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Visitas al ginecologo

Las visitas al ginecólogo no me gustan mucho. Bueno, corrijo, ahora sí me gustan. Os explicaré como se produjo el cambio de opinión. Siempre había tenido una mujer como doctora ginecóloga y confieso, que eso me desagradaba menos, pues para mí, ir al gine es desagradable. Imaginaros el rato que pasamos subidas a ese potro y con las piernas abiertas de par en par un buen rato. Nada agradable, lo dicho. Pedí cita para el ginecólogo en una revisión anual. Me dieron día y hora y lo normal. Me duché, me depilé un poco para estar más presentable y me puse mis braguitas acompañada de una falda. También lo normal, y más, si tenemos en cuenta que mi ginecóloga, no me hacía quitarme la falda. Bastaba con subírmela.

Era jueves por la tarde y llegué a la consulta a eso de las 6,30. No había nadie en la sala de espera, aunque yo estaba citada para las 7 h. Me senté a ojear una revista y en ello estaba cuando una enfermera se acercó a mí y me dijo casi al oído que si estaba esperando para ginecología. Conteste que sí, que estaba citada a las 7. Me dijo que esperara y que enseguida me decía si me podía recibir el Doctor Ramírez.

Me quedé perpleja. El doctor Ramírez. No era ese el nombre de mi doctora habitual, pues ella se llamaba Esperanza Buendía. Antes de que pudiera preguntarle nada, salió disparada hacia la consulta. Con la misma rapidez que entró en ella, salió. Me dijo que el doctor me esperaba. La pregunté qué había pasado con la doctora Esperanza y me dijo que había dejado la clínica. El doctor Ramírez la sustituía y él me atendería. Me temblaban las piernas. Que vergüenza me daba entrar a esa consulta con un hombre allí. No sabía si era mayor, joven o de mediana edad. Yo tengo 28 años y lo que menos deseaba era encontrarme a un ginecólogo de edad avanzada. No me gustaba que tocara mis partes íntimas, pues estaba segura que se recrearía en exceso abusando de su posición.

Se abrió la puerta y un hombre de unos 35 a 40 años apareció ante mi vista llamándome por mi apellido. Asentí y me invitó a entrar en la consulta. Lo hice y me dijo que me sentara. El se sentó en el otro extremo de la mesa y comenzó a ojear una carpeta con papeles, supongo que mi historial. De vez en cuando emitía unos sonidos que a mí me parecieron de aceptación y asentimiento. Mientras él seguía hojeando aquella carpeta, me indicó que me levantara y me fuera detrás de un biombo que había a su izquierda, que me desnudara completamente y que me subiera en el potro y me cubriera con una sábana blanca que encontraría allí, en el biombo. El, iría enseguida.

Protesté y le dije que si me tenía que desnudar completamente. El me dijo que sí, que era necesario hacer una revisión completa y eso, como era lógico, conllevaba una citología y una oscultación de mamas. Me dirigí hacia el biombo, dejando encima de la silla mi bolso, de mala gana y un poco asustada. No me gustaba la idea de desnudarme del todo y esperar a que llegara aquel hombre, que si bien era mayor, tenía buen aspecto y parecía agradable aunque muy seco como casi todos los médicos. Y tampoco me gustaba que la enfermera no estuviera allí. Aunque tampoco lo vi anormal, pues con la Dra. Esperanza, ella se ausentaba.

Me situé detrás del biombo y comencé a desnudarme. Primero mi blusa, mi falda, mi sujetador y por último mis braguitas. Deje toda la ropa doblada encima de una silla que allí había. Tomé una sábana pequeña, que estaba doblada, me la enrollé en la cintura y salí de tras del biombo. Llegué al potro sin que el Dr. levantara la vista para mirarme y me encaramé en el potro, con dificultad pero lo logré. A continuación, me cubrí el vientre con la sábana y apoyando los talones en los extremos de la silla, esperé.

