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Relatos Eróticos / Con la esposa de mi amigo

Con la esposa de mi amigo

La semana pasada Doris y quien relata, adornamos la testa de Gustavo.

Gustavo, compañero del fútbol sabatino, después de la ducha y en el momento de las cervezas, no pierde oportunidad de ufanarse de sus aventuras extramatrimoniales, tampoco de tener una relación abierta con su mujer. Me tiene harto de alabar lo buena que es en la cama y enumerar sus cualidades amatorias y el entusiasmo que pone a la hora de tener sexo, tanto que pareciera que la estuviera entregando.

Entre las cualidades y virtudes que suele reiterar hay una que acicatea mi curiosidad, tanto, que pregunté ¿cómo, que tiene la cosa peluda? y me explicó, que la tiene toda peludita, al natural, en realidad es algo que se lleva poco, casi todas las que conozco las tienen depiladita, estilo bebé, pelusita recortada o Chaplin, tan solo un bigotito, pero si vos decís que la lleva así debe gustarte de esa forma.

– ¿No te gusta que la tengan así? - Sí me gusta, pero hoy día parece que para ellas ya no es moda, todas tienen hecho cavados que no queda ni rastro de pendejos.

Por un momento pensé que la estaba promocionando, simulé no interesarme demasiado, pero así bien natural es como más me gusta, claro dentro de lo prudente, que tenga una vellosidad de poca extensión, tampoco el exceso, una selva tropical tampoco es demasiado atractiva. En verdad el tipo este me dejó pensando, cómo debía tenerla de bonita, debe ser digno de verlo o algo más.

Un par de días estuvo rondando en mi cabeza los dichos del marido bocón, el sábado, era el día que teníamos destinado al fútbol, me tocaba a mi pasar por él.

A la diez de la mañana llamé a su puerta, atendió su esposa Doris, algunas gotitas brillan como perlas en el cabello aún húmedo, evidencia clara, recién salía de la ducha. Me hizo pasar, bata entreabierta, hasta bien arriba, exhibe generosa porción de bellas piernas. Sentada a horcajadas sobre el brazo del sillón intenta calzar una de las sandalias, en la acción se abrió la bata y la selva negra púbica se dejó ver, capturó toda mi atención, ojos incrédulos escudriñan más de lo imprudente, absorto por esa intimidad.

- ¿Café? - Sonrió, cerró la bata con osada y morosa lentitud, jugaba al gato y el ratón. - Sí, sí... lo que digas. – seguro sonreía por querer disimular lo evidente.

Café mediante, hablando cualquier cosa, esperando ver otro poco, deseando que el marido demorara un siglo en presentarse con nosotros, para cambiar el ambiente tenso pregunté, sin demasiada convicción en lo que decía:

- ¿Tardará mucho Gustavo? - Ah, casi se me olvida decirte,… que… Gustavo, no está. Salió anoche, de urgencia, le avisaron que falleció la tía, recién vuelve mañana a la noche, creo. Se recostó contra el respaldo sin abandonar la posición anterior, la indiscreta abertura de la bata expone algo más de su renegrida vellosidad púbica, su ¿inocente descuido? permite mi deleite lascivo, perderme en admiración sin límites.

- ¿Qué pasa?... ¿No te gustó lo que viste? - ¡Nunca vi tanto... y tan negro! - ¡Ah! ¿Y qué te parece? A Gustavo lo enloquece, ¿y a vos? - Desafía, juega fuerte en el evite.

El lance y los calores que me subían desde los genitales anulan la prudencia, la excitación soltó el freno y aceleró la acción. Súbitamente me incorporé, de pie, entre sus piernas tomé su rostro y la besé. Nos besamos, de lengua, profundo, largo, muy, muy húmedo, la despojé de la cáscara de raso blanco, piel tersa aún húmeda, se deja a la caricia y al beso.

La erección oprimida en el short se frota contra la espesura negra que adorna el pubis, vibra y sacude al contacto.

