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Follando con mi sobrino

Sonó el timbre del portero eléctrico de casa. Era mi sobrino Lucas nuevamente.

-Hola soy Lucas ¿está Vanessa? -No, no está- le respondí cortante- se fue de vacaciones. -Dale tía ¿puedo subir? Insistió.

-No, estoy ocupada, ahora no-. Me moría de ganas pero no podía permitir que se hiciera una costumbre. Había sido la condición que le puse que fuera ayer por esa única vez y además porque yo quería, ya era suficiente. -¿Vuelvo más tarde?- Volvió a la carga. -Hoy no, yo te voy a avisar si vuelve Vanessa, aunque no creo que vuelva - La corté para que no siguiera insistiendo pero, involuntariamente o no dejé, una puerta abierta.

Así fue por una semana, más o menos, ya me estaba fastidiando porque además me perseguía también por teléfono, pero afortunadamente, porque me dolía en el alma cortarle el rostro, su insistencia se fue diluyendo hasta que dejó de llamar.

Nos volvimos a encontrar un mes más tarde en ocasión de festejar nochebuena en la casa de mis padres. Ninguno de los dos hizo siquiera algún gesto o comentario hacia el otro, efectivamente era como si nunca hubiera ocurrido nada.

Pensé que el chico, como ocurre con tantos, estaba volcado a algo que lo entretenía como la música o el deporte y que consumía sus energías por ese lado. O que quizá tenía novia (lo cual, dicho sea de paso, de solo pensarlo me puso a mi pesar un toque celosa) y en cuyo caso más que consumir energía tendría en donde descargarla.

Ya tendría la ocasión de averiguarlo.

Cuando se hicieron las 18, luego de tomar y comer más de la cuenta comme il faut, y de escuchar comentarios irónicos o mal intencionados entre los distintos miembros de la familia, y de reprimir las ganas de matar a alguno de mis sobrinos que no pararon de molestar toda la cena y en fin, de todas esas cosas a que nos tienen acostumbrados las celebraciones familiares, brindamos una vez más y salimos a la calle a festejar con los vecinos y a observar como el cielo se cubría de luces y los fuegos de artificio trocaban la noche en día y los cohetes y bombas de estruendo convertían por un rato a este tranquilo barrio de Buenos Aires en un suburbio de Bagdad.

Ya cuando estábamos en la calle disfrutando del espectáculo de luces y sonidos, Lucas me tomó del brazo y me dijo al oído: arriba tengo un regalo para vos que no quería que vieran los demás.
Arriba se refería a la planta alta de la casa que, como en el caso de muchas familias de clase media, fue construyendo a medida que llegaban o iban creciendo los hijos en lo que era una terraza.
En la planta alta había dos habitaciones y un baño y un espacio amplio de terraza que fue preservado. Estaba la que fuera mi habitación, que compartí con mi hermana hasta que mi hermano se fue de casa y nos dejó una a cada una.

Sin esperar mi respuesta me guió por la escalera hacia las habitaciones de arriba. Resultaba sospechoso el sigilo con que nos movíamos, constatando Lucas todo el tiempo que no nos vieran subir. Cuando estuvimos frente al que era mi cuarto, me indicó que entrara y me señaló la cama como dando a entender que me sentara.

Así lo hice, me senté en el borde y me dediqué por unos segundos a observarlo detenidamente. Ni siquiera para esa ocasión se había vestido convenientemente. Es verdad que hacía un calor terrible, pero se podía haber puesto algo más decente que un short de baño enorme y de todos lo colores como usan los que practican surf y ojotas. Es más, seguro que ni se había bañado. Salí de mi ensimismamiento y pregunté donde estaba el regalo porque mirando para ambos lados no se veía nada que pareciera un envoltorio de regalo.

Parado frente a mí, bajó el short de baño, sacó su miembro y dijo: acá está tu regalo. No pude contener la carcajada. Era muy gracioso, tal vez por lo inesperado, me resultó divertido. Antes que cesara de reírme me había tomado con una mano de la cabeza y con la otra me había metido su miembro en la boca.

Zarandeaba mi cabeza y no me quedó más remedio que comérmela toda. Se lo agarré con mis manos porque me atoraba y me estaba provocando arcadas y comencé a mamárselo con gusto. Lo estaba extrañando. Me encantó que me agarrara fuerte del cabello, que me sujetara, eso es algo que me excita mucho.

