juez subjetivo, pero su aprobación ante mi desnudo me tranquilizó. Era algo que procuraba no pensar, pero ahí estaba ¿qué pensarían en el chalecito al verme en cueros? Tal vez Eduardo no me considerase lo suficientemente atractiva como para pintarme. Eso sería una humillación excesiva. Aunque no pensaba que él fuera capaz de eso, la comparación con la maravillosa Nuria no me era favorable.

Junto a Pablo, contemplé mi cuerpo desnudo en el espejo. Mis pechos eran bastante más grandes que los de Nuria y, aunque me parecían bonitos, era inevitable que la ley de la gravedad los hiciese caer levemente, mientras que los de mi alumna parecían escapar a las leyes de la física. Además, mis pezones me parecían demasiado grandes y su aureola poco marcada, si bien Pablo parecía encantado con ellos. Bajé la mirada a mi vientre. Nadie me calificaría como gorda, pero una pequeña tripita simpática evidenciaba mi afición a los dulces. Por último, mis caderas anchas y generosas, mis muslos redondos y firmes, hacían que mi aspecto fuese, en conjunto, agradable, o al menos así me lo parecía. Pero, ¡ay de mí!, otra vez la comparación con Nuria me resultaba fatal. Yo tenía casi diez años más, y nunca he hecho ejercicio, un poquito de celulitis aparecía en mi trasero regordete y en mis muslos, sobre todo al sentarme.

Pero ya estaba decidida, di un largo beso a mi pareja y me dirigí a mi cita semanal con el arte. Cuando llamé al timbre, no tenía ni idea de cómo iba a resultar todo, pero notaba mi estómago como si alguien lo hubiese dado la vuelta.

Eduardo me recibió con la misma sonrisa de siempre, nada en él denotaba nerviosismo o embarazo, parecía que, para él, fuese indiferente verme vestida o desnuda. Eso me tranquilizaba, aunque también, según se mirase, era un poco humillante para mí.

Rápidamente constaté que Rubén no estaba en casa ese día. "Casualmente", había quedado con unos amigos para jugar al baloncesto. Si no me importaba, su lugar en el cuadro lo ocuparía Ana, a ella también le gustaría dar una clase para aficionados. Además, aunque la figura de Rubén ya estaba terminada, a Eduardo le resultaba más fácil, a efecto de componer la distribución del cuadro, concentrarse si había alguien ocupando el sitio del personaje del cuadro. No puse ningún reparo, como siempre, me senté a desayunar con ellos.

Como ya era habitual, Nuria apareció tal como vino al mundo, deslumbrante en su belleza y su alegría contagiosa. Yo estaba muy nerviosa, las manos me temblaban al coger la taza de café, apenas comí nada. Eduardo y Ana se dieron cuenta y trataban de tranquilizarme hablando de cosas diversas.

Cuando al fin subimos al ático, las piernas me flaqueaban y notaba la sienes a punto de estallar. Nuria parecía feliz, envidié la soltura y naturalidad con que mostraba su cuerpo aunque, ¿habría estado tan tranquila y relajada de estar Pablo presente? Algo me decía que sí. Ante mi visible estado de nervios, Eduardo se dirigió a mí suavemente.

-No tienes que hacer nada que no te apetezca Helena.

-Sí... lo sé, todo está bien, no pasa nada.

-Mira –dijo con dulzura Ana- puedes desnudarte detrás de ese biombo y ponerte la bata que te he dejado.

Casi sin respirar, entré en el biombo y procedí a desnudarme. Me quité temblando la blusa, los vaqueros... tras una pausa y respirando hondo, me quité el sostén. Calibré la posibilidad de dejarme las bragas puestas, seguro que Eduardo lo entendería. Además, desde su posición apenas podía ver parte de mi nalga derecha, la cadera y la pierna, yo casi quedaba tapada por el piano. Estaba segura de que mi oscuro vello púbico sería invisible para él... pero no para Ana, que estaría sentada a mi lado.

-¿Todo bien?

