La señora y el jovencito
Por: Nikita
Ella tenía 31 años, estaba casada y tenía un hijo. Se había cansado de su matrimonio, que comenzó 9 años atrás, aunque no fue un tercero el que provocó el ocaso de la relación matrimonial, simplemente apareció la necesidad de no tener a su marido al lado, de no compartir su cama con él. Alguna vez me dijo: "Es muy triste darse cuenta que has dejado de amarle, que no hay nadie que reemplace a quien, por mucho tiempo, llenó todos tus pensamientos, es muy duro decirle a esa persona que nadie ocupó su lugar y simplemente no quieres verle más".
Finalmente llegaron a un acuerdo y él se marchó, únicamente venía a la casa que compartieron tanto tiempo los fines de semana, para estar con su hijo y hacer menos traumática para el niño esta separación. Cuando ella se sintió libre decidió dejar volar su imaginación, largos sueños postergados salieron a la luz: Ansias dormidas durante el letargo de su vida conyugal comenzaron a despertarse y decidió vivir aquellos sueños.
Su vida sexual había sido muy buena al principio, su marido siempre fue un buen amante, experto e imaginativo, pero como suele suceder, con el correr del tiempo fue olvidando aquellas pequeñas sutilezas que son tan importantes para las mujeres y ella comenzó a perder el deseo por hacer el amor con él ¿acaso hay algo más peligroso que una mujer insatisfecha?
Con los nuevos aires de libertad llegó la hora de revivir emociones pasadas y se juró a sí misma no detenerse hasta concretar todas sus fantasías, la primera y más importante para ella era hacer el amor con un muchacho muy joven y no tardó en concretarla. Cuando la conocí me sentí abrumado por diferentes razones, la primera de ellas era que yo nunca había hablado con una mujer hecha y derecha en forma personal, es decir de igual a igual, hasta ese momento, las mujeres de su edad eran personas "mayores" y no estaban en mi rango de visión, siempre había pensado que ninguna mujer así se fijaría en un chico de 20 años, obviamente me equivoqué.
Yo trabajaba vendiendo diarios y revistas en el barrio donde ella vivía, la veía pasar todas las mañanas, cuando iba camino a su trabajo. Era bastante alta, morocha, de cabellos largos, sus pechos no eran muy prominentes, pero se encargaba de que se le notaran bien y su cola... su cola sí que se notaba. De caderas latinas y andar felino, era muy sensual verla moverse y ella complacía a quien la mirara, porque el vaivén de sus caderas jamás cesaba.
Un día, por casualidad, al menos eso creía yo, entablamos conversación y de forma casi inesperada para mi ella me preguntó ¿No me vas a dar un beso? Muy avergonzado, le contesté que sí, pero me quedé quieto, hasta que ella me besó a mí. Fue un beso muy tierno, cosa que no esperaba y me dejó volando entre nubes, la dulzura de sus labios furiosamente rojos, la tibia humedad de su boca, me enfervorizaron, apenas nuestras bocas aún no se habían separado, volví a besarla, ahora con más fuerza y mis brazos rodeando su estrecha cintura. Estábamos sentados en un sillón, en el cuarto de su hijo (el niño dormía en el dormitorio matrimonial) Y allí comenzó la batalla.
Con aquel beso me liberé y mi sexo comenzó a hervir rápidamente, sentí la presión contra el cierre de mi pantalón, pero la erección fue total cuando ella advirtió mi excitación, mirando de reojo y respondiéndome con una pícara sonrisa. Mientras mi boca recorría su cuello, sus orejas, (ella enloquecía si le humedecía los lóbulos), mis manos buscaban desesperadas sus pechos y al fin atrapé sus pezones entre mis dedos mayor e índice de cada mano. Estaban muy duros y ella respondía con un suspiro cada vez que se los pellizcaba suavemente.
