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Follando a mi madre en el baño

Hoy voy ha relatar como perdí la virginidad a los 21 años. La verdad, no fue como había soñado, pero bueno, estuvo bien. Tenía yo 21 años. Era un sábado por la mañana. Mi padre trabajaba y mi madre ese día no.

Acostumbraba a levantarse pronto. Así aprovechaba la mañana para limpiar la casa. Para no despertarme cerraba la puerta de mi habitación y así podía hacer tanto ruido como quisiese. La noche anterior, había visto a escondidas una peli porno en casa de un amigo.

Llegué temprano a casa. Iba cachondísimo pero al llegar, mis padres aun estaban despiertos, así que no pude pajearme. Me fui a dormir. Lógicamente aquella noche tuvo muy buenos sueños. Por la mañana me desperté con una tremenda erección. Había estado soñando con mi profesora de mates, que era un poco mayorcita, pero no sé, me daba morbo.

Como estaba cerrada la puerta de mi habitación decidí hacerme una paja de las históricas. Aparté las sábanas, me bajé los pantalones del pijama, y agarré mi pene. Allí, encima de la cama, comencé a pajearme, pensando en mi profesora, en una amiga mía, fantaseando. Cada vez mi mano iba más rápido. Estaba ya a punto de estallar, cuando, de repente, entró mi madre para despertarme.

Abrió la puerta diciéndome que me levantara que ya había dormido demasiado. Me quedé helado. Mi madre igualmente sorprendida se quedó allí, de pie, sin decir nada, mirando fijamente mi pene. Había llegado en mal momento. Estaba tan a punto que no pude evitar sacar un primer chorro de semen, y inevitablemente subí y bajé mi mano un par de veces más hasta correrme del todo, no lo había podido evitar. Mi mano estaba llena de semen. Estaba rojo como un tomate, que vergüenza. Mi madre aun estaba de pie mirándome, sin poder moverse. No sabía que hacer. Entonces ella entró y cerró la puerta. Se acercó y se sentó en el borde de la cama.

- Tranquilo, hijo, sé que ha sido fuerte, pero ya estoy curada de espantos. Lo que haces es muy normal. Eres un ser humano como cualquier otro - me soltó. Yo aun estaba tenso, con la mano en mi polla, sin poder decir nada. - Vamos tranquilízate - me repitió - ¿Lo haces a menudo? - me preguntó.

- No, no, mamá, es la primera vez - le dije quitando mi mano de mi pene y tapándome con las sábanas. - Ya, seguro, no me engañes - dijo con una sonrisa picara.

Me comenzó a explicar que era bueno que me pajeara, que así aprendería a ser mejor amante, que era normal, y me empezó a soltar consejos uno tras de otro. A mí me resultaba muy incómoda toda esa situación.

- Pues, cariño, la verdad, me has sorprendido gratamente, incluso me has excitado - dijo ante mi asombro - Vamos, si quieres puedes pajearte otra vez hombre, tranquilo, así te aconsejaré y te daré trucos - dijo. - Mamá, que me vienen ganas de vomitar - respondí. - Va, seguro que si fuera una chica de esas jovencitas y que están buenas y no fuera tu madre estarías excitadísimo. Yo soy una mujer igual que las otras. Vamos pajéate. - Que no, vete.

Entonces ella se levantó. Se bajó las faldas y se desabrochó la camisa, estaba ante mí en ropa interior. Mi madre tenía entonces unos 40 años. Era morena, aunque con mechas para disimular las canas. Estaba un poco gordita, aunque conservaba un buen cuerpo. Se quitó el sostén y las bragas. Ante mí aparecieron dos pechos no muy grandes, algo caídos por la edad, con unos pezones enormes y oscuros. Su coño era peludísimo. Puso un pie sobre la cama y empezó a acariciarse todo el cuerpo.

Quería que me pajease mientras ella se masturbaba. Me venía ganas de vomitar. Pero no se como, comencé a ponerme cachondo, aunque no quería. Ella empezó a meterse un dedo en su vagina mientras daba bofetones a sus pechos. Mi erección era total, a pesar de intentar evitarlo. Mi madre se dio cuenta, ya que las sábanas no podían disimularlo. Entonces quitó las sábanas. Mi pene estaba tieso. - Pajeate de una puta vez - chilló, - que no quiero - respondí.