Llevaba más tiempo del normal allí dentro. De un gesto decidido, me quité las bragas sin darle más vueltas, ¡qué diablos!, las cosas se hacen bien o no se hacen y, en el fondo de mi ser, sabía que estaba deseando tener la experiencia de posar en pelota picada. Envuelta en el albornoz, salí a la sala y me dirigí a mi sitio en el piano. Ya estaban allí madre e hija, Ana sentada en el lugar de Rubén y Nuria semisentada sobre el piano, ofreciendo una espléndida vista de su sexo, que con la postura quedaba parcialmente abierto y resultaba sumamente insinuante.

Sin que nadie me dijera nada, ocupé mi sitio junto a Ana, todavía con el albornoz puesto. Nuria me miraba sonriendo, como invitándome a acompañarla en su desnudez, pero yo no terminaba de decidirme, tuve un último impulso de cancelar todo ¡qué vergüenza!, pasar la mañana desnuda junto a mis respetables anfitriones... Pero Eduardo ya estaba preparado, con las elegantes gafitas que usaba para pintar o leer. Su mirada sólo expresaba interés artístico cuando me dijo "cuando quieras Helena".

No tengo palabras para describir mis sentimientos en ese momento. Con manos alteradas me desabroché el albornoz, lo dejé resbalar por mis hombros y, levantándome lo imprescindible del banquito que compartía con Ana, arrojé mi breve prenda detrás de mí. Por primera vez en mi vida, estaba totalmente desnuda ante un hombre que no era ni Pablo ni un médico. También era la primera vez que una mujer vestida se sentaba a mi lado en aquellas circunstancias. Estaba muy nerviosa, pero también muy excitada, era como correr a toda velocidad en un caballo desbocado. Deseaba que aquello acabase pronto y que durase eternamente, quería que Eduardo se fuese y que se quedara, que apareciese Rubén, que Pablo no se enterara y que pudiera verme...

Lo cierto es que era muy estimulante dar la clase tal como mi madre me trajo al mundo. Cada vez que corregía algo a Ana, mis pechos se movían con vida propia, lo que al principio me avergonzó, mi desnudo me parecía mucho más morboso que el de Nuria. Ella parecía más una ninfa que otra cosa, pero yo era una mujer real, de carne y hueso, ¿qué pensaría Eduardo al ver a la profesora de sus hijos en tales circunstancias? Pero él, si estaba algo alterado, lo disimulaba perfectamente. También Ana parecía totalmente ajena a mi atuendo, parecía que para ellos el estar desnudo o no era tan indiferente como llevar una camisa amarilla o un polo azul.

Fueron dos horas intensas, increíbles. En ese momento no era consciente, pero ahora puedo decir que disfruté cada minuto de aquella sesión. Cuando llegó el final, recogí el albornoz que había dejado junto a mi sitio y me cubrí tan rápido como pude, pero una parte de mí hubiera deseado tener el coraje de abandonar allí mi ropa, de terminar el día de la misma manera que Nuria. Porque no hace falta decir que mi alumna comió y charló en cueros con todos nosotros el resto del sábado.

Más relajada una vez vestida, incluso fui yo la que sacó el tema en la sobremesa.

-Ha sido una experiencia muy interesante. Me alegro de haberme decidido.

-Estupendo –dijo Eduardo- hoy estabas un poco tensa, he dejado la expresión de tu cara para más adelante, estoy seguro de que en las próximas sesiones estarás más relajada y tranquila.

No pude evitar enrojecer al pensar que, si había obviado mi rostro, por fuerza tenía que haberse concentrado en mis bamboleantes senos o en mi nalga derecha, parcialmente visible desde su sitio. Jamás en mi vida hubiera sospechado que iba a ser capaz de hacer algo así.

Al llegar a casa, Pablo me esperaba expectante.

-¿Lo has hecho? –mi mirada fue elocuente- ¡lo has hecho! Uff, sabía que te atreverías... ¿Te... ha gustado? ¿piensas repetir?

Estaba tan excitado como yo, a pesar de no haber estado presente. Aquella noche follamos como animales, yo nunca me saciaba, el mero recuerdo de mi exhibición de la mañana me ponía en un estado de increíble desenfreno.