Amasé esos pechos por mucho tiempo y cuando nuestros labios estuvieron saciados busqué llevarme esos pezones a la boca. Lo hice con extremada suavidad, recuerdo haber apoyado la lengua suavemente en uno de ellos y me quedé así, con la boca abierta, apoyada totalmente en el pecho, como si estuviera esperando que aquel pezón de miel se derritiera suavemente. Ella me acariciaba los cabellos y tiraba su cabeza hacia atrás.
Al cabo de unos minutos me suplicó que los mordisqueara un poco, cosa que hice con un poco de miedo, cuando noté que la respuesta de ella era muy favorable, perdí el miedo y los hice con un poco más de rudeza, sin llegar a hacerle daño. Finalmente, nos separamos un poco y nos pusimos de pie, para reanudar nuestro concierto de besos y para explorar otras partes de su cuerpo. Acaricié su cola con desesperación, llenado mi cabeza con el recuerdo de su movimiento al caminar. Tenía entre mis manos el tesoro más preciado. Las ropas fueron cayendo, una a una, interrumpido su "deshoje" por algún beso febril.
Cuando estuvimos desnudos ella se abalanzó sobre mí y buscó mi sexo con furia, lo lamió con mucha calma, (cosa que yo iba perdiendo lentamente), como si estuviera tratando de definir el sabor de un helado y, finalmente, después de dar varios rodeos, sin previo aviso, lo devoró hasta el fondo de su garganta. Fue una succión profunda, seguida de un retiro lentísimo, ya que lo fue sacando de su boca con una parsimonia dulcemente exasperante. Me tuvo allí varios minutos y allí me hubiera quedado toda la noche, pero sentí llegar el orgasmo y le pedí que se detuviera.
Ahora me tocaba a mí. Le pedí que se recostara en el sillón y que recostara su cabeza en el apoya brazos, le tomé la cara entre mis manos y la besé una vez más, bajé mis manos lentamente y en el camino, amasé sus pechos una vez más, al final del recorrido las dejé sobre sus muslos, firmes y muy suaves, los separé lentamente y allí estaba el manjar que buscaba.
Débilmente iluminada por la luz de una lámpara tenue, pude verla imponente, con poco vello, de labios firmes y bien marcados, su concha esperaba mi arrebatada lengua. Le devolví la gentileza, ya que estuve largos minutos, lamiéndola, chupándola, bebiéndola. Con el dorso de la lengua fui separando los pliegues de los labios, levemente salados, lo hacía de arriba abajo, con suavidad al principio, pero que me arrancó algunas lágrimas (que oculté rápidamente) y por otro una enorme sensación de poder por ser el principal causante de aquel orgasmo.
Cuando al fin se relajó, yo la contemplaba desde allí abajo y pude ver sus ojos cerrados, y su dificultad para humedecerse los labios (Tenía la boca reseca) Y sus manos que parecían a la expectativa, listas para quitarme de aquel sexo, ahora muy sensibilizado, ante el menor movimiento de mi boca. Finalmente alejé mis labios lentamente y pude observar aquella concha totalmente mojada por sus jugos y mi saliva, rosada y palpitante. Apoyé mi cara sobre una de sus rodillas y me quedé contemplando aquella belleza, mientras ella recuperaba su normal respiración. Quería quedarme allí, entre sus piernas, para siempre. Estaba eufórico, me sentía hombre y esa sensación ya no me abandonó nunca más.
Cuando ella se recuperó, me sonrió y me besó, pedí disculpas por lo salado de mis labios y ella rió con ganas. Me tomó de las manos y me llevó hasta el sillón nuevamente, me acostó de espaldas en el y con una mirada lujuriosa cruzó una rodilla sobre mis piernas, mientras su mano buscaba mi sexo, para metérselo sin preámbulos. Se sentó sobre mí al tiempo que largaba un gemido ahogado, yo sentí llegar al fondo de su concha, y un torrente de electricidad me llegó hasta la espina dorsal.
