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Hermanos ardientes

Fui yo, por mi propia iniciativa, que elaboré todo el tinglado en el cual se llevó a cabo un pecado tan poderosamente caliente que cada vez que recuerdo los detalles me vuelvo a encender.

Sin embargo todo se inició, casi inadvertidamente, esa tarde en que estábamos cenando con mi hermano y hacíamos comentarios, más bien de corte divertido, sobre nuestra hermana Carmen.

Soy la mayor de tres y tengo 35 años. Mi hermano es cinco años menor. Carmen tiene 28 años y es una profesional brillante. Hermosa mujer de tez blanca, con grandes ojos negros, del mismo color de su cabello, con una figura atractiva, generalmente los hombres la miran y le dicen cosas, pero ella es más bien de temperamento frío, o al menos eso aparentaba.

Era eso justamente lo que a mí, que soy de temperamento encendido, digámoslo con claridad, soy una mujer ardiente, me molestaba sobre manera. De algún modo me daba rabia que una hembra de esas características permaneciera como al margen de las tentaciones que ella misma iba provocando a su paso.

Las pocas veces que le hablé de esto, con la confianza de ser su hermana mayor, no tuve ningún eco en ella y con lógicas respuestas me dio a entender, en varias oportunidades, que todo lo relativo al sexo era para ella francamente un tema menor. Llegué a pensar que tendría quizás alguna limitante física, que ella habría descubierto por ser medico de profesión, o que quizás tenia alguna inclinación lesbiana, pero ella me aseguró casi con disgusto que nada de ello sucedía.

Así las cosas, llegué a la conclusión que Carmen simplemente tenia una timidez al sexo mas allá de lo que pudiera ser normal para su edad y casi me había olvidado del asunto cuando Pablo, que así se llama mi hermano, sacó a relucir el tema en la cena.

Aprovechando la ausencia de Carmen, me dijo que le preocupaba que ninguna de nosotras se hubiese casado y que encontraba extraña la actitud de Carmen porque pensaba que era una mujer realmente atractiva. Recuerdo que él tenía los ojos encendidos cuando me dijo:

- Yo encuentro que la Carmen es una hembra excitante -

No dijo nada más, nuestra conversación siguió por otros rumbos y luego de la cena cada uno se fue tranquilamente para su casa. Pero la verdad era que yo no me iba nada de tranquila. En mi mente una idea excitante y prohibida comenzó a tomar cuerpo, pero era tan descabellada que luego se me perdió en los laberintos de mi mente alocada.

Pasaron algunos días sin que nada me recordara el tema. La última semana de septiembre Carmen nos visitó desde el pueblo de provincia en que trabajaba y salimos a comer al restaurante junto a la playa que tanto nos gusta. En un momento de la cena la miré detenidamente y quedé conmovida. Se me presentaba como una mujer tan distante y tan cercana. Contradictoria, con su físico exuberante y su conducta demasiado reposada.

La idea que había albergado, reapareció en mi mente como un relámpago diabólico y de pronto me sentí pecadoramente dispuesta a enfrentarla. La frase salió de mi boca como si la dijese otra persona. Era una pregunta.

- ¿Tú viste alguna vez un hombre desnudo?

Ella pareció no sorprenderse en lo absoluto. Siguió tomando su trago y entre sorbo y sorbo me respondió

- Solamente muerto. En las clases de anatomía -

Su respuesta me pareció provocadora y agigantó en mí el deseo de penetrar en la mente de esta mujer encriptada. En ese mismo momento mi voz pareció transformarme en un torrente de palabras con las cuales quería arrastrar a Carmen a un terreno en el cual no pudiera escaparse.

Le dije que yo había visto a varios hombres desnudos, desde luego aquellos con los cuales había hecho el amor. Me explayé en las descripciones de las anatomías íntimas e impresionantes de alguna de mis parejas ocasionales. Le conté que no había nada más excitante que contemplar como el miembro de un hombre pasaba desde la insignificancia de su tamaño habitual a convertirse casi en un animal independiente, engrosado caliente, vibrante y palpitante hasta llegar a parecerse a un arma peligrosa y atractiva capaz de traspasarte entera llenándote de placeres indescriptibles.