Pasaron otros dos sábados similares. Ana, Nuria y yo posando para Eduardo, la madre vestida y nosotras dos con nuestros encantos al aire. Yo cada vez estaba más suelta, me volvía más audaz. Me quitaba el albornoz nada más salir del biombo y me dirigía lentamente a mi sitio, sabiendo que en el recorrido permitía a Eduardo ver lo que el piano le negaba mientras pintaba. Al terminar, me demoraba unos instantes repasando con Ana alguna parte difícil de la partitura. Pero había una diferencia entre ellos y yo.

Quizá mis amigos pensaban que había comprendido su postura, que la había hecho mía. Nuria parecía olvidarse de su desnudez, sus padres no le prestaban atención, nadie le daba importancia... Por el contrario, yo era plenamente consciente de mi situación, me había acostumbrado a ella, pero no para olvidarla, sino para disfrutarla al máximo. Ya no me engañaba, me encantaba que me vieran desnuda, que sus miradas descansasen sobre mi cuerpo acariciándolo dulcemente. Al final de cada sesión, yo estaba húmeda, y mi única preocupación era que mis mejillas ardientes y mi mirada brillante no me delatasen. Cuando llegaba a casa, me faltaba tiempo para arrancarme la ropa y lanzarme sobre Pablo que, mientras follábamos, me pedía que le relatase con todo lujo de detalles cada momento del día.

Pronto me di cuenta de que había un pequeño detalle que estropeaba mi placer, y lo peor es que era imposible solucionarlo sin ponerme en evidencia. Si bien al principio ver a Nuria en cueros había sido estimulante y agradable, y luego me había dado el valor suficiente para imitarla, ahora era consciente de que su presencia sin ropa me molestaba. En efecto, deseaba con locura ser la única mujer desnuda en el ático, que todos los demás se movieran vestidos a mi alrededor mientras yo era la protagonista absoluta. Hubiera dado el sueldo de dos sábados porque Nuria se vistiera, realmente ella ya no hacía falta en el cuadro, pero aquella joven había perdido hacía mucho tiempo la costumbre de vestirse...

Una mañana, mis deseos se hicieron realidad de un modo increíblemente excitante para mí. Cuando llegué a la casa, Nuria no estaba. Había tenido un imprevisto con algo de un examen y había ido a casa de una amiga para estudiar. Por contra, Rubén andaba por allí, jugando en su habitación con la play o algo similar. Cuando me di cuenta de que iba a estar a solas con el matrimonio en el ático, mi pulso se aceleró inmediatamente. Era lo que siempre había querido, sería yo la única persona desnuda, ambos admirarían mi cuerpo (que habían elogiado sin reservas y con exquisito tacto desde el primer momento) y yo disfrutaría de mostrarme a mis anchas feliz y sin complejos.

Acabábamos de ocupar nuestros asientos, el cuadro estaba a punto de quedar terminado, pero ese día Eduardo parecía menos concentrado.

-¿Qué te pasa? –preguntó su mujer.

-No es nada, pero sin la figura de Nuria no acabo de captar la composición general, sólo me faltan los últimos toques a la figura de Helena, pero no termina de gustarme.

El corazón casi se me salía del pecho cuando pronuncié la siguiente frase.

-Bueno... puedes pedirle a Rubén que suba... a mí no me importa.

-¿De verdad que no? Sería de gran ayuda para mí.

Tenía que respirar hondo para ocultar mi excitación. No sólo no me importaba, estaba DESEANDO que Rubén me viese desnuda. Ana era una mujer, Eduardo un hombre todavía de buen ver, pero mayor y casado, el muchacho era perfecto, un adolescente que por fuerza tenía que mirar mis pechos de reojo, fijarse en mi pubis tan cercano a sus manos... sólo de pensarlo me notaba más y más caliente.

Rápidamente, el padre bajó a buscarle y regresó con mi alumno. Entonces, para mi propio placer, Ana ocupó el lugar de su hija, por un momento temí que se desnudase, incluso le preguntó a su marido si lo hacía, pero éste contestó que no era necesario, sólo la necesitaba para calibrar la composición. Ahora, fue Rubén el que, mirándome de soslayo, se sentó a mi lado.