El médico no tardó en aproximarse allí, y noté con cierto rubor cómo se fijaba en mis pechos desnudos. Traté de mirar hacia otro sitio pero me lo impidió el tacto de la sábana al ser retirada por él de mi cuerpo. Quedé completamente desnuda, allí, a su vista, y con las piernas abiertas y mi vulva ofrecida. El me dijo que estuviera relajada y tranquila a la vez que me daba unas palmaditas en el interior de mi muslo derecho. Se puso unos guantes y me tomó por la parte inferior del culo para atraerme hacia fuera, de tal manera que mi culo quedaba casi sin apoyo. Se acercó a mis pechos y con los guantes aún puestos, él tocó, despacio, uno a uno, los apretó, los levantó. Yo estaba un poco nerviosa y él lo notó. Me dijo que me tranquilizara, que tratara de pensar en otra cosa.

Yo pensaba que como iba a tratar de pensar en otra cosas, si me estaba tocando los pechos, si estaba allí desnuda ante un hombre que no conocía de nada. Decidió quitarse los guantes, aún no sé por que razón, bueno si lo sé, quería tocarme los pechos sin ellos, quería sentirlos sin algo que le impidiera el tacto en su máximo exponente. Una vez se deshizo de los guantes volvió a tocarme los pechos, palpo, apretó y…acarició. Sí, acarició, yo lo noté pero no dije nada. Se entretuvo en mi aureola, en mis pezones y le cambió el gesto de la cara.

Un tanto violento se alejó de mí y fue a una mesa cercana donde tenía utensilios. Le vi que tomaba un bote en la mano y un trapo. Lo agitaba y echaba líquido en el. No presté más atención. Dejó el trapo en la mesa y volvió a donde yo me encontraba. Fue directamente a mi vagina. Sin guantes, sin nada en las manos, posó una de ellas encima de mi vello púbico. Yo me retraía y él me pidió que por favor tratara de estar relajada. Noté como su dedo se posaba en mi raja y lentamente lo fue introduciendo dentro. Apreté los labios y traté de estar quieta.

Sacó el dedo y se fue directamente a mi clítoris. Pude notar como hurgaba en el. No dije nada. Dejé que hiciera su trabajo, aunque su trabajo me parecía que ya lo había excedido. Al cabo de unos segundos noté un hormigueo en mi vientre. Los tocamientos a los que estaba sometido mi clítoris dieron un resultado que jamás pensé se producirían en mí. Sentía placer. Si hubiera sido un hombre, mi pene se hubiera hinchado. El lo advirtió.

Abandonó mi clítoris y volvió a introducir su dedo dentro de mi vagina. Ahora lo metía y lo sacaba. Yo no pensaba nada, estaba como alucinada allí, suponiendo que eso era lo correcto, aunque a mí no me había pasado nunca algo así en ninguna de mis anteriores visitas al ginecólogo. En un momento y debido a mi excitación se me escapó un gemido de placer. El lo notó y no se violentó, al contrario, me preguntó abiertamente si sentía placer. Contesté que no sabía.

Si lo sabía, pero no supe que decir. El apoyó una mano en mi vientre y lo apretó a la vez que entraba con su dedo en mi interior y lo sacaba. Definitivamente sentía placer, cada vez más. Me lubriqué y él lo advirtió. Dijo que tenía que tomar una muestra de mi flujo, pero que iba a esperar un poco para que me secara un poco por dentro ¿-? No comprendía nada. Me preguntó si yo fumaba y le dije que algunas veces. Se alejó y volvió con un cigarrillo y me lo ofreció. Me dijo que me lo fumara tranquilamente, que nadie se enteraría y que a él también le apetecía fumar.

Lo tomé, lo encendí y aspiré una gran bocanada de humo que me librara del calor y del sofoco que sentía en mi cuerpo. Agradecí aquel cigarrillo. En aquel momento, le hubiera dejado hacerme lo que él hubiese querido. Estaba sobreexcitada, no sabía que me pasaba. Traté de averiguar dentro de mis pensamientos el por qué estaba tan excitada, que era lo que me había provocado tanta salidez. Evidentemente, los tocamientos a los que fui sometida, pero me daba morbo, si tal vez fuera eso, morbo, me daba morbo ver a un médico allí, delante de mí, tocándome y procurándome placer, aunque todo, desde la más absoluta cortesía médica. O al menos eso creía yo. El no hizo referencias al sexo para nada.