Me di cuenta, que por primera vez en muchos años, el rostro de mi hermana Carmen había sufrido una transformación significativa. Estaba ligeramente sonrosada, los ojos le brillaban inquietos, mientras miraba hacia las mesas contiguas como si temiera que el resto de los comensales escucharan lo que yo le decía. Pero lo más importante para mí fue su silencio, la ausencia de rechazo, lo que me incitó a continuar. De todos modos yo habría continuado, pero ahora lo hacia francamente entusiasmada.

Le dije que no todos los hombres eran iguales en el sexo, que había matices, diferencias, texturas atípicas, tamaños desmesurados, grosores capaces de asustar al verlos, pero que al mismo tiempo producían placeres descomunales cercanos al dolor. Me aventuré a decirle que los sabores eran distintos, pero todos igualmente seductores, inolvidables, que una vez que uno les probaba no podía olvidarlos, que te marcaban la mente con los recuerdos transformándote en una mujer definitivamente distinta.

Ahora no me cabía duda que ella quería seguir escuchando. No me lo dijo en palabras sino con su mirada ansiosa, su sonrisa cómplice, su respiración agitada y la manera casi compulsiva como apuraba su trago para luego pedir otro por su propia iniciativa. En ese momento me di cuenta que Carmen quería decirme algo y me lo dijo.

Me dijo que encontraba maravilloso todo ese mundo que yo le describía y que sin duda comprendía que era absolutamente excitante pero que en el fondo había allí una tremenda confianza entre la pareja, que ella no imaginaba poder encontrar esa confianza con un hombre como para poder hacer lo que yo le había descrito.

Yo hice como si no la escuchara, porque ahora veía la oportunidad que mi mente había estado trabajando, para inocular en el cuerpo y la mente de esa mujer una idea que de algún modo acomodara su deseo ahora despierto y agitado por la curiosidad a un ambiente de confianza absoluta.

Le conté entonces que si bien yo tenía suficiente experiencia para poder contarle lo que le había contado, eso no siempre había sido así y que si bien de cada hombre que había tenido había sacado un poco de experiencia, mi deseo se había despertado primariamente años atrás cuando en búsqueda de conocimiento me había dado a la tarea de espiar a mi hermano desnudo en cuanta oportunidad podía hacerlo sin que él se diese cuenta y que yo podía asegurarle que realmente no había conocido ningún hombre después que fuera más atractivo y excitante que nuestro hermano.

Comencé a darle detalles que podía describir muy bien por cuanto eran parte de mis primeras experiencias adolescentes cuando espiaba a mi hermano en búsqueda de información para calmar mi naturaleza encendida. Ahora la evocación de esos momentos lograba encender a mi hermana y empujarla hacia una experiencia prohibida que ahora veía encaminada hacia el éxito.

He de admitir también que esto me excitaba en forma muy particular y si bien la idea de juntar a mis dos hermanos me pareció en un principio como algo espantoso, al mismo tiempo me hacia sentir explorando un aspecto del placer que tenia todos los ribetes de lo prohibido, de lo diabólico y de lo subyugante. Pensaba sinceramente que el placer que quería brindar a Carmen era un placer subyugante y endemoniado.

Ella me miraba ahora y yo estaba segura que Carmen estaba terriblemente excitada. Podía ver como su pecho agitado e imaginar como sus bragas seguramente se humedecían respondiendo al suave balanceo que ella había comenzado a dar a sus piernas, mientras me preguntaba si de verdad yo había visto a Pablo desnudo. Pausadamente y así como separando las frases, mirando hacia los costados como para evitar que nos escucharan le dije que sí.

Que yo, a menudo lo había hecho, que me parecía legitimo y nada de prohibido, que incluso creía que él se había dado cuenta y que quizás hasta le gustaba ser observado porque a mí me parecía que él había facilitado las cosas. Le dije que yo me excitaba terriblemente al observar como el pene de Pablo comenzaba a crecer hasta alcanzar una dimensión que a mi me parecía incomparable y como se masturbaba de una manera tan sensual que yo no podía menos que sentirme excitada y atraída por la imagen de ese soberbio miembro agitándose allí a unos metros de mis ojos. Que muchas veces me había acariciado mientras lo veía y una vez había llegado a tener un orgasmo violento pero de un placer inefable.

Fue entonces cuando ella me preguntó, tratando de hacer de mí su más profunda confidente.