Entonces se sentó otra vez en el borde de la cama. Cogió mi pene y empezó a subir y a bajarme la piel. Lo hizo 3 o 4 veces y paró. Apartó la mano. - ¿Y ahora que? - dijo sonriendo maliciosamente. La excitación era máxima. Aunque no quería hacerlo, mi mano impulsivamente agarró mi polla y me hice una frenética paja. A cabo de medio minuto ya me corría. Estaba lleno de semen por toda la mano y por los testículos. Mi madre pasó el dedo por la punta de mi pene, quedando un poco de mi corrida en su dedo.

Se lo chupó y sonrió. - Bueno, anda, duerme si quieres, que te veo cansado - me dijo tapándome otra vez con las sábanas - ah, y dos cosas - añadió - primero, tu semen está riquísimo, y segundo, no se te ocurra contárselo a nadie, ni a tu padre, sino le mentiré y le diré que me has querido violar, ¿vale?, pues a dormir - y se fue de la habitación. Aquello había sido asqueroso, terrible, pero a la vez muy excitante. Pasé toda la semana sin poder mirar a mi madre a los ojos. Atormentado por lo que había sucedido, pero a la vez, no podía evitar excitarme e incluso pajearme constantemente pensando en lo ocurrido.

El sábado siguiente mi padre estaba trabajando también. Yo estaba durmiendo tranquilamente cuando me desperté por un roce que había sentido en mi pene. Allí estaba mi madre, en camisón. Con una mano en su vagina, creo que con dos o tres dedos dentro, y la otra en mi pene, que sorprendentemente estaba empalmado.

- ¿Ya estás despierto amor?, mejor, así disfrutarás más - dijo mientras continuaba su paja y la mía.

La situación volvía a ser morbosa. Su mano subía y bajaba. Mi polla parecía estallar. Sus pezones se marcaban a través del camisón. Iba acelerando el ritmo. Pronto me corrí, llené su mano de semen. Ella se apartó y terminó de masturbarse con la mano empapada de mi corrida. Tardó apenas dos minutos más en correrse.

- Eres genial hijo, no sé, pero me excitas un montón - me dijo tranquilamente mientras se desvanecía de placer encima de la mesa de mi escritorio.

Pasaron unos 18 minutos en los que yo no solté palabra y ella no paraba de explicarme cosas sobre el sexo y otras tonterías. Me preguntó que si era virgen, a lo que yo contesté que sí. Entonces pareció como alegrarse. Miró a mi pene, que ya estaba flácido, lleno de semen por todos lados. Se acercó. Me lo agarró y se lo puso en la boca. Me lo limpió completamente. Extrañamente aquello no me excitó. Seguía igual de flácido. Me dijo que ahora descubriría sexo del bueno y que la acompañara al baño. Que nos daríamos una ducha.

- No mamá, paso, déjame ya - le dije sin temor. - ¿Que no?, bueno, tú mismo - dijo y, de repente me agarró con una mano el pene y con la otra los testículos. Me los apretaba con fuerza, me hacía daño - ¿ahora vendrás?, sino no te soltaré - gritó. - No, déjame, por favor, no harás daño a tu hijo. - Vamos a verlo - y apretó aun más fuerte, el dolor era ya imposible de resistir. - Vale, vale - dije con los ojos empañados de lágrimas a punto de caer por culpa del dolor.

Me levanté. Me condujo al baño sin soltarme. Al llegar al baño, cerró la puerta y me dijo que entrara en la bañera y me soltó. Entonces fui directo a la puerta para intentar salir. Pero ella se puso delante.
Me dijo que tendría que pasar por encima de ella si quería salir. Yo no quería hacerle daño pero le solté un guantazo en la cara. Me miró con furia. Se agarró a mí y me lanzó un morreo. Noté como su lengua inspeccionaba toda mi boca. Intenté apartarla pero me agarró otra vez del pene, pero esta vez para pajearme. Ahora si que se me empalmó. Me soltó otra vez y me volvió a pedir que entrara en la bañera. Ya no resistí, ya que pensaba que era inútil, porque tarde o temprano se saldría con la suya.

