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Diversión chilena

La historia que voy a contarles nunca se la hubiera creído a nadie si me la hubieran contado a mi pero así fue y no creo que sea la única.

Magda mi mujer era y es una mujer atractiva, cuando quiere. Antes de casarse había tenido una vida sentimental y sexual agitada y no creo, que por su éxito con los hombres, se hubiera fijado en mi si no fuera porque la conocí en un mal momento para ella, y la verdad nuestros primeros escarceos en la oscuridad de nuestro coche aparcado en un lugar solitario la dejaron flipada. En seguida descubrí sus debilidades, tengo facilidad para ello, la hacía excitarse como una loca aunque rara vez llegáramos a follar de una manera convencional y entonces notaba que algo fallaba. Le encantaba, y a mí también, masturbarme lo que llego a hacer con una maestría increíble, era una buena chupona y no le daba asco tragarse mi polla y le volvían loca los juegos con sus tetitas.

No tardamos en casarnos y pronto se operó en ella un cambio. Siempre durante nuestro noviazgo y antes iba vestida para matar o al menos un punto provocativa. Le fascinaba no llevar sostén con blusas de seda lo que hacía que sus increíbles pezones se notaran más de la cuenta. Siempre vestida con pantalones muy ceñidos que hacían lucir sus increíbles piernas. Yo tengo que reconocer que disfrutaba viendo como se la comían con lo ojos amigos y extraños. El día de la boda fue espectacular, nunca había visto una novia más sexy, con un escote amplio y despegado que desde arriba dejaba ver sus senos en su plenitud. Sin embargo poco después, para mi desesperación, todo interés en lucirse desapareció.

Naturalmente dejamos de darnos lotes en mi coche y poco a poco entramos en una rutina de cama que solo cuando me dedicaba a fondo a trabajar sus debilidades se rompía momentáneamente. Tuve que aceptar que desde el punto de vista vaginal la cosa no iba bien y seguramente por mi culpa. En parte por romper con nuestra vida y por una buena oferta económica a los pocos meses nos trasladamos a vivir a Santiago de Chile para trabajar en una empresa española.

Alquilamos un pequeño chalet en una urbanización privada. La mayoría de los vecinos eran parejas jóvenes, como nosotras de clase media alta. Desde el primer momento mis vecinas chilenas me parecieron muy atractivas y exóticas a causa fundamentalmente de la mezcla de razas en ese país. Me impresionó el tamaño de sus senos, muchas estaban embarazadas, y las pecas en sus generosos escotes y el color de la piel. Eso hacía que yo anduviera salidísimo y a su vez cada vez encontraba más dificultades con Magda. A su vez los chilenos se comían literalmente a la españolita a pesar de que no pasaba su mejor momento.

Poco a poco fuimos estableciendo algunas amistades. Una de nuestras vecinas me gustaba más de la cuenta. Era una mezcla de española y alemana muy espectacular. Alguna vez bailé con ella en reuniones a las que cada vez asistíamos más y le dije al oído que me gustaba muchísimo y quería follármela, ella me dijo riendo que solo aceptaría un intercambio pues su marido estaba loco por Magda. Me quité la idea de la cabeza pues me pareció que mi pareja no le apetecía en absoluto su marido.

Yo estaba cada vez más salido por el coqueteo de la chilena y algunas secretarias de la oficina pero no me gustan los compromisos y empecé a explorar el ambiente de la prostitución. Siempre me han gustado las putas barriobajeras y en Santiago encontré en seguida el lugar ideal. Frecuentaba prostitutas muy jóvenes, algunas de dieciocho años que llegaban allí protegidas por sus chulos, unos macarras de un tipo que ya no se conocía en España. Eran muy dóciles y se las notaba aterradas. Una de ellas, Patricia, me contó su historia, había sido violada repetidamente por el cacique del pueblo y su hijo, embarazada, tuvo un hijo al que dejó con unos parientes y se vino a Santiago. Pocos días después de llegar cayó en las manos de Edgar, su chulo actual, un indio bajo y fornido con el que vivió unos días antes que la pusiera a trabajar en un bar y algunas noches en la calle.

Conseguía unos seis clientes por noche y naturalmente le entregaba al macarra hasta el último peso. Era delgada morena, con un bonito pelo negro, no muy alta de tez oscura y ojos verdes. Tenía un par de buenas tetas. Hacía cualquier coso que le pidieras, pues sabía que las consecuencias de una queja de un cliente era una brutal paliza. Edgar nos observaba cuando entrábamos a la pensión apoyado en la pared mirando descaradamente. Tenía el cuello de un toro, el pelo muy corto y vestía siempre dos o tres jerséis, uno encima de otro.

En el fondo envidiaba a aquel hombre que otros juzgarían despreciable y su estilo de vida pero no me atrevía aun a hablarle. Para acercarme a él incremente mis visitas a Patricia que por otra parte me hacía pasar muy buenos momentos y él empezó a mirarme con cierta curiosidad.

¿El caballero audaz?

Agradecere cualquier comentario a este escrito, especialmente de Chile.

20/11/2009 Por: Nikita


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