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Mi concuña ardiente

Hola amigos, el relato que a continuación voy a contarles me sucedió hace tiempo, y aunque no se trata de una historia de sexo fuera de lo convencional, les puedo garantizar que es 180% verídica.

Tengo siete años de casado, mi mujer es atractiva físicamente, pero en la cama francamente nunca me ha satisfecho por completo; nuestra relación en el sexo no es del todo mala, pero yo poseo un temperamento más fogoso que el de ella y siempre me he quedado con ganas de más. Tal vez por esa razón me refugié en mi concuña.

Mi concuña tiene 36 años y es 3 años mayor que yo. Ambos vivimos en casa de nuestros suegros, razón por la que siempre convivimos desde que me casé. La primera impresión que tuve de ella fue que era una persona muy cálida y amable, pues cuando mi esposa me llevó por primera vez a su casa fue la única que me recibió con una sonrisa y atenciones. Ella ya llevaba algún tiempo de casada cuando la conocí y me cayó muy bien desde entonces.

Luego de que me casé, empecé a darme cuenta de que me sentía insatisfecho sexualmente con mi pareja. Por ello, buscaba en ocasiones cómo desahogar mi instinto comprando películas o revistas porno a escondidas para masturbarme y mantener tranquilo a mi animal.

No obstante, uno, hombre al fin, siempre está en búsqueda de algo más emocionante que las pajas, y después de algún tiempo comencé a darme cuenta de que involuntariamente mi mirada se posaba en el trasero de mi concuña cada vez que podía. Ella es bajita, pero como buena mujer mexicana, tiene unas caderas y unas nalgas para repartir, piernas muy bien puestas y un par de chichotas que pedían a gritos una muy buena lengüeteada. En fin, que después de haber tenido un hijo, la verdad es que se hallaba muy bien conservada.

A decir verdad, nunca hasta ese momento me había fijado en ella como la real hembra que era, y comencé a fantasear imaginándome cuán feliz sería el hermano de mi esposa cogiéndose a su mujer por las noches, y lo delicioso que sería meter mi verga en medio de ese suculento culo.

Así pues, cada vez con mayor frecuencia trataba de verla por detrás, para disfrutar de sus pantalones pegados, o miraba de reojo cuando se sentaba, para ver si se asomaban sus preciosos muslos, cuando se ponía falda. Con el tiempo, la idea de mirar sus encantos se me fue convirtiendo en una obsesión. Traté varias veces de espiarla mientras se bañaba, pero era muy cuidadosa, y la idea de que alguien me descubriera haciendo algo indebido me frustraba mucho, de modo que nunca pude verla desnuda.

Una noche en la que llegué a casa inusualmente tarde después de tomar unas copas con los amigos, al abrir la puerta que da a la cocina para beber un poco de agua, de repente me encontré con una visión que yo había soñado muchas veces: ahí estaba mi concuña vestida solamente con un camisón de dormir, en calzoncitos, pues a esa hora de la madrugada no esperaba que nadie pudiera verla así, y como yo había entrado silenciosamente a la casa, pude disfrutar del espectáculo de su cuerpecito apenas cubierto con ese semitransparente camisón.
Ella había bajado a buscar también un poco de agua y cuando entré, ella rápidamente trató de cubrirse bajándose el camisón, pero fue inútil, me bastaron un par de segundos para recorrer con la mirada todas esas cositas que me gustaban de ella. Tenía un poquito de celulitis y chaparreras, pero eso en lugar de desanimarme, me encendió aún más.

Yo hice como que me apené por verla así, pero enseguida, quizás animado por las copas que me había bebido, le solté un piropo:

- ¡Ay Gaby, qué bárbara, estás muuuy bien!

Ella me miró sorprendida y me dijo:

- Órale, ¿qué te pasa?, ¡vienes borracho!

Y se subió a su recámara toda apenada y ruborizada hasta las orejas.

Desde esa noche mi obsesión por ella se intensificó, al grado que dejé de comprar pornografía, pues el sólo recuerdo de mi concuña en camisón y calzones me ponía la verga durísima. Me masturbaba imaginándome con ella, cogiéndomela en todas las posiciones conocidas, y por las noches cuando me cogía a mi mujer en realidad soñaba que era a Gaby a quien se la metía.

Al principio creí que le contaría a mi cuñado sobre el pequeño incidente, pero luego me di cuenta que ella comenzó a mirarme de forma distinta. Era como si aquel piropo, lejos de molestarle, le hubiera gustado, pues se dirigía a mí con mayor confianza que antes. Esto me desconcertó un poco los primeros días, pero luego me fui animando y comencé a acercarme a ella de otro modo. Le rozaba la mano intencionalmente cuando nos pasábamos el salero en la mesa y cosas por el estilo.

Luego de varios meses, se presentó por fin nuestra oportunidad: mi cuñado se hallaba en su trabajo, mis suegros habían salido, era mi día de descanso y mi esposa se había ido a hacer unas compras. Mi sobrinito estaba bien dormido y Gaby y yo teníamos la casa para nosotros solos.

Ella estaba cocinando algo cuando yo me acerqué con aire de inocencia por detrás para preguntarle qué hacía y a propósito le pasé mis dedos suavemente por su cuello, como en un gesto de hacerle cosquillas. Ella se estremeció y me dijo:

- ¡No hagas eso!

Yo, fingiendo demencia le pregunté porqué, a lo que me respondió:

- Porque no respondo de mí...

Yo, todavía haciéndome el loco le dije, mientras volvía a repetir la caricia:

- No te entiendo...

En ese momento se volvió y me dio un beso en la boca, luego se volteó de nuevo y siguió cocinando. Yo me quedé un momento paralizado y luego me dijo:

- Por eso, porque me alborotas...

En ese instante ya no pude pensar más, le repegué mi verga en sus nalgas y empecé a besar su cuello como desesperado mientras le masajeaba sus pechos con ansiedad. Ella se inclinó para ofrecerme su culo y yo supe lo que tenía que hacer: de un movimiento le desabotoné sus pantalones y se los bajé con todo y calzones.

Me bajé los míos y al ver sus hermosas nalgas pidiéndome la verga, no pude más que empinarla bien para refundírsela en su vagina por detrás. Era increíble ver mi verga entrando y saliendo de ese culo que tanto tiempo había deseado y escucharla gemir de placer mientras la embestía una y otra vez contra la mesa, y ver cómo se mecían sus tetas al aire medio salidas de su brassier.

Después de varios empujones cada vez más fuertes, sentí como se vino y no pude aguantar más, pues la vista de ese hermoso trasero rodeándome la verga era demasiado después de tanto tiempo de tensión sexual, y me vine dentro de ella.

Después de esa ocasión seguí cogiéndomela y cumpliendo mis fantasías sexuales más depravadas con ella, pero eso será en otras historias, que luego les contaré.

27/06/2008 Por: Nikita


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