Yo reventaba de satisfacción, notaba que los ojos del muchacho no podían concentrarse en su partitura, incluso alguna vez su madre le reprendió "por favor Rubén, que ya eres mayorcito". Quizá pensaban que yo podría molestarme pero, lejos de ello, cada mirada robada, cada error del muchacho que yo sabía provocado por mi presencia desnuda junto a él, eran para mí motivo de un gozo íntimo inmenso. Pronto, mi mayor preocupación era disimular mi alterado estado a mi público. Hubiera dado cualquier cosa por tener a Pablo allí, hacer el amor con él delante de todos... tenía que reprimir mis deseos de acariciarme allí mismo.

Al terminar la sesión, estaba increíblemente húmeda, apenas podía hilvanar dos frases seguidas sin detenerme. Para completar mi éxtasis, cuando me levanté del piano y me dirigí al biombo donde guardaba mi ropa, mientras era consciente de que Rubén apreciaba en su justa medida mis nalgas redondas con su poquito de celulitis, Nuria entró por la puerta... completamente vestida. Creí que iba a tener un orgasmo allí en medio, de pie delante de todos.

-¡Vaya!, -dijo sorprendida al ver a su hermano- veo que os habéis apañado muy bien sin mí.

Ya no podía más, antes de comer tuve que encerrarme en el baño y masturbarme furiosamente. Allí dentro, recordando la reciente sesión, tuve un orgasmo inmenso e increíblemente satisfactorio. No fue el último aquella tarde. Mientras estábamos de charla, en un par de ocasiones tuve que excusarme y volver a aliviarme a solas. Eso, a pesar de que yo ya estaba vestida y era Nuria otra vez la que mostraba sus encantos.

Al final de la tarde, tuve una idea repentina. El cuadro quedaría terminado el próximo sábado, y me moría de ganas de que Pablo participara de mi exhibición.

-¿Os importaría que trajera a mi novio el próximo sábado? Creo que le encantaría ver el cuadro.

-Por supuesto que no –dijo Eduardo- comeremos todos juntos para celebralo y, si os gusta, os regalaré el lienzo. No haríamos esto con un desconocido pero, siendo tu novio, es ya como si le conociéramos de toda la vida.

De camino a casa, sólo tenía en mente una cosa "ojalá sus padres no permitan a Nuria posar desnuda delante de Pablo, ella ya no hace falta para nada"

No hace falta que diga que a mi novio le entusiasmó la idea. Curiosamente, el día señalado estaba incluso más nervioso que yo. Se subía por las paredes al pensar que iba a verme en cueros delante de otras cuatro personas, aunque creo que, a diferencia de mí, a él le daba mucho morbo pensar en ver desnuda a la hija de la familia, mientras que yo prefería ser la protagonista absoluta. De cualquier modo, ambos íbamos excitados y ansiosos a la cita.

Cuando llegamos, y para mi fugaz placer, Nuria estaba vestida. Digo fugaz placer porque, una vez hechas las presentaciones y tomado el desayuno todos juntos, al subir al ático Rubén ocupó su lugar, Ana se sentó junto a Pablo en un lugar privilegiado y mi alumna yo entramos tras el biombo a desnudarnos... las dos.

Era tanto el morbo de la situación, mi novio presente mientras yo posaba desnuda sentada junto a un adolescente de hormonas desbocadas, que pronto olvidé la desilusión de no ser la única chica en cueros en la sala. Además, tras una mirada rápida a Nuria, Pablo quedó prendado de mi cuerpo como si fuese la primera que lo veía sin ropa. Quiero pensar que Ana y Eduardo atribuyeran a su timidez su mirada fija, sus frases a base de monosílabos, su tez pálida y nerviosa. Pero yo sé que estaba excitado, ardiendo por dentro tanto como yo, sé que adoraba verme allí expuesta ante todos, y sé que sólo tenía ojos para mí, a pesar de la hermosa ninfa que se exhibía de pie recostada en el piano. Pero para él Nuria era sólo un cuerpo anónimo, perfecto pero desconocido, mientras que yo era SU novia, SU Helena, la misma que dormía y discutía con él, y ahora mis pechos, mi sexo, mi trasero que tanto le gustaban estaban a la vista de todos, al alcance de la mano de Rubén, que si se movía rozaba con su cadera vestida mi cadera desnuda.

