Los mejores relatos eroticos clasificados por la categoria confesiones

Buscador de Porno XXX



Relatos Eróticos / Jovencita tímida

Jovencita tímida

Es una noche de invierno. Fuera hace frío, tras los cristales puedo ver los árboles cubiertos de nieve que salpican la explanada ante la casa, pero aquí, en el dormitorio, la calefacción nos mantiene calientes. Es una habitación amplia y sencilla; al fondo hay una gran cama de madera con aspecto de ser muy antigua, cubierta por una gruesa manta y con una mesita de noche a cada lado.

Frente a la ventana un gran armario. El resto de la casa no es muy grande. Es una casa de labranza que pertenece a un hostal en una aldea de sólo 18 habitantes. Abajo hay un pequeño almacén para la leña y en el primer piso la vivienda donde nos alojamos, con un gran salón con chimenea, una sólida mesa de madera con algunas sillas y un tresillo forrado en tela granate y dos dormitorios, de los cuales el más grande es este.

Te sigo dentro del dormitorio, mirando tus pies descalzos turnándose para dar un paso tras otro hacia la cama, tu cuerpo enfundado en el pijama… Te alcanzo antes de llegar al lecho y te abrazo desde atrás. Aprieto tu cuerpo contra el mío, con firmeza pero sin brusquedad: mi barbilla en tu hombro, mi nariz entre tu pelo, aspirando su suave olor. Hueles a mujer y a chica, a piel y a colonia infantil. Cierro los ojos y aspiro, con las manos te rodeo la cintura y mis brazos rozan los lados de tus pechos, mi pecho y mi vientre presionan tu espalda.

Te giras sorprendida y al hacerlo tu cintura roza justo por debajo de la mía. Te beso. Es un beso en la mejilla, pero no es sólo un beso. Apenas te toco con los labios, dejándolos en tu piel durante un par de segundos, los necesarios para que un beso en la mejilla sea algo más. Nos besamos…

Sólo unas horas antes, aquella tarde, estábamos en la estación, viéndonos por primera vez. Se habían terminado las horas hablando por el Messenger, haciendo planes para vernos sin estar seguros de que fuera a ocurrir, se había terminado el imaginar si las fotos engañaban, si éramos tal y como pensábamos. Casi no me lo podía creer cuando aceptaste continuar el viaje en coche para venir conmigo a pasarla noche en un pequeño hostal en una pequeña aldea perdida en la sierra.

En el coche todo eran miradas, a mí me costaba centrar la vista en la carretera y no mirar tus ojos que me observaban, tu boca que deseaba besar y tus pechos que ansiaba tocar mientras los imaginaba bajo tu ropa… paseando junto al río, entre los chopos sin hojas, nos besamos… en la cena algo me decía que esa noche te podría ver desnuda.

Es un beso pausado, casi medido. Juntamos los labios y abro tu boca con mi lengua, la deslizo entre tus dientes con un chasquido, aspiro tu aliento, saboreo tu saliva, tu lengua se posa sobre la mía y el calor de tu aliento me llena la boca de nuevo. Tengo los ojos cerrados, pero puedo sentir como me acaricias los labios con un dedo antes de que nuestro beso acabe.

Cuando separamos los labios apenas puedo disimular la vergüenza al comprobar que mi excitación se hace palpable bajo mi pantalón. Tú también pareces haberte dado cuenta pero no dices nada. Te cojo de la mano y me siento en una silla cercana, te doy la otra mano y te atraigo hacia mí. Con otro beso bajo las manos por tu torso posándolas en tu cintura, te beso en los labios y con un movimiento te llevo a sentarte sobre mis rodillas.

Desabrocho el primer botón de tu pijama, luego el segundo y puedo ver el comienzo de tus pechos a través de tu escote, el tercero y veo que estás desnuda, desnuda bajo ese fino pijama que ya apenas te tapa los senos. No sé muy bien lo que hago, si voy por el buen camino o si me estoy equivocando, pero ahora que he empezado no voy a parar. Me sacas de dudas con un tímido beso y tus labios me dicen en silencio que debo seguir.

Ha pasado mucho tiempo desde que hablamos por primera vez y por fin te tengo entre mis brazos. ¿Dónde está toda esa timidez? ¿Dónde esos principios de chica buena que te hacían callarte las respuestas a mis preguntas? Ahora te tengo sentada sobre mí y la chica tímida me permite perderme entre los pliegues de una chaqueta de pijama por fin desabrochada, en el canal que separa dos senos turgentes, dos aureolas rosadas, dos pezones ya endurecidos por el contacto con mi lengua y mis dedos. La muchacha tímida sigue ahí, pero reprimida ante la pasión que tanto se ha hecho esperar, ante el calor de los besos y el contacto de la piel con la piel.