No tardó en descargar su leche en mi boca. Se ve que en ese mes de ausencia no había tenido otras oportunidades. Comenzaba a tener respuestas al alguna de mis preguntas. Seguí chupándoselo hasta que no quedaron rastros de semen en su miembro y pasé la lengua por la comisura de mis labios para engullirme todo y no desperdiciar nada. Me gustaba su leche. Era igual que la de los demás pero distinta.

Cuando pensé que ya estaba, que se había sacado las ganas y que debíamos volver abajo, para mi sorpresa (el chico no paraba de sorprenderme por lo rápido que aprendía) me empujó suavemente hacia atrás y quedé recostada en la cama con los pies apoyados en el piso.

Con una destreza extraña para su edad, me quitó la tanguita rosa que estrenaba (que como indica la tradición me traía suerte) con un solo movimiento (al que yo disimuladamente ayudé) y se arrodilló a mis pies. Me abrió las piernas con firmeza, con los dedos separó los labios de mi concha y comenzó a pasarme su lengua. No había palabras. Es más, cuando estuve realmente excitada y comencé a gemir, me descerrajó un cortante “callate puta que nos pueden oír”. Lejos de fastidiarme me encantó. Tenía el control absoluto de la situación y eso aumentaba mi placer.

Haciendo alarde de su destreza dejó de chuparme la concha. Se incorporó mirándome fijamente a los ojos y luego de desabotonar mi blusa y sacar los pechos afuera de las tazas del corpiño, comenzó a jugar con su dedo en mi concha como le había indicado la primera vez mientras chupaba mis pechos.
Tuve mi primer orgasmo, leve pero placentero.

Le pedí que me cogiera. Nunca pensé que llegaría a eso, pero estaba demasiado caliente. Además, la situación de riesgo, el que pudieran descubrirnos, me excitaba tanto como sus manos y su boca jugueteando con las partes más sensibles de mi cuerpo.

Sin pronunciar palabra me guió de tal manera que quedara arrodillada en el borde de la cama con la cola para afuera. Se puso saliva con la mano en la pija y me la clavó de una vez. Mi concha la estaba esperando. Sentí como abría raudamente las paredes de mi vagina y cada embestida parecía más profunda.

Me cabalgaba con violencia, como un animal acompañaba sus embestidas con resoplidos que es lo que más me excita. No lo pude esperar, tuve mi segundo orgasmo. Cuando se percató, la sacó casi enseguida y me pasó saliva por la cola y antes que pudiera decir algo, estaba tratando de ponérmela por el culo.

-Esperá, no seas bruto, dejame a mi- Le dije.

Me tiró del pelo haciendo que me arqueara y respondió: quedate quieta putita o te parto. Me entregué. Afortunadamente enseguida encontró el camino y sentí como se deslizaba su enorme miembro con su cabeza abriendo el paso. Fue doloroso, pero casi de inmediato el dolor dejó paso al placer. Volvió a embestirme como un animal, con violencia, llevándola hasta el fondo y retirándola hasta casi sacarla y vuelta a meterla con todo.

Cada tanto se le salía y la volvía a meter y eso es lo que más me gusta, cuando está penetrándome. Cada mujer goza a su manera, a mi me gusta sentirla adentro y sobre todo cuando me penetran.
Luego de cabalgarme un rato descargó su torrente de leche en mis entrañas. Parecía que no dejaba de salir leche, al principio un chorro con cada espasmo, luego solo gotitas, que parecían no acabar nunca. Volví a tener otro orgasmo. Fue maravilloso. Estuvo unos momentos con su pija dentro de mi culo hasta que la sacó.

Aproveché para levantarme y correr al baño a higienizarme. De regreso pasé por la habitación, estaba tirado en la cama como “ido”. No obstante llegó a preguntarme algo que no entendí hasta una semana más tarde: si fueras Vanessa realmente, ¿cuánto me hubieses cobrado? Le di un beso en la boca, el primero, todavía se sentía el gusto de mis jugos, -ni idea, 50 pesos- y bajé corriendo las escaleras.
En la calle el “tiroteo” comenzaba a apagarse. Me mezclé con el resto, nadie se había percatado de mi ausencia.