Me puse de pie en la bañera. Ella entró también. Abrió el grifo del agua caliente y la bañera empezó a llenarse. Mientras se llenaba aprovechó para quitarme la camiseta del pijama que aun llevaba. Ella se quitó el camisón. Estábamos los dos allí, de pie, desnudos, uno frente al otro. Sus espectaculares y grandes pezones estaban afiladísimos. Mi polla erecta y roja como nunca. Se acercó a mí y empezamos a morrearnos. Aproveché para sobarle las tetas. Puse en mi boca un pecho y empecé a juguetear con sus pezones. Noté como se hinchaban aun más, era increíble, parecía tener más pezones que pechos. Con todo eso, la bañera ya se había llenado.

- Siéntate cariño, que vas a disfrutar del primer y mejor polvo de tu vida - me ordenó.

Yo me senté en la bañera. La sensación era muy excitante, sentir como el agua caliente entraba en contacto con mis partes. Estaba sentado delante suyo. Ella se agachó y se sentó encima de mí. Empezamos a besarnos. Ya no podía más. Cogí mi pene y le dije que por favor, que me diera placer. Se lo introduje en su vagina. Que gusto, el primer polvo. La sensación proporcionada por el agua y por su vagina era genial.

Ella comenzó a moverse encima mío. Sentía el arder de su cuerpo, su fogosidad. La agarraba fuerte, apretándola contra mi cuerpo. Sentía el pulso de su corazón a través de sus pechos pegados a mi cuerpo. Sus caderas se movían sinuosamente, dando círculos. El placer empezaba a ser incontrolable. Me agarró mis pezoncitos y empezó a retorcerlos con fuerza, nunca imaginé que los pezones pudieran transmitir tal cantidad de bienestar.

Su culo iba dando vueltas y vueltas, como marcando un territorio alrededor de mi pene. Nos agarrábamos los pezones mutuamente. Su cadera se movía cada vez más rápido. Su coño apretaba y apretaba cada vez más fuerte mi polla.

Empecé a empujar ayudándola. Mis testículos rebotaban contra el piso de la bañera aumentado aun más si cabe el placer. Sentía un ardor definitivo. La abracé fuerte y me corrí. Noté como su cuerpo se retorcía de inmenso placer. Al sentir ella como me corría, al sentir ella como mi cálido semen mezclado con la cálida agua entraba en su más profundo interior llegó a un orgasmo espectacular. Lanzó un poderoso grito placentero, quizá demasiado, pues los vecinos nos podían oír.

Fue mi primer polvo. Y juro que ha sido el mejor de mi vida. Terminamos los dos abrazados. Su cuerpo con mi cuerpo. Dentro del agua caliente. Llevábamos ya demasiado tiempo dentro del agua. Mi corrida navegaba entre el agua. Entonces mi madre decidió que ya era hora de salir. Pero que antes tendría que limpiarnos, así que nos duchamos. Uno frente al otro. Sin entrar en contacto. Cada uno limpió su propio cuerpo. Supongo que era irremediable, a pesar de la inmensa corrida anterior, que mi polla volviera a empalmarse. Viéndola como el jabón cubría su cuerpo. Como el jabón escondía sus pezones. Como sus manos recorrían su cuerpo. Como el agua quitaba todo ese jabón volviendo a quedar a la luz su cuerpo.

El cuerpo que ahora me pertenecía. Estábamos ya los dos limpios. A punto de salir de la ducha. Ella vio que pene estaba tieso, pero hizo como si nada, y empezó a salir de la bañera. La agarré con fuerza. Pegando mi polla contra su cuerpo. La sobaba contundentemente. Le dije que quería volver a follarla, que no podía esperar. Ella me miró, sonrió y dijo que por hoy ya había sido demasiado, que ya repetiríamos otro día. Me apartó las manos y salió de la ducha. - Pero joder, ¿no ves como la tengo? - le pregunté. - Pues pajéate, pero es tarde y tengo que hacer la comida, tranquilo que el próximo sábado te haré la mejor mamada que te hayan hecho nunca - me respondió. La verdad es que aquella respuesta me cabreó un poco, pero intenté controlarme.

