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Culeando a mi mama

Soy hijo único, mi padre, Felipe, que entonces tenía 53 años, es un hombre serio, retraído, miembro del Opus y subdirector de un banco. Alto, delgado, cual nuevo Felipe III "siempre de negro hasta los pies vestido" la obscura vestimenta justo complemento a su gesto adusto y escaso sentido del humor.

Mi madre, Paquita, 18 años más joven que él, era alta, sin ser gruesa no era delgada. Pelirroja, pecosa, guapa de cara con ojos azules, de figura difícil de describir porque, aun sin la paterna severidad sartorial, usaba siempre discretos trajes de manga y falda larga que más que marcar ocultaban cualquier forma. Algo más alta que mi padre usaba siempre zapato plano, nunca se maquillaba, ni siquiera usaba lápiz de labios. Mi padre era de vieja familia Vallisoletana, conservador y parco de palabra.

Él trataba a mi madre de forma autoritaria, un tanto paternal, casi como si de una hija de pocas luces se tratara. Mi madre aceptaba todo lo que de él viniera de forma subserviente. Conmigo mi padre era autoritario y seco. Mis padres eran de misa si no diaria, al menos, frecuente y en la casa, aunque económicamente estábamos bien, reinaba un ambiente ascético y hasta un tanto tétrico y deprimente. Se hablaba poco de sentimientos, se bromeaba aun menos, y cualquier tema remotamente sexual era estricto tabú.

Fue un miércoles, habíamos comido los tres juntos como era costumbre a las dos en punto. A las tres menos cuarto, como también era costumbre, salimos mi padre y yo juntos, él a su trabajo yo a la prepa.

- Adiós Paquita, recuerda que esta noche tenemos consejo en el banco y después cena, así que vendré tarde. - ¿Y tu Juanjo? dijo mi madre

- Adiós mama, yo me quedaré a jugar al básquet un rato, así que no volveré antes de las siete. - - Adiós Juanjo. - Mi padre y yo bajamos las escaleras juntos, nos dijimos adiós, él fue a su coche y yo anduve hacia el colegio. Iba a un colegio de Jesuitas que estaba solo a un cuarto de hora de casa. Al doblar la esquina vi que había una aglomeración en las puertas del colegio; me acerqué.

¿Que pasa Paco? Pregunté.

- Dicen que han colocado unas bombas. - - Bombas, ¿de qué hablas? - En ese momento oímos por megafonía:

- ¡Atención! ¡Atención! - Era la voz del Padre Luis, Director del colegio.

- Hace una hora recibimos notificación telefónica de que una organización terrorista ha colocado cuatro artefactos explosivos en el recinto del Colegio. - - Varios grupos de policía y fuerzas especiales están examinando todas las áreas. Creemos que es probablemente una falsa alarma. De cualquier modo y con la seguridad de nuestros estudiantes como primera responsabilidad mía, he decidido cerrar el colegio esta tarde. Por favor, alejaros del área colegial. - - Volver a casa y hacer de esta una tarde de estudio. Estoy seguro de que mañana todo habrá vuelto a la normalidad. - Los amigos nos reunimos, mascullamos un poco, maldijimos a cualquiera que fuese el grupo político que no nos caía bien, hablamos un poco de fútbol y... cada cual se fue por su lado.

Yo me fui a casa. Cuando abrí la puerta del piso me llegó el sonido de música muy alta, el bolero de Ravel. Me quedé un poco sorprendido porque a mi padre no le gusta mucho la música así que nunca la ponemos a gran volumen. Me acerque al cuarto de estar de donde venia el estruendo; la puerta estaba abierta, desde el pasillo al ver la bien iluminada escena me quedé alucinado. En medio de la habitación, de espaldas a la puerta, había una tía alta, con una larga melena rubia contoneándose al ritmo del bolero.