Por su parte, el matrimonio charlaba como si el hecho de que su hija se mostrase en cueros ante un hombre joven y desconocido fuese lo más natural del mundo. La propia Nuria, lejos de estar cohibida, interpelaba con frecuencia a Pablo, que a duras penas conseguía contestar a sus preguntas.

Fue maravilloso, pero todavía no era el final. Cuando, tras dos horas intensas y maravillosas, Eduardo anunció que el cuadro estaba terminado, sentí un profundo sentimiento de tristeza, hubiera querido continuar indefinidamente allí junto a Rubén, mientras Pablo nos observaba con la boca entreabierta y jadeante. Resignada, me levanté tan despacio como pude y, remoloneando, me dirigí hacia el biombo dispuesta a recuperar mi ropa, como hacía todos los días. Pero, casi tenía el albornoz en la mano, cuando vi que Nuria, todavía en el traje de Eva, se disponía a admirar el resultado del trabajo de su padre.

En efecto, allí estaban todos alrededor del cuadro, el artista, su mujer, el hijo, Pablo, correctamente vestidos y comentado la obra. A su lado, magnífica y ajena a su estado, Nuria se mostraba entusiasmada con el lienzo, daba saltitos, se agarraba a su padre, gritaba... totalmente desnuda. "Esta es la mía" me dije y, soltando rápidamente el albornoz, me acerqué despacio al grupito. Me acogieron con naturalidad, como si fuese lógico que no me cubriera una vez terminada la pose. Sólo Pablo me miraba con ojos desorbitados, no podía creer que yo siguiera en pelota picada allí en medio.

Fue fabuloso aquel tiempo frente a la obra, de pie, desnuda entre Eduardo y Rubén, con Pablo a mi alrededor. Por primera vez, el artista podía contemplar mi sexo por un espacio de tiempo prolongado, no fugazmente mientras me levantaba o me sentaba en el banquito, tras el piano. Yo me sentía húmeda y caliente, muy muy estimulada por la situación. Por lo demás, debo decir que el cuadro me pareció magnífico, parecía una fotografía hecha durante una de nuestras clases.

Como había supuesto, Nuria era la que más destacaba, no en vano estaba en primer plano, apoyada levemente en el piano y mostrando su sexo despreocupadamente. Tras el piano, Rubén y yo, juntos. Rubén mirando concentrado a las partituras. Yo... mis pechos resultaban rotundos, magníficos en su redondez. Su leve caída los hacía tan reales que daban ganas de acariciarlos. Contrastaban con los de Nuria, más firmes pero más pequeños, y que además, por la postura, se ofrecían tan sólo de perfil. Pero donde mejor me había captado Eduardo era en la mirada.

Me había pintado como mirando a Nuria para decirle algo, y en mis ojos se leía interés por la música, pasión por el arte... y placer, placer de participar con ellos en el cuadro. Lo que espero que no sospecharan ellos era hasta qué punto ese placer reflejaba mi estado interior. Según me dijo luego Pablo, mi mirada en el cuadro era idéntica a la que tengo en los preliminares del sexo, cuando sé que un orgasmo infinito y maravilloso me aguarda.

Por fin, llegó la hora de la comida "todos a celebrarlo" dijo Ana, y mi mirada persiguió a Nuria expectante, casi no podía respirar. Si bien hubiera querido ser la única desnuda en la sesión, ahora la presencia de mi alumna podía ser una ayuda para mí. Si ella se vestía, no me quedaría más remedio que imitarla, pero si ella permanecía en cueros, estaba decidida a prolongar mi exhibición tanto como pudiera.

Tras un tiempo que se me hizo eterno, Eduardo, Ana y Rubén bajaron por las escaleras. Nuria, que se quedó un rato charlando con Pablo y conmigo como si tal cosa, les imitó al poco rato. Me sentí inundada de felicidad cuando vi que bajaba a la planta baja tal como estaba, su menudo culete nos ofreció una espléndida vista mientras se retiraba "os espero abajo". Estaba segura de que ella pensaba que me iba a vestir.

