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Mis amigos y mi esposa

En esa noche regresábamos de una fiesta bien agitada. Habíamos destapado todas las botellas de Whisky y ron en el sitio campestre donde pasamos la tarde y parte de la noche y ahora sin saber bien como yo iba sentado en el asiento delantero del carro de Joaquín, un buen y cercano amigo.

Bailamos, molestamos en un tono muy fraternal. Al irnos, alguien me ayudó a subir pero no recordaba bien cómo, ni quién. Juan Pablo, mi otro amigo del alma y mi mujer estaban en el asiento de atrás. Todos nos encontrábamos más que borrachos, pero quizás el más jalado era yo que parecía casi inconsciente. Levantar una mano era una pesada labor que no quería hacer por el momento. Todo se deslizaba irreal en mi entorno.

Ese día mi señora tenía un vestido gris oscuro brillante de un material que se le pegaba al cuerpo como guante y unas bragas minúsculas de color azul claro, que yo mismo le vi colocarse en casa antes de salir. En la noche había bailado con todos, sin inhibiciones, en especial con Juan Pablo y Joaquín que estaban solteros.

Ahora María y Juan Pablo estaban jugueteando en el asiento trasero, y por lo que yo entendía en mi beodez, él trataba de alzarle el vestido con no se qué propósito y ella que era un mar de risas nerviosas no se lo permitía, aparentemente. Sin embargo de vez en cuando se levantaba un olor a coño excitado que me era inconfundible.

Joaquín desde el asiento de adelante, de vez en cuando lanzaba manotazos con el supuesto ánimo de ayudar a Juan Pablo, pero en verdad siempre le atinaba al vestido o a las piernas de ella que estaba demasiado tomada para defenderse por los dos flancos. Yo miraba de reojo en medio de mi borrachera y veía que las dos vergas de mis amigos ya estaban a reventar por debajo de sus pantalones. Es que los muy pícaros siempre le han llevado ganas a mi mujer y esta oportunidad difícilmente la iban a desaprovechar.

Por fin llegamos a nuestro apartamento, el carro se aproximó hasta casi el ascensor. Nos bajamos todos, yo zigzagueando y mis amigos felices de ayudarle a mi mujer que sin duda estaba tomada, pero no tanto para requerir de tanto auxilio. Pero ellos solícitos estaban muy pendientes. El uno estaba por detrás de ella sosteniéndola por la cintura y el otro adelante para que no se fuera de bruces. Juan Pablo de atrás le frotaba su verga erecta y Joaquín adelante se dejaba apoyar todo el peso para sentir muy cerca las tetas de mi mujer.

En este desorden logré por fin abrir la puerta del apartamento, mientras ella se balanceaba de tal forma que la muy sinvergüenza rozaba con frecuencia en la vergas enhiestas de mis amigos. Mi mujer fue a recostarse al sofá hecha un mar de carcajadas producto del alcohol. Yo me senté en la silla de enfrente, mis amigos ni cortos ni perezosos se hicieron cada uno a un lado de mi esposa en el amplio sofá. El jugueteo siguió por un rato más. El juego consistía en que ellos querían subirle la falda y que ella se defendía cada vez con menos energía. En un momento Joaquín logró agarrar la falda con tanta fuerza que el vestido terminó por descoserse hasta la cadera, Ahora sus piernas estaban expuestas y por supuesto los laterales de las bragas azules que eran el centro de atención.

El juego cambió. Ahora consistía en algo más difícil: Tocarle el coño a como diera lugar, y la condenada de mi mujer estaba que se reventaba de gusto. Ella, en venganza también intentaba tocarles las vergas que por supuesto seguían enhiestas, objetivo que lograba con facilidad asombrosa. Con estos movimientos llegó el momento en que la tensión sexual se hizo insoportable.

Yo veía el asunto como a través de un vidrio esmerilado. Mis dos amigos que contaban con mi complicidad tácita al ser yo un rehén del alcohol, se miraron para ponerse de acuerdo y de un tirón se bajaron pantalones y pantaloncillos al mismo tiempo. Mi mujer entró en una especie de shock sexual cuando vio sus penes erectos por lo que fue fácil que pronto le ayudaran a despojarse del vestido que ¡Oh sorpresa!, no llevaba sujetadores, solo la protegía la dichosa braguita azul que no duraría mucho tiempo. Ella resoplando y seria se acostó cuan larga era en el sofá en actitud retadora. Se veía preciosa con su cuerpo curvilíneo tapado apenas por la minúscula prenda.

Se le tiraron encima. Pronto María se trenzó en un beso en la boca con Juan Pablo y luego con Joaquín, mientras tanto ellos le dirigían suavemente sus manos hacia sus vergas y la muy osada comenzó a masturbarlos. Primero lento, pero luego el ritmo era frenético. Se fueron acomodando y pronto mientras besaba a Juan Pablo, Joaquín la ensartó desde atrás pero por la vía vaginal, por lo que mi mujer pegó un grito y comenzó a moverse salvajemente. No hay nada que excite más a mi esposa que unos tragos de alcohol y en esa noche lo demostró con creces.

Ahora estaba con una rodilla en el suelo, la verga de Juan Pablo entrando desde atrás, mientras chupaba el pene de Joaquín que permanecía sentado en el extremo del sofá con los ojos cerrados. Pronto se cambiaron porque Joaquín también quería penetrarla y la disputa entre los dos por los orificios de mi mujer era de antología. En un momento Joaquín aprovechó la abundante lubricación que rodaba por las piernas de mi mujer y comenzó a penetrarla por el ano; menos mal que yo la tengo acostumbrada a estas incursiones y que a mi mujer ya no le disgusta. Pronto estaba totalmente enculada y Juan Pablo le lamía el clítoris y la vagina. Ahora con los gritos yo temía por lo que dirían mis vecinos.

Ella quería chupar su vergas por lo que aun penetrada por el culo se revolvía como una leona buscando la verga del otro y cuando la alcanzaba chupaba con tal fruición que se la quería arrancar. Joaquín la penetraba ahora en una posición lateral, aunque siguieron alternándose un rato más. Aumentaron el ritmo, mientras uno penetraba el otro se frotaba o llevaba la verga a la cara de mi mujer para recibir sus lenguetazos profundos.

En un momento yo desde mi posición, aún con el mareo saqué mi verga y comencé también a masturbarme, estaba muy excitado viendo a mi esposa arrodillada en la alfombra, penetrada por detrás hacia la vagina y chupando la verga del otro que estaba estirado sobre el sofá.

El asunto terminó en un gran orgasmo colectivo, mi mujer se vino al menos media 18na de veces y con la faena coronada, mis amigos se retiraron dejando a mi mujer exhausta y a mi semi - inconsciente en una silla sin poder levantarme a tomar mi parte.

19/05/2008 Por: Nikita


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