- ¿Y nunca te han dado deseos de hacer todo con él?

Solo en ese momento me di cuenta de lo profundamente comprometida que yo me encontraba en esta historia. Pero la verdad era que si bien en alguna oportunidad en medio de mis noches ardientes de mujer soltera había imaginado una tórrida relación incestuosa con Pablo, él nunca había dicho de mí una frase como la que me había dicho respecto de Carmen.

- Yo encuentro que Carmen es una hembra excitante -

Ese solo hecho parecía demostrar que el camino que había imaginado para mi jugada comenzaba a trazarse de una manera evidente, sin embargo me faltaba aún escuchar lo más sorprendente.

Carmen pareció repentinamente encenderse, tenía el rostro congestionado y me hablaba en forma atropellada como si quisiera saciar de ese modo su silencio de años.

Me dijo que ardía en deseos ocultos, que ya no era posible seguir engañándose a si misma y tampoco a los demás, que hacia meses que era invadida por sueños eróticos espantosos por lo atrevidos, que caminaba día a día imaginándose que los hombres la desnudaban con la mirada y que se sentía latir por todas las partes sensibles de su cuerpo cada vez que caminaba entre la gente. Que se daba cuenta que su tensión interna aumentaba con los días al pensar que no era capaz de vencer su timidez extrema y que ahora que yo le había hecho esas confidencias se daba cuenta que solamente con Pablo seria capaz de abrirse y entregarse sin recelo alguno porque sabia que el jamás le contaría eso a nadie.

Que al mismo tiempo se daba cuenta lo que esa relación significaría, pero que lo prohibido la tenía más encendida y que se daba cuenta que ella jamás sería capaz de insinuarle ni decirle nada aunque estaba en ese mismo momento dispuesta a cualesquier cosa porque ya no podía seguir sujetando a su cuerpo que latía desesperado.

Cuando Carmen terminó de hacer esa conmovedora confesión, parecía relajada. Su rostro estaba sereno y su piel adorablemente tibia y suave. La miré a los ojos y en forma muy natural acerqué mi rostro al suyo, la besé suavemente en la mejilla y le dije.

- No te preocupes - yo haré todo lo necesario - .

Durante todo el trayecto hasta nuestra casa permanecimos en silencio no había necesidad de hablar nada más, cualquier palabra habría roto el hechizo.

Hablar con Pablo me fue relativamente fácil. No me anduve con rodeos porque pensé que dado el nivel a que habíamos llegado con Carmen cualquier sutileza estaría francamente demás.

Así fue como le ofrecí a Pablo el más exquisito de los manjares sexuales que él podría haberse imaginado.

Primero sus ojos se dilataron llenos de incredulidad, pensó que yo le estaba haciendo una broma, me dijo que no conocía una mujer más deseable que su hermana Carmen y que nunca se había atrevido siquiera a ensoñarse demasiado con ella pero que su figura lo asaltaba en algunas noches obligándolo a masturbaciones pecaminosas que lo hacían vaciarse como un adolescente.

Cuando yo lo puse ante la realidad evidente de que esa mujer sería suya, su grado de excitación casi lo torno nervioso y sus labios temblaban sensualmente cuando me preguntó.

- ¿Y en cuanto tiempo más crees tú que eso será posible?... yo le respondí con una satisfacción diabólica mientras me sentía latir drásticamente en mis profundidades. - Será esta misma noche.-

Acomodada en el amplio sofá en el cuarto de mi hermano Pablo, hacia sonar los trozos de hielo en las paredes de mi segundo vaso de wiskie, después de haber recorrido la casa entera para cerciorarme que todos dormían. Todos menos Carmen que en su pieza terminaba de dar los últimos toques a su peinado que yo sabía que duraría muy poco tiempo más.

Tendido en la cama, Pablo se movía inquieto seguro que todo se iría al tacho y que lo que yo le había prometido, jamás se realizaría. He de confesar que por algunos minutos llegué a pensar lo mismo, hasta que la puerta se abrió.

Estaba totalmente desnuda y tratando de cubrirse los pechos con los brazos.

Esta forma de presentarse nos sorprendió a los dos, pero particularmente a Pablo. La contemplación del cuerpo desnudo de nuestra hermana le produjo un efecto de encandilamiento. Se había quedado inmóvil en la cama con los ojos clavados en la figura de la mujer.