La melena acababa en la espalda justo por encima de la negra banda de sujetador. La espalda, de un albor marmóreo, moviéndose sinuosamente y por debajo las nalgas. ¡Que digo nalgas! El culo más magnifico que uno se pueda imaginar. Un poco gordito, redondo, respingón, de una albura resplandeciente y los magníficos cachetes vibrando con la música. Una pequeña, no, una microscópica braga de encaje negro trataba, en vano, de cubrir el tentador valle entre las nalgas. Los muslos ¡Qué muslos! Firmes, llenos, un poco ajamonados, continuaban en unas piernas larguísimas enfundadas en unas sensuales medias negras, con costura, que, con unos delicados tobillos, terminaban en unos zapatos, también negros, de tacón fino y altísimo.

Toda la tía ondulaba con una sensualidad que me hizo pensar en las huríes del paraíso de las que había leído en las Mil y Una Noches. Mi sorpresa no acabó ahí. Sentado en el sofá también de espaldas a la puerta había un tío al que yo no había visto nunca, de aspecto más bien basto, medio calvo, en camiseta, con pecho y espalda bien velludos. Me imaginé que el volumen del bolero no les había dejado oír el ruido de la puerta. Cuando me disponía a entrar en el cuarto y chillar a aquellos desconocidos: ¡Que coño hacen aquí!

La rubia se dio la vuelta hacia el tío. Como el pasillo estaba a oscuras y las luces del cuarto le daban en los ojos, no debió verme, pero yo al verla de frente me quedé anonado. Las piernas y las caderas eran igual de fuertes y ajamonadas por delante que por atrás. La minúscula braguita quizás velaba un poco el sexo pero no el vello púbico. El abdomen, era redondo, liso, sensual. Los pechos, ¡que pechos! Llevaba un sostén de encaje negro transparente que quizás sostenía algo pero, desde luego, tapaba poco. Los pechazos eran grandes, quizás un poco caídos, blancos y con grandes pezones de un rosa subido.

Claramente la odalisca aquella no era una chica, pero exudaba esa suave, redonda y sensual perfección que solo llega con la temprana madurez. Según se daba la vuelta, mientras seguía con sus rítmicos contoneos, puso ambos brazos tras su nuca, empujo el torso hacia delante, sacando aun más los generosos pechos que se bambolearon como flanes sensuales y tentadores. La cara de la rubia estaba bien pintada: los grandes ojos azules, enmarcados por rimmel, las mejillas con colorete, los labios pintados de un rojo oscuro casi gránate. Toda la faz exudaba sensualidad, invitación y deseo, vicio, pero lo más impresionante era que la cara de la sensual rubia, de la ondulante bayadera, bailando medio desnuda delante de aquel basto desconocido era… ¡la cara de mi casta y santa madre con una peluca rubia!

El grito que yo iba a dar murió en mi garganta, di un paso atrás para refugiarme en la oscuridad mientras sentía un vacío en el estomago y no sabia si iba a vomitar allí mismo. Paralizado, temblando, sudando, oí como el tío decía de chillando de forma imperiosa:

- ¡Para la música jodida! - Yo me quedé asombrado de que un tipo así, basto, barriobajero, pudiera atreverse a darle ordenes a mi madre que era toda una señora de buena familia, pero ella sumisa, se acerco al estéreo y apago la música. El tipo se levantó del sofá y vi que era bajito, tripudo, no llevaba más que una camiseta un tanto ajada, sus, hombros, cuello, piernas y nalgas estaban cubiertos por un tupido vello negro. Entre el denso vello púbico salía un miembro bien erguido.

- Ven aquí, jodida furcia (prostituta), y ¡mámamela bien mamada! - ¿Cómo se atrevía aquel hijo puta a hablar así a mi madre? Mi madre no solo no pareció encontrar nada raro en ello, si no que lentamente, contoneándose sobre los altos tacones, moviendo las caderas y bailando los incitadores senos se acerco a aquel tipo. Cuando llegó justo delante de él, como si tuviera un resorte, dobló las rodillas sin que su torso perdiera la vertical, se puso en cuclillas con las rodillas bien separadas exhibiendo la abundante pelambrera rojiza y el sexo bajo el minúsculo triángulo de encaje negro; con ambas manos cogió el pene del tío y diciendo:- Mira cabrón, mira como me como tu polla.