Apenas nos vimos solos, ambos actuamos con rapidez. No hizo falta hablar, ni siquiera mirarnos, era imposible que nos resistiéramos más. Medio cubiertos por el biombo, temblando ante la posibilidad de ser descubiertos, Pablo se desabrochó el pantalón, extrajo su miembro a punto de estallar y, de pie, allí mismo, me tomó con una pasión y una fuerza que nunca había tenido. No dimos tiempo a que abajo nos echaran de menos, el orgasmo estaba tan próximo para los dos que en apenas cinco minutos ya estaba mi novio subiéndose otra vez el pantalón. Fue, sin duda, el mejor coito de mi vida. Cada fibra de mi ser estaba abierta al placer, cada centímetro de mi vagina fue consciente de la entrada de aquel pene infinitamente excitado. Mordiendo a Pablo en el labio, me corrí desnuda junto a él, mientras abajo oíamos los preparativos para la comida.

A toda prisa para no levantar sospechas, nos decidimos a bajar.

-¿Qué haces?

-Nuria va a comer desnuda, y yo quiero acompañarla. ¿O te parece mal?

-... puff, vas a matarme, ¿te atreves?

Sin contestar, empecé a bajar las escaleras. Estaba llegando al rellano cuando oí la voz de Eduardo.

-A ver tía, vístete de una vez, al fin y al cabo, Pablo acaba de conocer...

Se quedó mudo cuando me vio aparecer en el salón, precediendo a Pablo completamente desnuda. Intenté no mirarle a los ojos, temía que descubriera hasta qué punto estaba disfrutando con la situación pero, ¿no tenía yo derecho a comer en cueros, igual que hacía su hija delante de un hombre que quizá la miraba con deseos lascivos?

Fueron una comida y una tarde asombrosas. Todo el mundo parecía feliz, todos charlábamos alegres y excitados. Pero tres personas escondían algún que otro secreto. En primer lugar Pablo y yo, que nos cogíamos la mano por debajo de la mesa, excitadísimos. A los dos nos parecía el colmo del morbo aquella comida con féminas nudistas. Para mí, en cierto modo, era como si Eduardo y su familia me vieran sin ropa por primera vez, pues ahora no estaba posando, no había NINGÚN motivo para que yo estuviera así, y sin embargo allí estaba, sentada entre el matrimonio tal como mi madre me trajo al mundo. Si alguno de mis padres me hubiera visto allí, riendo y con mis mejillas con el vivo color de la satisfacción, le hubiera dado un infarto.

Sólo una pequeña sombra me preocupaba. Rubén no parecía nada cómodo. No entendía cómo sus padres no se daban cuenta. Estaba acostumbrado a ver a su madre y a su hermana desnudas, sí, pero yo no era familia, por mucho que se empeñaran. Yo era una mujer hecha y derecha que se contoneaba ante él llenando de senos y nalgas carnosas la estancia, y él era un adolescente con un exceso de energía que necesitaba ser liberada.

Cuando al fin llegó la hora de despedirnos, yo ya no podía más. Necesitaba llegar a casa urgentemente y desahogarme con Pablo. Por su mirada, comprendía que mi novio estaba en mi misma situación. Pero sentía que algo faltaba todavía. En un aparte, conseguí hablar con Pablo a solas.

-Voy a subir arriba a vestirme y nos vamos.

-De acuerdo, date prisa, estoy deseando llegar a casa.

-Pero primero debo hacer algo.

-¿Qué?

-¿Has visto la cara del pobre Rubén?, creo que se merece un premio.

-No estarás pensando... –por primera vez, los celos afloraron a la cara de Pablo, curioso si pensábamos en las experiencias del día.

-Tranquilo –me reí- no haré nada que no aprobaras. Creo que debemos mucho a esta familia, y al menos voy a pagar parte. Quédate un momento charlando con ellos.

-Bien, pero no tardes.

-No te hagas el mártir, aprovecha para echar una última miradita a esa ninfa que tanto te ha gustado.

Mientras Pablo iniciaba la charla de despedida, empecé a subir las escaleras. A la mitad del tramo, me volví como recordando algo súbitamente.

-Por cierto Rubén, hay una parte de la pieza de hoy que ejecutas mal, se me había pasado comentártelo. ¿Quieres subir un momento y te lo explico? Así practicarás durante la semana.

