Me llamo Manuel, tengo 23 años, y todo lo que cuento es absolutamente real, salvo mi nombre, que mantengo en el anonimato por cuestiones de seguridad y el de las otras personas que aparecen en el relato, más que nada por aquello de la simetría.
Desde hace un par de meses salgo con Sonia, una chica de Madrid a la que conocí en el metro. Cómo conocí a Sonia es una historia que merece la pena contarse, aunque no sea lo que he venido a relatar.
Una noche, después de volver de marcha en la discoteca (a lo largo de la noche, como se puede suponer, había copulado con un buen manojo de hermosas y voluptuosas mujeres, penetrando a varias de ellas analmente) tomé el metro para volver a mi casa, pues mi coche se encontraba empantanado en varios miles de hectolitros de líquido seminal (estimación aproximada del cuerpo de bomberos) después de usarlo en algunos de mis múltiples coitos.
El metro estaba vacío a aquellas horas. Un domingo a las ocho y media de la mañana. En la tercera parada se subió ella.
Me ahorraré la descripción de Sonia diciendo que es una chica espectacular. Describirla, de todas formas, es innecesario, porque cualquiera que haya visto alguna vez a una chica morena, de alrededor de metro setenta, con unas tetas de impresión, pezones como para tomar al asalto un castillo medieval y cara de colegiala viciosa se puede hacer una idea de cómo es mi chica. Inmediatamente me sentí atraído por ella.
Con la excusa de la aglomeración de gente me situé estratégicamente tras su culito, perfecto y duro, y empecé a manosearla descaradamente. Al principio ella fingió no darse cuenta. Es más, puede que, en realidad, no se diese cuenta en absoluto, porque había en ese momento media docena de tíos metiéndole mano, aparte de otro que lo grababa todo en video y dos lesbianas magreándose lascivamente sin quitarle el ojo de encima. Pero cuando mi pene empezó a hincharse la situación cambió radicalmente.
No es que yo tenga un pene muy grande. Unos treinta y siete centímetros, más o menos. Lo que sí, es bastante ancho. Unos treinta y siete centímetros, más o menos. Cuando Sonia sintió aquel aparato tras ella mi presencia cobró un protagonismo inesperado. Sonia se volvió hacia mí en el momento que la otra media docena de tíos desaparecía, como volatilizados. Sólo quedamos nosotros y la pareja de lesbianas, que a estas alturas se masturbaban frenéticamente.
Besé a Sonia apasionadamente en la boca, la coloqué co de la vejez. Es la adolescencia del moderno enfant terrible.
Aquí Sonia explotó en un orgasmo fabuloso. Justo cuando se abría la puerta, y las dos lesbianas, antes de apearse, me dejaban en el bolsillo una tarjeta con su nombre, dirección, número de teléfono y un calendario erótico, en el que se asignaba a cada día del año una postura sexual distinta.
Alguien había rodeado con un círculo el veintisiete de septiembre, el día de copular con una mujer que hace el pino puente mientras prepara una adaptación teatral vanguardista de un documental sobre marsopas. Lo crean o no el veintisiete de septiembre es mi cumpleaños. Precisamente la historia de mi cumpleaños es la que quiero contar.
A Sonia le hizo mucha gracia eso de que las lesbianas hubiesen marcado, precisamente, el día de mi cumpleaños. Se lo comenté al día siguiente, en la exposición del museo. Nos habíamos retirado al baño, y yo la estaba masturbando con un sujeta libros que reproducía cinco obras distintas de Die Brücke.
Sonia se rió tanto que acabaron por echarnos del museo, pero en adelante, sin que yo supiese si iba en broma o en serio, y hasta dónde iba en broma o en serio, me repetía casi a diario que el día de mi cumpleaños sería un día especial.
El veintisiete de septiembre me llevé un buen susto cuándo al despertarme me encontré a Laura en el sofá de mi casa. Laura es una amiga de Sonia. No sabría decir cuál de las dos es más atractiva. Son muy distintas, eso sí, porque Laura es rubia, algo más bajita que Sonia, y tiene cara de no haber roto nunca un plato. Tres cosas me sorprendieron de Laura ese día.
Uno, que estuviese a primera hora de la mañana en mi sofá. Dos, su mirada perdida, que ni siquiera se inmutó cuando yo aparecí. Tres, que llevaba un uniforme de colegiala, visiblemente recortado, al que le era imposible ocultar que no llevaba ropa interior. Al principio me sorprendí tanto que incluso olvidé ponerme cachondo. Luego, ya más repuesto, le pregunté a Laura qué estaba haciendo allí. Laura no se movió, y no hizo amago de responderme, aunque dudo que le hubiese dado tiempo, porque en ese momento apareció Sonia.
-¡Feliz cumpleaños cariño!
Mi primera reacción fue de miedo, porque pensé que tal vez Sonia interpretase la presencia de Laura como una traición. En fin, en los dos meses que había estado con ella me había acostado con varias mujeres hermosas, pero siempre con el permiso de Sonia, y a veces con su participación. Pero acostarme con su mejor amiga a sus espaldas podía ser mal interpretado por ella. Nada de eso. Sonia se acercó a Laura, y acariciándole la cabeza como si fuese un cachorrito, me dijo:
-¿Te gusta tu regalo?
Al parecer Sonia había dado a Laura un potente narcótico que suprimía por completo su voluntad, con lo cual no iba a poner ningún problema en ser nuestro juguete erótico particular. Sonia es enfermera, y muy aficionada a la farmacopea, una gran entendida. Me encanta verla trabajar en sus potingues, vestida sólo con su bata blanca.
Sonia se inclinó delante de Laura, su rostro muy cerca del suyo. Sólo su culo perfecto habría bastado para ponerme cachondo, pero la escena siguiente lo mejoró con mucho. Sonia le preguntó a Laura si podía oírla. Laura afirmó tímidamente, con un ligero movimiento de cabeza y Sonia empezó a decirle que ahora íbamos a hacerle el amor.
Luego la besó lentamente en la boca y terminó diciéndole que no se preocupase, porque le había puesto una cosita en la sopa que iba a hacer que se lo pasase muy bien.
Sonia atendía el timbre de la puerta, Laura cerró los ojos con fuerza. Al volver a abrirlos la pátina hipnótica que los cubría había desaparecido. Yo estaba debajo de ella, mientras me cabalgaba, y Laura me miraba sorprendidísima, preguntándose cómo había ido yo a parar dentro de ella. Pasé al ataque, la agarré por el culo y hundí mi polla en su coño hasta los huevos.
Laura se olvidó de las dudas, y siguió follando, mucho mejor que antes, muriendo de gusto a cada salto sobre mí. Yo miraba el piercing que lleva en el ombligo, que siempre me ha puesto muy cachondo. De repente sus gemidos arreciaron. La miré y vi unas manos femeninas masajeándole los pechos. No era Sonia. Una de las lesbianas del metro me miraba y sonreía.
-Feliz cumpleaños.
La otra, mientras, lamía el ano de Laura. Sonia se masturbaba en un rincón.
No sé cuanto tiempo pasamos así. Acabé por correrme, y lo siguiente que recuerdo son las dos lesbianas dormidas en el sofá y yo bajo ellas. Laura y Sonia se besaban dulcemente sobre la alfombra.
Añadido el 01 de Diciembre de 2008