Me quitas la sudadera con ansiedad, casi con urgencia, me quitas la camiseta y me besas, me besas el pecho desnudo como yo he hecho antes contigo, me besas el hombro, yo a ti el cuello. Ahora hueles también a sudor, a sudor cálido, a pasión líquida que emana de tus poros mientras nos acariciamos. Ese olor me despierta, me hace reaccionar. Suavemente te levanto, te abrazo y te llevo a la cama, te echo en ella y me arrojo sobre ti, con los brazos a cada lado de tu cuerpo desciendo hasta tocarte, vientre con vientre, pecho con pecho, boca con boca.

No puedo esperar, no quiero esperar. Con la boca desciendo por tu piel, cada recoveco, cada rincón de tu torso siente mi aliento, la tela del pantalón de mi pijama te roza al deslizarse hasta el suelo, mi miembro excitado toca la tela entre tus muslos antes de que también el pantalón de tu pijama se escurra por tus piernas y deje ver ese premio que tanto he anhelado, ese bosque que ahora me parece sagrado, como si lo que voy a hacer fuera un sacrilegio, la violación de un secreto que durante tanto tiempo me ha sido ocultado.

Me siento impaciente, pero a la vez quiero disfrutar de este momento, alargarlo como si así pudiera evitar que acabase. Me agacho ante ti, ante tus piernas y tu bosque, abrazo tus muslos, acaricio tus caderas y las beso, beso tu cintura, tu vientre, introduciéndome entre tus piernas, apretándome contra tu vulva, manoseando tus ingles que ahora se empiezan a humedecer.

Te miro durante un momento, mi mirada busca en tu rostro una seña de aprobación. Necesito tu permiso para seguir y tu rostro me devuelve una mirada primero de duda y luego de pasión. Ahora sé que toda prisa está de más, que ahora que por fin te tengo entre mis brazos este es el camino correcto. Me desvío de mi propósito sólo un momento, sólo lo necesario para besar tus labios, tu cuello y el espacio entre tus pechos.

Luego, agachándome otra vez entre tus piernas toco con las yemas de los dedos tu vulva, los arrastro entre sus labios y es entonces cuando, sin avisar, mis labios cerrados sustituyen a mis dedos en su caricia. Lo hago como cualquier otro beso, primero despacio, con los labios casi cerrados, luego, abriendo con ellos los labios de tu vagina hasta que se acoplan a los míos en una unión perfecta. Introduzco la lengua y me recreo en ese sabor a sal y lujuria. Uso un dedo para hundirme más a fondo en tu interior, para abrir tu cueva a mi lengua que se mueve entre tus labios, tocando a veces tu clítoris, haciéndote gemir. Siento como te estremeces, como tiembla tu cuerpo hasta que una serie de gemidos y un pequeño grito me anuncian que has alcanzado el orgasmo.

Con la misma decisión con que empecé, separo mi boca de ti, me acuesto a tu lado y te abrazo. Nos miramos a los ojos, sonreímos y sólo te digo: -Gracias-. Me sonríes. Con un beso me coloco sobre ti, me encajo entre tus piernas, mi sexo, otra vez erecto, se hunde entre el vello oscuro y siento la humedad de tu interior en él, siento tu calor, me siento cómodo, como si ese agujero húmedo y acolchado estuviera hecho para albergarme.

Me muevo despacio, entrando en ti con fuerza pero sin prisa, variando mis movimientos de vez en cuando, chupándote los pezones y acariciando tus nalgas a la vez, aferrándome a tus caderas, penetrándote con más rapidez, con más fuerza, emborrachándome con tus besos, tu olor y tu mirada, besándote como un loco, apretado contra ti por tus piernas en mi cintura, hasta que una convulsión me lleva al orgasmo.

Me vuelvo a tumbar a tu lado y con un beso nos abrazamos y así como estamos, nos dormimos, desnudos, cubriéndonos con nuestros propios cuerpos, abrazados, tu cara en mi cuello, la mía en el tuyo, disfrutando de nuestro calor, de nuestra desnudez, esa desnudez que tu timidez no te dejó ver en mis fotos.

26/05/2008 Por: Nikita


Usamos cookies propias y de terceros para gestionar tu visita, si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies. ¡Gracias!.