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Relatos Eroticos / Servicio completo

Servicio completo

Por: Nikita
Llegó el día en que Cándido, el Sr. Cándido Morales, hombre de intachable conducta y firmes principios, resolvió romper una de sus estrictas normas y tomó la determinación más importante de su vida. Decidió dejar de ser virgen. Se había mantenido en esa posición impulsado por la estricta formación que había recibido de su madre.

Ella había sido víctima de la seducción de un macho caliente que, en cuanto la supo embarazada, la rechazó. Ofuscada por la pena del abandono y el temor al juicio de la intolerante sociedad de su pueblo, hizo de su domicilio una prisión y se encerró entre las cuatro paredes de su casa. Ahí, asistida por Doña Celestina, que mucho había tenido que ver en el asunto de la seducción, esperó, durante los nueve meses de rigor, la llegada de su hijo el que nació, sin el auxilio de médico ni partera, con la única ayuda de Celestina y la bendición del cielo.

Al que bautizó imponiéndole el nombre de Cándido para que, a manera de escudo, lo protegiera de la malicia del mundo, creció anatematizado por inquebrantables normas de conducta que nunca se le ocurrió cuestionar. Aún ahora, habiendo pasado la niñez y la juventud y ya entrado en la edad adulta (recién había cumplido los dieciocho años de edad), las máximas de su madre, recluída ahora en una clínica para enfermos mentales, pendían, como espada de Damocles, sobre su cabeza: Hay que rechazar los malos pensamientos, Debemos conservar la castidad, Recuerda siempre que primero muerto que pecar, Los deseos impuros son cosas del demonio, La carne es débil y debemos de fortalecerla con la penitencia, etc.

Y llegó el día en que Cándido, agobiado por constantes sueños eróticos y despertando a diario empapado por abundantes derramamientos de esperma, consecuencia de sus sueños húmedos, tomó una firme decisión y dijo: ¡Basta ya! Esto se acabó.

En algunas ocasiones, compañeros de estudios primero y de trabajo después, a los que calificó entonces de “mensajeros del pecado” le informaron que en el pueblo vecino, a sólo unos cuantos minutos de ahí, había un lugar al que llamaban, La Casa del Farol Rojo, a donde todos acudían con frecuencia a desahogar su lujuria, inclusive mencionaron alguna vez el número telefónico al que se podía llamar para concertar una cita. Quiso recordar el número, pero le fue difícil, sólo se acordaba que, entre otros dígitos contenía un 69, y un 41. Después de varios intentos y gracias a su perseverancia logró la comunicación.

—La Casa del Farol Rojo. Dígame, ¿quién habla? —contestó una voz lenta y pastosa, un tanto ambigua, que, de momento no supo si era de hombre o de mujer, pero que le produjo la sensación de una pluma de ave recorriéndole, de arriba hacia abajo por la espalda y le erizó los pelos que le cubrían los testículos.

—Yo… es decir… quisiera… ¿cómo le diré? ¿Podría informarme si…? —y después de esos balbuceos se decidió y habló rápido y de corrido— Bueno, lo que quiero saber es si puedo ir a su casa en este momento para que me den servicio.

—Caballero —contestó, aduladora, la misma voz sensual— esta es su casa y puede usted acudir a la hora que guste; estamos para servirle.

De momento y, como es temprano aún y las chicas se desvelan trabajando, sólo tengo aquí disponibles a Esmeralda y a Perla, además de Elber, el barman y P N Rico, el chico encargado del aseo, pero buscaremos dejarlo satisfecho con nuestras atenciones. Lo esperamos. Colgó la bocina con la impresión de que aquella voz le era familiar, pero desechó la idea ya que nunca había asistido a ese lugar. Se dio un baño rápido, se vistió y minutos más tarde se encontraba frente a la puerta de La Casa del Farol.

Antes de llamar, la observó, era una casa amplia, de ventanas pequeñas enrejadas y una puerta sólida de madera maciza con una pequeña ventana a la altura de los ojos por la que, desde adentro, se podía observar a los visitantes antes de abrir y, sobre aquella puerta, un gran farol rojo. Tocó el timbre y un sonido musical anunció su presencia; a los pocos segundos se abrió la ventanita de observación.

—Joven Cándido, ¿Usted por aquí? Pase, pase, esta usted en su casa —y abrió la puerta— de manera que fue usted el que habló. Nunca me lo hubiera imaginado. ¿Qué ha hecho de su vida?

Era Celestina, la antigua sirvienta de su casa por la que parecían no haber pasado los años.

— ¡Celestina! No, no, no, —tartamudeó Cándido—no sé si sea oportuno… yo, yo, es decir… si la, si la hora no es apropiada… puedo volver d, d, después… otro día. Lo que lo que lo que pasa es que… que… —Nada, nada, ya está aquí y verá cómo lo vamos a atender. Se la va a pasar de maravilla, le aseguro que, después, no va a querer salir de aquí.