Vi que se acercaba otra vez hasta mis pechos y los tocaba nuevamente. Me dijo que tendría que hacerme otro día, una mamografía, pero que en principio todo estaba bien. No pude evitar ver el bulto que pugnaba en el interior de su pantalón, pues su bata estaba abierta. Estaba empalmado. Le miré a la cara y él me devolvió la mirada sonriendo. No supe descifrar a qué se debía su sonrisa, pero confieso que me violenté un poco más. Se acercó a la mesa y trajo el trozo de trapo que había impregnado con el líquido de un bote, me dijo que oliera aquello, y así lo hice. Olía como a alcohol o algo así, era un olor suave y agradable. Volvió a ponerlo en la mesa y se acercó a mí. Me dijo que iba a ver si ya estaba algo más “seca” e introdujo, lo que me parecieron, dos dedos dentro de mi vagina. Negó con la cabeza. Me dijo que aún seguida muy lubricada.

Yo entré en una relajación absoluta, dominando mi cuerpo, mis pensamientos, pero muy relajada. Le vi que se acercaba con el aparatito que nos meten dentro para abrirnos y extraernos la muestra para la citología. Mis palabras resonaron secas, roncas, como dando órdenes. ¿No irá a meterme ese tubo? Fue todo lo que pregunté. El me dijo que sí, que era necesario, que yo debía saberlo, que era para extraer la muestra para la citología. Que no me haría daño. Trató de penetrarme con el tubo y me quejé a lo que él, se detuvo. Giró sobre sus talones y dejó el aparato en la mesa. Volvió hacia mí, se desabrochó la bata, se la quitó, tomó un pie y lo ató con una especie de correa al estribo de la silla donde yo estaba, a continuación el otro. Dejó mis piernas inmóviles, no podía moverlas de allí, no podía cerrarlas. Volvió a penetrarme con sus dedos y ahora sí, ahora sentía placer. Un placer intenso.

El miró a mis ojos y yo a los suyos. No dije nada. Se afanó en lo que estaba haciendo y lo desarrolló meticulosamente. Parecía que nos entendíamos con la mirada. Aquella mirada. Tocaba mi clítoris con su dedo y lo presionaba a la vez que introducía otro dentro de mí. Gemía, yo estaba en la consulta del ginecólogo y estaba gimiendo, gimiendo de placer. Nos miramos los dos. Me estaba haciendo una paja el muy cabrón. Me estaba masturbando tranquilamente aprovechando su situación y la mía.

El no lo dudó. Se desabrochó el pantalón y se bajó los calzoncillos. Ante mi vista apareció el bulto esta vez descubierto. Era un pene normal, con alguna cana en su vello púbico. Lo acercó a mí sin dilación y yo cerré los ojos al notar cómo se hundía dentro de mí. Los golpes fueron incesantes, uno tras otro hasta conseguir que yo me corriera. Una fuerte sacudida y un resoplido así como la hinchazón de su glande me advirtieron que él tan bien se estaba corriendo.

Una vez vestida y fuera de la consulta, me puse a pensar lo que allí había ocurrido. No podía imaginar que yo me hubiera dejado follar por aquel médico sin protestar. Lo acepté, me dije, son cosas que pasan. Lo cierto es que me gustó y mucho.

Terminada la visita al ginecólogo y sin decirnos nada de lo que allí había ocurrido, me dio cita para la semana siguiente. Quería volver a reconocerme. Me preguntó si yo tenía algún problema y le dije que no, que lo que él dijera, que la semana siguiente iría otra vez.

Mi segunda visita fue a cosa hecha. Fuimos los dos a follar. Yo lo sabía, y quería. Le dejé que jugara conmigo el tiempo que quiso y luego me satisfizo plenamente. Aún recuerdo su lengua jugueteando con mi clítoris…

Tengo que decir, para terminar, que aún sigo yendo al ginecólogo. Voy a ver a Ramírez una vez cada mes. Es nuestro secreto. Mi marido no sabe nada ni tampoco lo sospecha. Me cita los jueves, parece ser que es la tarde que menos gente tiene, aunque sospecho que no soy la única con la que tiene un lío, pero no me importa. Lo paso bien con este hombre, me gusta dejarme llevar por sus expertas manos y por los preámbulos que monta con sus juegos.

Aquella primera tarde de jueves, cuando fui a su consulta, no podía ni imaginar lo bien que me lo pasaría. De momento nos vale con una vez al mes, en el futuro no sé que pasará. Estamos a gusto y yo espero impaciente el último jueves del mes.

13/11/2009 Por: adris


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