Cuando la lenta cabalgata comenzó yo ya estaba a punto de acabar, pero no iba a arruinar ese espectáculo. Me contuve y traté de pensar en otra cosa, pero no había caso. Apretando los dientes y luchando por no acabar la vi montarme, primero con suavidad, luego casi con furia, a ratos ella se descontrolaba y clavaba sus uñas en mi pecho, para luego pedirme disculpas por las heridas provocadas y más tarde volver a herirme, y yo, lejos de enojarme, observaba aquellas lastimaduras como quien mira un trofeo largamente deseado, entonces ella volvió a explotar lanzando un gemido contenido, desplomándose sobre mi torso con la espalda cubierta de sudor y la respiración jadeante.
Cuando se recuperó del esfuerzo, vino hacia mí y retomó el juego oral. Tomó mi sexo y lo devoró lentamente, para luego sacarlo de su boca y lamerlo en círculos prolongados que terminaban con él dentro de su boca, llegando al fondo de su garganta. Juro que quise advertirle y rogarle que dejara de hacerlo antes de que yo acabara, pero si me retiraba, seguramente hubiera derramado mi leche por la alfombra y el tapizado del sillón, así que simplemente dejé que mi cuerpo le hablara y que ella decidiera que iba a hacer.
Tensé las piernas buscando apoyo y mis manos que sujetaban sus cabellos, los dejaron libres por si ella se quería retirar de aquella mamada... pero no lo hizo. Durante una fracción de segundo ella dudó, pero finalmente, optó por salvar el tapizado y la alfombra, porque mi semen llenó su boca y ni una sola gota se perdió en aquel orgasmo, aunque no lo tragó.
Cuando mis espasmos acabaron, ella sacó mi sexo de su boca, lentamente, para no dejar caer la leche tibia y se fue al baño apresurada. Luego regresó con una sonrisa en los labios y el aliento fresco. Me besó y se recostó al lado mío, pegó su espalda desnuda contra mi pecho y sus glúteos apretaban mi sexo con descaro. La acaricié con delicadeza y ella se dio vuelta para decirme algo que siempre guardaré en mi corazón: "Me inspiras dulzura", me susurró. Yo sonreí avergonzado y besé su nuca, al tiempo que le decía: "Esta es mi primera vez".
El silencio y respiración contenida fue la única respuesta q vasija conteniendo aceite y luego de poner una toalla sobre el tapizado del sillón, procedió a untarme con el tibio líquido. Por desgracia, los dos estábamos muy cansados para dedicarle el tiempo que una relación anal necesitaba, por lo que después de un par de intentos por penetrarla, desistimos, aunque seguimos jugando con el aceite en sus glúteos y su ano, pasándole mi sexo por aquel canal de carne firme, hasta provocar una nueva marea de leche tibia, tan abundante como la primera, que se desparramó entre aquellos glúteos que tanto desee y así, untada con aceite y semen, se quedó dormida hasta que llegó la hora de irme.
Aquella noche terminó feliz y si bien tuve que irme sin dormir a trabajar, soñé durante todo ese día con la mujer que me hizo hombre. Con mis escasos 19 años cumplí con la fantasía de muchos chicos de mi edad, una fantasía que rara vez se cumple, pero que en mi caso se hizo realidad entre música de violines. Hoy ya han pasado más de 20 años de aquella noche y a veces, cuando Buenos Aires se pone gris, entre la llovizna de otoño, recuerdo a aquella mujer que me hizo feliz y perfeccionó mis artes amatorias. Fueron tres años los que estuve con ella y por esas cosas de la vida, un día nos dijimos adiós.
Hoy ella debe tener casi 51 años y me cuesta imaginarla distinta a como la conocí, porque aquella imagen de su alocada cabalgata sobre mi joven cuerpo adolescente quedó inalterable en mi mente hasta el día de hoy. Para Mabel, el nombre que el tiempo jamás podrá borrar.
PD: Agradezco fundamentalmente a una amiga española que conocí por este medio (me reservo el nombre), por la corrección de este sencillo relato y por el apoyo que me brindó para publicarlo en estas páginas. Espero no haberla defraudado.
Añadido el 12 de Abril de 2008