Aparte de los brazos cubriendo sus pechos, que ella fue descubriendo lentamente, Carmen no demostraba pudor alguno. Al contrario yo diría que se mostraba con deleite, seguramente se sabía excitante y provocativa y de verdad lo era. Yo nunca la había visto desnuda, de modo que la visión era una novedad absoluta para ambos. Sus pechos ahora libres demostraban en la proyección de sus deliciosos pezones, como el fuego estaba abrazando a esta mujer que se aprestaba para iniciarse en los placeres que ella misma se había negado hasta hace unas horas.

Pablo se había desnudado casi automáticamente y su violenta erección era la muestra más brutal y evidente de un deseo descomunal.

No puedo dejar de decir que en el cuarto se había instalado un ambiente lujurioso, intenso y prohibido. Un halo de pecado nos traspasaba a los tres. Era un pecado que queríamos vivir más allá de todo límite o contemplación porque habíamos llegado a un lugar desde el cual era imposible regresar.

Yo aún no me había desnudado, pero mi cuerpo entero estaba abrazado y debí sujetar mi sexo para calmar su latidos en el momento en que Carmen, con la vista clavada en el sexo descomunalmente erecto de Pablo avanzo hacia él y de rodillas en la cama lo fue introduciendo en su boca, como si el hecho de recorrerlo rítmicamente calmara en ella una sed que se había acumulado por años. Entregada a su primer practica erótica dirigía los ojos hacia mi, como pidiendo mi aprobación y yo no podía decirle que lo que ella estaba haciendo producía en mi sexo una inundación caliente sin remedio Al inclinarse en sus rítmicas succiones levantaba y hacía bajar su trasero prodigiosamente tentador y yo tenía que amarrarme en mi sillón para resistir los deseos de correr a acariciarlo. Pero no podía romper el hechizo de esa pareja que yo misma había creado de la forma como se estaba plasmando ante mis ojos.

Pablo se retorcía de placer con los prodigios de la boca sedienta de Carmen y casi con violencia sumergía la cabeza de mi hermana para hacer que sus labios rodearan el grueso inicio de su mástil ardiente. Obedeciendo a una intuición que seguramente ella llevaba consigo desde su origen mismo, Carmen fue separando las piernas y sin soltar el miembro quemante de su hermano lo fue guiando hasta su entrada. Esa entrada no visitada, esa entrada que había estado esperando por un encuentro que yo había planificado para ellos en mi mente descalabrada e hirviente.

Se había montado sobre Pablo. Lo había hecho con soltura, con cuidado como si lo hubiese hecho otras veces pero sus movimientos eran inspirados por el puro instinto de la hembra quemante que busca al macho que le apague el calor interior que la devora.

Porque aquí y ahora ella se sentía segura de sí misma, estaba tranquila, protegida dentro de un amor filial sin dobleces, Y cuando Pablo tuvo el ángulo perfecto, levantó las manos hasta sus pechos mientras su tronco insolente la penetraba hasta sus orígenes y el grito atravesó la noche, la oscuridad, el silencio y entró por mis oídos y repercutió en mi sexo loco llenándomelo de orgasmos repetidos hasta el infinito porque yo estaba deseando a esa mujer de la misma forma y con la misma intensidad con que Pablo la poseía.

Ahora cabalgaba, como una amazona abierta al placer desbocado, ahora seguramente sentía latir en su interior el capturado animal salvaje que Pablo le brindaba y que ahora se movía para llenarla, para dilatar sus paredes, para enseñarle todo lo que tenía que aprender, para ir creando con cada embestida todos esos recuerdos que ella evocaría cada noche de ahora en adelante.

Y yo la miraba mujer, grande, hermosa, desvirgada, potente y sensual y esa imagen llenaba mi mente y mi cuerpo. Sobre todo mi cuerpo que de alguna manera se estaba llenando de todo esa deliciosa calentura que yo había sido capaz de encender en esa pareja que cada minuto me entregaba renovadas señales eróticas de una pasión que recién encendida no tenía dudas que culminaría por quemarnos a los tres en un infierno desgarradoramente excitante y en el cual los tres nos estábamos quemando.

28/06/2008 Por: Nikita


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