—Y, dirigiéndose hacia adentro, gritó— ¡Esmeralda1 ¡Perla! Aquí las buscan chicas.

A sus gritos acudieron dos espléndidas mujeres, una rubia de abundante y rizada cabellera, con unas glandes y redondas tetas cubiertas por un breve sostén de color negro y un pequeño bikini del mismo color cubriéndole apenas un pequeño triángulo del pubis del que sobresalía una brillante y fina mata de vellos y, sobre los hombros, abierta por el frente, una ligera bata, negra también, de encaje transparente; la otra, una morena de fina piel clara, largas pestañas y voluminosos labios de un rojo encendido, no llevaba sostén y sólo un minúsculo triángulo rojo intentaba, sin mucho éxito, cubrir la abundante vellosidad de su abultado monte de Venus y sólo cubría su cuerpo una abundante cabellera que caía, acariciándole los hombros y buscando cubrir, aunque no lo lograba, sus redondos y firmes senos por el frente y por la espalda se deslizaba hacia abajo apuntando hacia un redondo y respingón par de deliciosas nalgas que pedían atención a gritos.

—La rubia se llama Esmeralda y la morena Perla —las presentó Celestina—. Ambas están para cumplir todos sus deseos, joven Cándido. Dígame a cual de las dos prefiere. —Las quiero a las dos —contestó, sin titubeos ya, Cándido que estaba viendo el cielo abierto y cuya disposición denunciaba el descarado bulto que había crecido y era notable en su entrepierna, bajo el pantalón. —Perfecto. Ya lo oyeron, chicas, trátenlo bonito que les aseguro que van a recibir una buena recompensa.

Celestina se refería, por supuesto a la paga en efectivo que recibirían, pero Cándido lo interpretó pensando en la recompensa que pugnaba ya por salir reventando la tela del pantalón y con la que ya quería estarlas agasajando.

—Por supuesto que todo lo que quieran beber pueden pedirlo al barman ¿De acuerdo joven Cándido?—De acuerdo, Celestina. Mande, por favor a Elmer para que tome la orden de las bebidas.

Celestina sonrió.

—No se llama Elmer —corrigió— su nombre es, Elver y se apellida Good y las chicas, que a todo le encuentran la broma, le agregaron las iniciales O. T. o sea que su nombre completo es ELVER GOOD O T. ¿Por qué motivo? Ellas podrán explicárselo. A mí, cuando lo descubrí, me encantó. Por cierto, ¿va usted a querer una sesión sencilla o el servicio completo?

—El servicio completo —afirmó en tono seguro Cándido que, a esas alturas ya tenía el… ánimo al rojo vivo y no quería que hubiera limitaciones. —Excelente, le aseguro que no va a arrepentirse.

Entraron a una habitación, amueblada y decorada no en forma elegante, pero si ostentosa además de acogedora y excitante.

Después de pedirlas llegaron las bebidas que Elver, un tipo moreno, bien parecido y de aspecto atlético, ataviado con un short pegado al cuerpo que lo calificaba como superdotado, y, con ayuda del joven aseador, un chico de larga melena, esbelto y con un paquete que, bajo el short, se veía prometedor, prepararon con diligencia retirándose al tiempo que informaban.

—Pueden empezar, estaré al pendiente y, en el momento oportuno regresaremos, le daremos un servicio que nunca va a olvidar —y salió acompañado del mozo.

Y empezó la acción. Las chicas, diligentes y amorosas, se apresuraron a despojar a Cándido de su ropa, empezando por la chamarra de piel y la camisa, cubriendo cada zona que se descubrían, de caricias, besos lamidas y cachondeos a los que Cándido correspondía con entusiasmo, luego procedieron a descalzarlo apoderándose cada una de un pie que lamieron chupándole los dedos uno a uno mientras Cándido disfrutaba el agasajo con oleadas de placer que recorrías su cuerpo entero terminando en la zona de su verga que parecía a punto de estallar. La respiración de Cándido se aceleraba y sus jadeos anunciaban un inminente orgasmo que el se esforzaba por contener buscando hacer durar el momento. En seguida lo despojaron del pantalón y el bóxer interior, del cual saltó como catapulta una verga de bastante buen tamaño y grosor con la cabeza hinchada, brillante por una viscosa secreción y enrojecida pidiendo guerra.

Fue entonces cuando Cándido se apresuró a quitar a las chicas sus minúsculos atuendos, mientras besaba y lamía cuellos y orejas, amasando sus senos, para llegar a solazarse devorando a una y otra los erguidos pezones, bajando a meter la lengua entre la pelambre que rodeaba las vaginas, buscando acariciar sus clítoris y penetrar entre sus labios vaginales para encontrar la humedad y el calor de esas calientes, jugosas y olorosas cuevas que se le ofrecías sin reticencia. Cándido se sentía en la gloria. Aquello era un concierto de jadeos, gemidos y sonidos que exaltaban los sentidos incrementando la disponibilidad para experimentar el placer que a cada momento era más intenso.