Serían las dos de la mañana cuando me despedí de todos y me marché a casa. La semana que siguió fue maravillosa. Tenía pasajes para ir a la playa y reserva en un hotel a partir del 2 de enero.

A la tarde siguiente volvió Lucas a casa. Lo hizo todas las tardes de esa semana y la pasamos genial.
Conté en el relato anterior que a mis 33 años y, aunque empecé con el sexo tarde por mi formación religiosa, creía haberlo probado todo o casi todo. Lo hice muchas veces. Con pasión o con amor, con violencia o con ternura, de las más variadas formas, pero nunca había jugado al sexo, y fue de lo más divertido y excitante.

Aquella primera tarde se apareció con un delantal y una cofia que no se de donde la había sacado y yo debía ser su enfermera que lo cuidara y lo estimulara. Él simulaba estar en cama enyesado e inmóvil. El tratamiento consistía en que me fuera quitando el delantal y lograra que el acabara sin hacer movimientos. Por supuesto que probé de todas las maneras y lo logré. Varias veces. Se la chupé y lo monté repetidas veces logrando que acabara cuatro veces, hasta que al final se curaba y me cogía el.

Fue un asaltante y violador que me sorprendía sola en mi departamento; un espía que debía sacarme información, un profesor al que debía entregarme para que me levantara la nota y así cada tarde una situación distinta.

Hasta el último día en que se apareció en mi departamento con otro chico. Yo lo estaba esperando medio desnuda, con una camiseta que apenas cubría mi desnudez. Me presentó a Pablo “mi mejor amigo”. Lo inspeccioné de arriba abajo. Era un calco de Lucas solo que no tan atlético, más alto pero más flaco.

Dudé en hacerlos pasar pero finalmente lo hice. Le indiqué a Pablo que se sentara y a Lucas que me siguiera a la cocina. Estaba furiosa.

-¿Qué te pasa? ¿Te volviste loco?- Casi le grité. -¿Por qué?- Atinó a responder. -¿Cómo por qué? ¿No te advertí acaso que nadie debía enterarse?- -Si- me respondió. -¿Cómo me decís que si y me traés a un amigo? Se van a enterar todos que lo hacés con tu tía. ¿Qué le dijiste? -Que íbamos de una puta que se llama Vanessa, que te cobra 50 pesos y que te hace ver las estrellas.

No sabía si matarlo o comérmelo a besos. Ya estaban las cartas repartidas y solo era cuestión de jugar. Ni siquiera me hice los cuestionamientos de la primera vez.

Los hice pasar al dormitorio. Me quité la camiseta y les dije que se quitaran ellos también la ropa. El otro chico, medio con vergüenza me daba la espalda mientras se desvestía, pero de soslayo miraba me miraba atónito. Me produjo una inmensa ternura. Me senté en el borde de la cama y los atraje hacia mí. Tomé sus vergas con cada una de mis manos y se las chupé y los masturbé hasta que me llenaron la boca y la cara con su leche.

Me limpié con la camiseta y me acosté en el medio de la cama. Les indiqué que se acostaran uno a cada lado mío y que me acariciaran y me chuparan todo lo que quisieran. Entregada a sus caricias escuchaba como Lucas le indicaba el camino a su amigo inexperto.

Cuando estuve suficientemente mojada me monté encima de Pablo y le indiqué a Lucas que estimulara mi culito con sus dedos. El chico acabó casi enseguida y yo seguí un buen rato disfrutando de los dedos de Lucas hasta que alcancé mi primer orgasmo. Luego me eché encima de Pablo y le pedí a Lucas que me cogiera por el culo. Las embestidas rítmicas de Lucas estimularon a su amigo que volvió a acabar nuevamente.

Descansamos un rato y volvimos a hacerlo pero cambiando las posiciones. Luego de lo cual di por terminada la sesión, les dije que dejaran el dinero en la mesa de luz, que se vistieran y se marcharan.
Así lo hicieron.

He regresado de las vacaciones y no lo he vuelto a ver a mi sobrino.

En la playa pensé mucho en esto que me pasó y decidí que debo cortarlo definitivamente. Espero tener la fuerza suficiente para negarme cuando Lucas vuelva a tocar el timbre de casa.

14/04/2008 Por: Nikita


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