En el camino a su cama perdí la ropa, ella la fidelidad, desnudos y abrazados nos revolcamos. Las bocas intercambiaron salivas y mimos, los dedos exploran la selva negra, tragados por el abismo húmedo recorren el interior de la caverna, exploran, reconocen cada centímetro de mucosa, roban sus jugos. Ella me agarra de la “manija” y juega a la paja, sube y baja la piel, retribuye mano por mano, placer por placer.

Comienza gemir y retorcerse, se excita con cada movimiento, gime profundo, respira agitada, cierra los ojos para sentir y apreciar mejor las caricias.

Levantó las piernas, se abrió del todo, el matorral piloso quedó en primer plano, la jugosa valva rezuma jugos que brillan a la sombra del vello. El choto, erecto, desbroza el vello, se lanza con vehemencia en lo profundo de la caverna, a lo bruto, a lo bestia. - Así, así! Quiero más! - Aulla sin parar.

Lujuria avasalladora, máquina de coger sin límites ni contención, insaciable a la hora del placer, dos orgasmos contiguos, larguísimos, agarrada de mis nalgas quería meterme más adentro. No paró de gemir y aullar, rostro desencajado en loco goce, le daba bomba con fuerza, atravesarla con la verga, sentía el fondo del útero, autista en el goce, seguía en lo suyo, alejada del mundo: solo ella y su goce sin par.

- ¡Más, más, más! -pedía urgente.

En medio del carnaval de acabadas de Doris recordé que no tenía puesto forro, pregunté donde terminaba, no respondió, solo siguió sosteniendo mis nalgas con fuerza contra ella. Eyaculé dentro de ella, vacié todo el contenido lácteo en la conchita plena de jugos.

- ¡Sí, así, qué lindo, más, más!

El chorro incentivó sus vibraciones, nos quedamos enchufados hasta que cesaron los latidos. El semen comienza a escurrirse de su intimidad, acude al baño para desocuparla, Extasiado en la visión de Doris, vuelve del baño, la cosa peluda resalta contra la blancura extrema de su piel, mis recuerdos más recientes solo tienen archivo de vellos recortados o depilados. Focaliza mi fantasía, me lanzo sobre la fronda a buscar el manantial de jugos, hurgué con la lengua y comenzó con los aullidos, el clítoris quedó atrapado en mi boca, el shock la sacudió, me atenazó entre los muslos.

Después del segundo lingual, breve paseo por el “69”, se arrodilla estilo perrita, después de bruces sobre la almohada, se entrega sumisa. Piernas separadas, labios gruesos barnizados de jugo, el culo elevado incita ser poseído en cogida impetuosa y desaforada. Se entrega displicente al metisaca, no imagina lo que producirá el movimiento accidenta de una cogida vibrante y agitado.

En pleno desarrollo de la penetración, se movió para acomodarse mejor la mano que tenía dentro de su sexo, fue justo en el momento de sacarla hasta la puertita, al volver a empujar con fuerza, debido al exceso de lubricación y el sacudón inesperado resbaló y le entró por el culito. La cabeza se mandó por el canal, sin pedir permiso. Intentó salirse, en vano, no podía ni quería permitirlo, volqué todo el peso sobre ella para asegurar la ocupación ilegal. Meta y ponga intenso, consumé el derecho de goce a fuerza y calentura, me demoré en gozarla omitiendo los insultos y obscenidades, puteadas y reclamos por el sometimiento inconsulto y casi brutal.

- Hijo de puta, ¡más despacio que me matás! ¡Despacio guacho! Los gritos y sacudidas me recalientan, nuevos bríos, le doy bomba a todo trapo. Culmina la culeada cuando descargo enema de esperma con toda la potencia. A pesar de la violencia ejercida en el tramo final, concluyó del mejor modo, aunque reprochando haberle reventado el culo.

No sé si habrá segunda vez, me gustaría volver a revolcarme y entrar en la peluda intimidad de Doris.

25/06/2008 Por: Nikita


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