Yo ya no entendía nada, mi casta madre, medio en pelotas, contoneándose como una furcia tocando a un basto desconocido y encima ¡De su boca salían palabras como cabrón y polla! Del dicho al hecho, mi casta madre cogió la verga del marrano aquel se la metió en la boca y empezó a lamer, chupar, meter y sacar con un entusiasmo y regodeo palpables hasta para un novicio en materias sexuales como yo. El fulano resoplaba, la agarraba por las orejas le metía su miembro hasta lo más profundo y decía:

- ¡Si putorra, si! - Al cabo de un rato de recibir las atenciones orales de mi madre dijo con su voz mandona.

- Anda jodida, sácate esas tetorras que me vuelven loco y hazme un cubano. - Mi madre, ni corta ni perezosa, sacó los pechazos de mínimo sujetador, se los levanto a dos manos, escupió entre ellos con desparpajo, puso el pene del tío en medio y mientras lo frotaba subiendo y bajando las tetas decía:

- ¿Te gusta cabrón? ¿Te doy gusto? - - ¡Sí, so guarra! ¡Me encanta! ¡Que tetones tienes! ¡Que jodía viciosa que eres! - - Si so cerdo, ¡soy viciosa y putorra! ¡Me encanta que me den polla! Ahora ¡chúpame los huevos!

Mi madre cogió el escroto y primero uno después el otro, se metía los peludos testículos del tío en la boca, los chupaba y relamía. Yo estaba alucinando, medio llorando, medio nauseado y… más de medio empalmado. Sin darme cuenta mi pene se había levantado, endurecido como nunca, y estaba apretando contra los pantalones hasta doler. Lo coloqué como pude mientras oía:

Anda putorra, méteme un dedo en el culo.

Mi madre sin ningún remilgo extendió una mano por entre las peludas patas y empezó a meter y sacar un dedo en culo del tío al mismo tiempo que se la chupaba con fruición mientras que con la otra mano se restregaba su propio sexo. Al cabo de un rato dijo el tipo:

- Prepárate furcia ¡que te voy a joder! - - Si cabrón dame tu picha, jódeme que tengo el chocho chorreando, ¡entrame del todo! - Mientras decía esto mi madre se echó boca arriba en el suelo, separó bien las largas y torneadas piernas y poniéndolas en alto dijo:

- ¡Metela, métemela! Hazme tuya mamón. -

- Así no, jodida, ponte a cuatro patas, como lo que eres: ¡Cómo una cerda! Mi madre, sin quejarse por los azotes, se dio la vuelta, se puso a cuatro patas, empinó su blanco culo, lo puso en pompa y se ofreció como una perra en celo.

El marrano aquel, a horcajadas le metió su enhiesto miembro diciendo:

- Toma, golfa, toma pollazos, y explícale al cabrón de tu marido como folla un tío bien plantado.
- - Tú calla mamón, deja a mi marido en paz y ¡mátame con tu polla! - - Métemela, híncamela del todo, ¡méteme... hasta los huevos! - La visión de mi madre con sus zapatos de tacón de aguja, medias negras cubriendo sus blancas piernas, a cuatro patas, con el albo culo en alto, con los bamboleantes pechazos colgando como ubres, culeando con fruición contra la verga de aquel hombre barrigudo, peludo y sudoroso me tenía con la cabeza dando vueltas, turbado, confuso, con ganas de llorar y… con mi órgano como un burro. Sin saber que hacer o que decir, despacio, para que no me oyeran, me fui retirando para salir de la casa. Mientras abría la puerta, de forma tan silenciosa como podía con mis manos temblorosas, aun oí a mi madre implorar jadeando:

- Así, así, híncamela. ¡Ayyy que bueno! Si, si del todo, mamón del todo.¡ Dame tu leche papito, dámela, córrete dentro de mí! - Cerré la puerta, en el rellano noté que el corazón me daba golpes en el pecho, el pulso, como martillazos, resonaba en mis oídos; empecé a bajar las escaleras, me caí dos veces, por fin llegué a la calle donde el aire fresco abofeteó mis mejillas encendidas. Deambulé sin meta ni destino sin ver ni oír nada de lo que pasaba a mi alrededor. No podía entenderlo, mi católica, casta, recatada y hasta timorata madre, pintarrajeada como una puta, vestida, o desvestida como tal, hablando como una furcia viciosa, contoneándose, restregándose, mamando, dejándose pegar, insultar, humillar, culeando y ¡gozando de todo ello como una guarra!

No podía ser, debía haber tenido una alucinación, pero no, las imágenes estaban claras, aquella cara pintada era la de mi madre, con sus pecas y ojos azules, la voz también, el contoneo de las blancas y poderosas nalgas y el bamboleo de las tetazas colgantes.. Esas imágenes aunque nuevas, no se apartaban de mi mente. Yo no tenía ninguna experiencia sexual (que no fuera solitaria).

Nunca había estado con una mujer y hasta hoy nunca había visto un coito de verdad, mi turbación y confusión no tenía límites.

No sé cuanto tiempo estuve deambulando sin rumbo ni sentido. En algún momento noté que oscurecía, miré el reloj: eran las siete y media. Hice una decisión, enderecé mi rumbo y me dirigí a casa. Al llegar a la puerta casi no pude poner la llave en la cerradura, las manos y las piernas me temblaban, estuve a punto de dar la vuelta y salir a la calle, pero por fin abrí la puerta y entré.

Mi madre estaba en el cuarto de estar sentada en el sofá. Con uno de sus pardos, gruesos y recatados vestidos, zapatos planos, gruesos calcetines pardos, haciendo punto. ¡La viva imagen de casta domesticidad! Nada recordaba a la mujer que estaba en esta misma habitación hace una horas, excepto quizás una pequeña sonrisa en los labios y muy, muy bajito la melodía del Bolero de Ravel.

- Hola Juanjo, ¿qué tal el baloncesto? - Su voz, como siempre dulce, quizás un poco distante.

Hoy no he jugado al baloncesto.

Debió de notar algo en mi voz porque levantó la cabeza de su labor de calceta, y con cierta sorpresa preguntó:

- ¿Porque no? ¿Que te pasa? Pareces enfadado. - - El colegio recibió un aviso de que habían puesto unas bombas, así que el Padre Director no nos dejó entrar en el Colegio. - - Si no fuiste al Colegio ¿donde has estado hasta ahora? - La verdad es que era increíble, mi casta y recta madre tuvo la frialdad suficiente para poner un cierto tono de autoridad y reproche en la pregunta.

- ¡A las tres y media yo vine a casa! - Grité yo con furia Mi madre se puso colorada, le temblaron los labios y en un último y magnifico gesto de dignidad tartamudeando, dijo:

- No... no te oí venir y no te consiento que me hables chillando. ¿Por que estás tan furioso? - - ¿Que porque estoy tan furioso? Porque esta tarde te vi bailando el bolero. - - Porque he descubierto que mi madre es una furcia y porque no se como decirle a mi padre que es un cabrón. ¡Por eso estoy furioso! - Mi madre se levantó trémula, me puso sus manos sobre los hombros y llorando dijo:

- ¡No Juanjo eso no! No se lo digas a tu padre, si el se entera se moriría del disgusto, y si no se muere me mataría a mí. Por favor, no Juanjo, no, no hagas eso, pídeme lo que quieras, haré lo que tú me digas, pero por favor ¡no le digas nada a papá! Mi amor, ¡no le niegues eso a tu madre que te quiere tanto! - Mientras decía estas palabras entremezcladas con un continuo gimoteo me acariciaba la cara con sus manos y acabó besándome los labios. En ese momento le pegué una sonora bofetada que la tiró al suelo mientras le decía:

- No me beses con esa boca de lamepollas, ¡so furcia! - Mi madre sentada en el suelo, se llevó la mano a la mejilla recién abofeteada, me miró ¿Con miedo? ¿Con sorpresa? y de pronto su expresión cambió y con una mezcla de ansiedad y sumisión dijo.

- Si, Juanjo si, eso es, me he portado mal, he sido una furcia, así que tú me castigas me pegas todo, todo lo quieras, pero todo quedará entre nosotros y no le dices nada a papá. ¿Te parece bien mi amor? - - Ven aquí zorra. - Yo me había sentado en el sofá y le indiqué que se tendiera sobre mis rodillas.

Ella se acercó, y se tendió boca abajo. Levanté su falda y me quedé sorprendido al ver que no usaba bragas sino unos "pantalones" de viejo estilo, negros, amplios, que desde más arriba de la cintura se extendían hasta casi las rodillas donde se cerraban con una goma elástica. ¡Que contraste con las microscópicas e incitantes braguitas de encaje con las que la había visto hacia unas horas!.

Cogí los pantalones por la cintura y de un solo tirón se los bajé hasta las rodillas. Sus magnificas, blancas, redondas, dulces y respingonas nalgas quedaron al aire. Inmediatamente la imagen de aquel mismo culo en el aire invitando a la polla del fulano volvió a mi mente. Lleno de furia la azoté una y otra vez con todas mis fuerzas, ella chillaba y lloraba mientras yo seguía pegándola.

Las marcas de mis manos estaban poniendo sus magnificas nalgas rojas como tomates, pero yo, enloquecido, como tratando de exorcizar algo, seguía pegando. Al poco rato noté que ella ya no chillaba ni lloraba simplemente ronroneaba cada vez que la azotaba. También noté que no estaba quieta, sino que refregaba su pubis contra mi pierna, y vi como con sus manos estaba acariciando sus pechos.

- So marrana, te estás cachondeando, ¡a ti te gusta que te peguen! - - ¿Hijo mío, que puedo hacer yo?, hay muchas cosas que me excitan sin que yo pueda controlarme y tu padre no me satisface. Pero… parece que a ti mi culo no te deja indiferente. - Mientras decía esto había puesto su mano sobre mi ingle y la apretaba sobre mi pene que evidentemente estaba empalmado y bien empalmado. Al tocarme ella me di cuenta de había dejado de pegarle y mi mano simplemente acariciaba sus gloriosas y enrojecidas nalgas.

- ¿Tu has hecho el amor alguna vez? - Dijo, mientras me sobaba la entrepierna.

- No so guarra, nunca. - - Mira pichón mío, yo te enseño y te dejo que me folles, pero a cambio ¡no le digas nada a papá! - - Tú no "me dejas" nada, so puta. Tú simplemente haces lo que yo te diga si sabes lo que es bueno para ti. - - Vale, pichón, no te pongas así. ¿Quieres que te enseñe? - - Si, enséñame so furcia. - - Por ser tu primera vez, tienes que hacerlo con estilo. Espera un poquito mi amor. - Se levantó, con toda tranquilidad subió sus pantalones, aliso su falda y salió del cuarto. Al cabo de unos minutos oí un taconeo y mi madre apareció en el umbral de la puerta, se detuvo, estiro hacia arriba su mano derecha apoyándola contra el marco de la puerta quedando su cuerpo elongado.

No era mi madre, la que allí estaba era ¡la sensual hurí que había visto unas horas antes! No llevaba la peluca rubia; su pelirroja melena de paje enmarcaba la cara pecosa. Los carnosos labios bien pintados rojo oscuro. Había cambiado de estilo y llevaba un conjunto todo blanco, sujetador de encaje transparente, liguero, microscópicas braguitas, medias y zapatos blancos.