Sin esperar respuesta, seguí subiendo, llegué al piano y ocupé mi lugar... todavía desnuda. Al momento, apareció Rubén. A pesar de sus 21 años, llegaba jadeando, y yo sabía las escaleras no eras las causantes. Me miró con desasosiego, parecía que mi cuerpo desnudo fuera una tortura para él. Dócilmente, sin decir nada, se sentó a mi lado.

-Mira, presta atención.

Con una sola mano, empecé a ejecutar una sencilla parte de la pieza. Desde abajo debían oírse claramente los acordes del piano. Mientras, mi mano derecha empezó a acariciar el bulto de la entrepierna del muchacho. Rubén dio un respingo, no podía creer lo que estaba pasando, era un chaval educado y serio, estaba seguro de que nunca se había visto en una semejante. Con cierta dificultad, conseguí bajar la cremallera y extraer el miembro de mi alumno. Jamás había visto erección semejante.

Sin dejar de tocar con la izquierda, mi mano derecha empezó a deslizarse sobre aquel pene joven e inexperto, arriba, abajo, arriba, abajo. Oía las voces de Pablo y Eduardo hablando despreocupadamente, a veces oía las risas de Ana y Nuria. Para el matrimonio y la hija, todo parecía inocente. Para Pablo y para mí aquel iba a ser el juego más excitante de nuestra vida, y para Rubén era sin duda su primer contacto con una mujer a la que no debía un respeto filial.

Trataba de mover mi mano despacio para alargar al máximo el placer del muchacho, pero al mismo tiempo temía que alguno de los miembros de su familia subiese ¿cómo hubieran reaccionado? Afortunadamente, la juventud es rápida, y Rubén llevaba ya una buena erección especialmente dedicada a mí antes de empezar. Como un azucarillo, el muchacho se diluyó entre mis dedos, y su semen blanco y caliente inundó por completo mi mano. La descarga fue brutal y su mirada agradecida me recompensó sobradamente por mi trabajo. No.

Estoy mintiendo, y aunque Pablo esté a mi lado leyendo esto mientras escribo, debo decir la verdad. Me costaba trabajo seguir tocando mientras acariciaba a Rubén, pero no se debía a la dificultad de tocar con una sola mano. Era mi propia excitación la que entorpecía mis movimientos, pues a los jadeos de mi alumno pronto se unieron los míos propios. Mientras acariciaba su pene, era increíblemente consciente de mis senos moviéndose acompasados. Sin poderlo reprimir, pedí a Rubén que los acariciase con sus propias manos. El chico lo hizo obediente, con torpeza pero aplicadamente. Me estremecía hacerle una paja al niño de la casa sentados al piano, totalmente desnuda y con sus padres abajo, teniendo sus manos como garfios en mis pechos mientras su pene amenazaba explotar.

Y al fin, cuando Rubén eyaculó, yo disfruté de mi segundo orgasmo del día sin siquiera tocar mi sexo.

Hemos llegado al final de la historia. Durante un tiempo seguí dando clases de piano en el chalecito de Arturo Soria, pero pronto Nuria se echó novio formal y, tan pronto terminaba la clase, se iba y dejaba la casa vacía. La juventud olvida pronto y, en breve, pasé de ser su hermana postiza a ser simplemente una buena amiga. Rubén y yo apenas nos mirábamos, creo que a los dos nos daba un poco de vergüenza el recuerdo de aquella tarde aunque yo, desde luego, no me arrepiento de nada. Así las cosas, era cuestión de tiempo que Eduardo me insinuara que el final de nuestro acuerdo estaba próximo. No intenté profundizar en las causas, ¿hasta qué punto era consciente aquella familia de haber sido un instrumento para Pablo y para mí? ¿les habría molestado saber hasta qué punto nos habían abierto nuevos horizontes y nos habían sacado de la rutina que amenazaba destruirnos?

Diez años después, Pablo y yo seguimos juntos. Hemos tenido nuestros altibajos, como todas las parejas, pero el recuerdo de aquella maravillosa aventura nos acompaña siempre, inspirándonos, induciéndonos al placer. Me dice mi marido que os cuente lo que pasó aquel verano, años después... pero eso es otra historia. Esta se ha alargado ya mucho y no quisiera aburriros.

Añadido el 05 de Noviembre de 2008

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