En un momento dado Cándido se encontró acostado boca arriba y con las rodillas de Esmeralda, a ambos lados de su cabeza, ofreciendo a su boca aquella olorosa vulva que rezumaba excitantes aromas y jugos que el absorbió con deleite mientras sentía la boca de Perla engullendo golosa su enardecida verga. La reacción fue simultánea, al tiempo que su pene eyaculaba con furia, el candente chochito de Esmeralda expulsó ricos jugos que Cándido sorbió con verdadera gula.

Tras unos minutos de descanso, nuevos cachondeos y caricias hicieron que el pene de Cándido volviera a tomar su rigidez lo que, sin tardanza, aprovechó Perla para acostarse de espaldas, abrir sus piernas y jalar a Cándido que, con una puntería de campeonato, cayó sobre ella insertando su miembro de un solo empujón en aquella hospitalaria vulva que se le ofrecía. Cándido empujó limando con entusiasmo y, al sentir que el orgasmo se aproximaba, empezó a decir, subiendo poco a poco el tono de la voz hasta llegar al grito.

—Ya, ya, ya, yaaaa, yaaaaaaaaaaaaaaa —y arrojó en la dulce cueva del placer abundantes chorrotones de semen que Perla recibió con gemidos de gozo.

Unos instantes de reposo y Perla se salió de abajo del cuerpo de Cándido, cayendo en brazos de Esmeralda que la recibió amorosa. En esos momentos Cándido sintió un cuerpo cálido y duro que lo cubría por la espalda y una barra impaciente que se colocaba a la entrada de su ano buscando penetrar. Aceptó aquel cuerpo sin rechazarlo, por el contrario, aflojó lo suficiente para que pudiera entrar aquel cuerpo extraño el cual poco a poco fue hundiéndose inaugurando su virgen culo que lo recibía con un leve dolor que en un breve momento se convirtió en un extraño placer que se apoderó firmemente de él.. .

—Llegaron en el momento preciso Elver —oyó que decía Perla mientras continuaba su caliente cachondeo con Esmeralda.

Cándido comprendió en ese momento el significado del apodo de Elver mientras disfrutaba recibiendo milímetro a milímetro, centímetro a centímetro y empujón tras empujón la gigantesca verga que lo iba penetrando proporcionándole el intenso, insospechado placer que estaba gozando después del dolor inicial del principio y al topar al fondo chocando los huevos con sus nalgas, oprimiendo con la dura cabeza su próstata, intensificó el gozo que, por primera vez, con los ojos cerrados, estaba experimentando y poco a poco constató rl significado del apodo del barman mientras repetía mentalmente: Elver Good O T, Elvergud O T, El vergudote.

Luego sintió dos manos que intentaban levantar su cabeza, abrió los ojos y vio frente a sí a P N Rico, el joven aseador que, desnudo le ofrecía su verga inflamada, dura y caliente que, de manera instintiva y sin pensarlo, atrapó entre sus labios y se puso a chupar con gula.

El cuadro era espectacular. En la mitad derecha de la cama Esmeralda y Perla se acariciaban frotándose una con otra tetas y puchas mientras ejecutaban un sesenta y nueve lujurioso y, en la otra mitad, la izquierda, Cándido levantaba hacia arriba y abajo el culo para facilitar la penetración de Elver Good O T mientras chupaba el duro mástil de P N Rico, el joven aseador. Los pugidos, gemidos y jadeos enmarcaban lo cachondo de la escena y momentos después, casi al mismo tiempo llegaron los orgasmos entre gritos de placer.

Ya de salida, al despedirse de Celestina, no pudo Cándido dejar de, en tono de broma, pero con una alegría que no podía disimular, reclamarle..

—Debes de saber, Celestina, que Mientras estaba yo follando con Perla entraron al cuarto el barman y el joven aseador y, sin previo aviso ni ningún pudor los dos me… —Si —aceptó Celestina— hicieron lo que usted ordenó, joven Cándido. Recuerde que me pidió un servicio completo. En eso consiste el Servicio completo.

—Es que, la verdad yo no lo sabía. Si lo hubiera sabido… —Ya lo sé. Si lo hubiera sabido habría venido antes ¿no es cierto? —y sonrió maliciosa.

Cándido, aunque con cierto disimulo, no pudo evitar sonreír también.

Y, desde ese día, Cándido no ha sido ya, tan cándido como su nombre lo indica, sino uno de los clientes más entusiastas y asiduos de La Casa del Farol Rojo a donde llega y ordena siempre: Servicio completo.

En cada visita pide los servicios de diferentes chicas, no sólo ya de Esmeralda y Perla; sino que las ha ido cambiando por Gema, Rubí, Zafiro, Jade, Coral o cualquiera de entre las que trabajan en el lugar.

Los que nunca faltan en cada sesión son Elver Good O T, el barman y P N Rico, el joven aseador a los que parece haberles cobrado un especial afecto.

Añadido el 23 de Mayo de 2008

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