Las enormes tetas competían en blancura con el sostén, únicamente las areolas, por debajo del encaje, daban una nota de contraste. Sin decir palabra, lentamente, se dirigió hacia mí, contoneaba sus poderosas ancas sobre los zapatos de estilete, suavemente ondulaba su cuerpo y leves movimientos de sus hombros hacían bambolear las tetazas. Mientras de forma lenta y sinuosa se acercaba a mí, sonreía, me guiñaba un ojo y ponía sus labios carnosos en tentador circulo. ¡Que visión! Y esta vez era toda para mí, solo para mí.

Me embargaba un tremendo sentido de anticipación, tenía la boca seca, las manos con un sudor frío, notaba una sensación de vacío en le estomago. A veces la imagen de la deliciosa hurí desaparecía siendo remplazada por la de mi madre en uno de sus austeros atuendos con cara de censurarme. La tentadora hurí había llegado ante mí, se inclinó, sacó las tetas del sujetador las levantó usando ambas manos como bandejas, y como sacerdotisa oferente, dijo:

- Chupa pichón mío, chupa. - Había visto aquellas tetorras unas horas antes, pero así, de cerca, eran aun más deliciosas, de un apropiado blanco lácteo con grandes areolas y pezones de un rosa intenso. Las cogí en mis manos, aun eran firmes, y puse un pezón en mi boca. Chupé, chupé, y chupé de aquellos manantiales de placer; chupé, estrujé, retorcí y sin poderme contener mordí.

- ¡Ayyyy!- - Gritó mi madre de dolor alejándose de mí.

- ¡No muerdas que haces daño! - Esto último lo dijo con un tono mezcla de reproche y autoridad materna. Le di dos buenas bofetadas y dije:

- Tú calla zorrona y no me digas lo que puedo hacer. ¡Tú aguantas lo que yo te diga! - Me miró un momento con sorpresa en sus ojos. Sorpresa que pronto cambió a sumisión.

- Vale, mi pichoncito, como tú digas. - Había ganado, ¡ahora era del todo mía! A gatas se acerco a mí y dijo:

- Vamos a ver tu cosita. - Con experimentadas manos desabrochó mi cinturón, abrió la cremallera y sacó mí torturada picha.

- ¡Que coño cosita! Vaya un vergón que tienes ¡so mamón! ¡Te lo dice tu madre que ha visto unas cuantas!. Este vergón de campeonato no lo has heredado de tu padre. - Con admiración lo contempló en sus manos, lo desencapulló y empezó a darle lametazos con su lengua experta.

- No sé si me va a caber en la boca. Vaya un cipote que has criado mi amor. A pesar de sus dudas lo metió en su boca y con diestros movimientos de cabeza la metía y sacaba. Parecía excitarse y con la excitación la sacaba de su boca, le daba lametazos y se daba pollazos en los pezones.

- Ponte de pie pichón. - Según me levantaba, me quitó los pantalones y calzoncillos.

- ¿Quieres que te haga un cubano chico mío? - - Si, putorra ponla entre tus tetas. - De debajo del sofá sacó un frasquito, y vertió un aceite rojizo, con intenso aroma a frambuesa en la mano. Diestramente, lo frotó en las tetas y en el acogedor valle entre ellas. Cogiendo mi polla la puso en aquel valle de las delicias y apretando los melones con sus manos, me la meneaba. Cuando la punta del capullo asomaba por arriba, le daba furiosos lengüetazos.

- ¡Que tetorras tan buenas tienes y que bien lo haces, so zorra! - - ¿Te doy gusto, pichoncito? - - Si guarrona, mucho, me das mucho gusto. - - A mí me encanta tu verga, pero esto no ha hecho más que empezar. - Al decir esto, puso mi picha en su boca, extendió una mano entre mis piernas, me metió un dedo en culo, y mientras me empujaba el culo con su mano, decía:

- Follame en la boca, mamón, ¡follame! - Yo no necesitaba que me animara mucho así que, culeando, empecé a bombear su boca con mi polla. Noté que me iba a correr.

- Que me corro so puta, ¡que me corro! - Ella por toda respuesta aceleró más su dedo en mi culo y chupaba con más energía. ¡Aahh! Allí me salió leche hasta quedarme seco, cuatro o cinco espasmos me sacudieron y mi madre seguía chupando y chupando, con glotonería tragaba todo lo que salía. Por fin le dije:

- Ya vale, ya vale. - - Que bien amante, que bien que te corres con la puta de tu madre. ¡Que de leche tenias! Me encanta tu verga, no te hagas más pajas, yo siempre que quieras me beberé tu leche. - Ella se levantó miro mi picha un tanto alicaída y dijo:

- Pero no te creas que hemos acabado. - Yo viendo mi pija a menos de media asta pensé que si que habíamos acabado. Pero ella me dio un pequeño empujón en los hombros que me sentó en sofá.

Se dio media vuelta dejando su poderosa grupa enfrente de mi cara. Se quitó las bragas y con sus manos en ambos tobillos dejó el albo trasero y la maravillosa vulva delante de mis desorbitados ojos. Mientras lentamente ondulaba sus posaderas se metió un dedo en la vagina y lentamente se masturbaba. Así masturbándose, inclinada, yo podía ver sus colgantes pechazos, enmarcados por sus piernas, moviéndose como badajos de campana.

La visión de aquel maravilloso culo a un palmo de mi cara, las basculantes tetas y ella masturbándose era todo lo que necesitaba mi picha ponerse tiesa otra vez. En ese momento se irguió, se volvió hacia mí y sin ningún recato se separó los labios del coño y mostrándome su clítoris preguntó:

- ¿No me quieres chupar la pollita? - Al parecer las tetazas y las poderosas ancas no eran los únicos atributos de aquella maquina de follar. Tenía un clítoris enorme, de varios centímetros, como una polla pequeña. Con dos dedos tiraba de la piel y desencapullaba la pequeña pija. Yo empecé a chupar con fruición.

- Si, si, ángel mío, si, dame gustirrin. Dale gusto a la viciosa de tu madre. - ¡Que bien que lo haces cabrón! ¿No te gustaría meter tu pollón en mi coño? - - Jodida, ¡que guarrona eres! - - Si una guarrona que va a hacer que te corras cien veces y te va a dar placer. - Ponte a cuatro patas que te voy a follar. - - Si pichón mío, si, ¡méteme ese pollón tuyo hasta el corvejón! Hazme tuya pichoncito. - Con ella a cuatro patas hinqué mi picha en su coño. Húmeda como estaba la cachonda, después de pajearse con el dedo y mi mamada de su clítoris, entré con la mayor facilidad en aquel canal, cálido, lubricado y acogedor. Yo empecé el mete y saca con el mayor entusiasmo. Inclinándome sobre ella, cogí sus hermosos pitones y salvajemente los estrujaba mientras le daba pollazos.

Ella colaboraba al máximo culeando contra mí.

- Si, dame gusto cariño, meteme todo ese vergón tuyo. Que bueno, mamón, que bueno. Me llenas pichón, ¡me llenas! - Todo aquello fue demasiado para mi. Mi primera vez, lo buena que estaba la tía, que la tía era mi madre, que me animaba y tenía más vicio que la peor de las furcias, encima la celestial visión de aquellas nalgas moviéndose contra mí, con el ano como invitando, no me pude contener. Saqué la picha del coño y apoyé la punta de mi capullo contra su ojete.

- No jodío, ¡no!. En el culo no, que por ahí no me ha dado nadie. - - Mejor so puta, ¡así tendré algo de mi madre que no ha tenido nadie! - Sin ninguna preparación de un fuerte pollazo la penetré por completo. Los dos gritamos a la vez. Ella parecía que de dolor, yo con una mezcla de dolor y placer. De repente ella se tiró hacia delante sacando mi polla de su culo.

-Te he dicho que no jodido, que duele.

Yo inmediatamente le di dos buenos azotes en las nalgas, y tirándola del pelo la acerqué y sin ninguna ceremonia la volví a encular.

- Aguanta, ¡so puta! Aguanta. - - ¡Hijo puta!, Si yo soy puta... eso es lo que tú eres, un, un hijo puta. ¡Me vas a romper el culo con ese pollón! Me duele cabrón, me duele, sácala, por favor, Juanjo, sácala. - Sin tregua ni cuartel, yo seguí dándole por culo con todas mis fuerzas. Era maravilloso, aquel blanco, exuberante y respingón culo perforado por mi polla, mientras yo tiraba de su pelo y podía ver como las tetas se le bamboleaban a los lados de su cuerpo. Su culo virginal apretaba y exprimía mi verga. Poco a poco noté como mi madre ya no trataba de evadirse, al contrario ella empezaba a culear contra mi.

- Te gusta eh, ¡So guarra viciosa! - - Si cabrón, rómpeme el culo, rómpeme toda, pero sigue dándome. Nunca me han dado por el culo y este pollón tuyo me desgarra. Rompe en dos a la guarra de tu madre. ¡Me vas a partir en dos, cabrón! Me rompes jodido, me rompes. Pero que gusto pichón, ¡que gustazo! - Con una mano empezó a frotarse el clítoris, yo me incliné sobre ella y mientras mordisqueaba su cuello estrujaba sus tetazas. Aquello era demasiado, no aguanté más.

-Me corro putorra, ¡me corro!

- Yo también pichón mío, ¡yo también! - Allí eche toda mi leche dentro de su culo y la jodida aun apretaba los cachetes para exprimirme mejor. ¡Que hembra! Saque mi picha de su culo. Tenía una mezcla de leche y heces en el capullo.

- Límpiamela marrana, límpiamela. - Como una gata, giro su cabeza, y se metió toda la picha en la boca y la limpió a lengüetazos. ¡Que espectáculo! aquella furcia de exquisita y blanca piel tenía mi leche goteándole por el culo, sus propios zumos le salían del coño. Al cabo de un rato dejó de mamarla y preguntó ronroneando.

- ¿Te lo has pasado bien en tu primera vez pichón? - - Si zorrona, me lo he pasado muy bien. - - ¿No le vas a decir nada a papá verdad? - -No si haces todo lo que te digo.

- Dime amante. - - Vas a ser mi puta culera particular, no vas a follar con nadie más que conmigo y te daré por culo cuanto quiera. - - Si mi amor, seré tu puta culera. - - Además, me vas a trabajar a tu hermana Ana porque también tiene un culo muy rico. - ¡Cabrón! No solo puta, también quieres que sea tu alcahueta y encima ¡con mi hermana!

- Si so furcia y tú miraras mientras yo me la enculo y si hace falta me la apuntaras, serás mi mamporrera. - - Como tu digas pichón. - Le di dos azotes en el culo y le dije:

- Anda putorra, lávate y hazme la cena. - Se levantó, recogió las bragas y se fue al baño. Tenía a mi madre totalmente sometida. A partir de ahora no tendría que preocuparme de follar, tenía mi puta culera particular. Además, mi alcahueta me prepararía a la tía Ana que llevaba tiempo poniéndome cachondo y seguro que alguna que otra amiga de mi madre caería de vez en cuando.

¡Que bien con las bombas! Me habían permitido darme cuenta de que no tenía muchos escrúpulos y sabía como manipular a la gente. Estaba listo para el mundo; decididamente ¡los jesuitas me habían educado bien!

04/05/2008 Por: Nikita


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