Agarré mi polla y empecé una grandiosa paja delante suyo. Ella había cogido una toalla. Iba secándose lentamente, pasando la blanca toalla por cada trocito de su cuerpo. Parecía que lo hiciese intencionadamente, que me provocase, y yo cada vez estaba más cachondo. Me acerqué a ella por detrás y pasé mi pene por su culo. Ella se giró y me gritó - Joder, que te he dicho que ya basta, contrólate mijo. Mi furia se encendió. La muy guarra no para de excitarme mientras se secaba y aun tenía la poca vergüenza de decir que me calmase.

La agarré por el pelo. La empujé contra la puerta del baño. Sus pechos se apretaban contra la puerta. Ante mí había un culo algo rellenito, pero no menos excitante. Tiré aun más fuerte de su pelo, haciéndole girar un poco la cabeza. Acerqué mi boca a su boca y le dije susurrando que ya estaba bien de ponerme cachondo para nada, que era una guarra y que ahora le daría su merecido.

Junté mi boca a su boca. Y mi lengua entró en su interior. Mientras mi pene se apretaba con fuerza contra su espalda. Con la mano que tenía libre cogí mi polla, la encaminé hacia su culo. Luego con las dos manos abrí su trasero hasta dejar visible su ano. Y le metí de un solo golpe mi polla. Ella pegó un gritó enorme. Supongo que el daño que sentía era muy importante. Sentía como ese pequeño agujero aprisionaba a mi pene casi estrangulándolo.

Empecé a sacar y meter mi polla, entraba cada vez más suavemente con la ayuda de los restos de jabón que habían quedado en su culo. Ella lloraba, las lágrimas caían muy sensualmente a través de su mejilla, por su cuello y hasta los pechos, culminando el viaje en sus pezones, que lentamente se iban hinchando. Los agarré con fuerza. - Le diré a tu padre que me has violado - me soltó, a lo que yo le respondí - Eso, eso, y así le contamos toda la verdad, y como comenzó todo esto. No supo que decir a eso.

Estaba enculando a mi madre contra la puerta, mientras le agarraba los pechos y le besaba el cuello. Pronto sus lágrimas se transformaron en suspiros. Su culo, antes inmóvil, ahora ayudaba a mi placer y supongo que al suyo, dando unos pequeños giros, con la ayuda de sus preciosas caderas. Ya no me pedía que parase sino que se la metiese, que no parase, que el dolor que sentía era a la vez excitante. Mis empujes eran cada vez más fuertes. Sus manos ahora cogían mi culo, comandando ahora ella mis empujes.

Sentía como su cuerpo se movía acompasadamente. Bajé mis manos desde sus pechos hasta su coño. Le pasaba una mano por encima de sus pelos púbicos y con la otra le acariciaba la vagina. Introduje lentamente un dedo dentro. Estaba tremendamente húmeda. Pronto pasé a meterle dos dedos, que después se convertirían en tres. Le metía los dedos a la vez que le metía la polla por el culo. Todo a la vez, a lo que ella respondía con gritos cada vez más fuertes.

Ella aprovechaba cada empuje para pasar sus pechos por la puerta. Sus pezones parecían arañar la madera. Quité mis dedos de su coño. Ella me los cogió para que se los volviera a meter. Pero esta vez opté por empezar a acariciarle el clítoris. Lo tenía durísimo y ardiente. Ahora si que ya sus gritos eran demasiado fuerte y le tapé la boca con mi mano. Sentía que me iba a correr pronto. Y así fue. Aceleré lo más que pude mi polla. De la fuerza y velocidad que daba mi madre se golpeaba cada vez más fuerte contra la puerta. Ya no podía aguantar más, así que me corrí, saqué una cantidad enorme de semen, a pesar de las anteriores eyaculaciones.

Supongo que ella notó mi calurosa corrida en su ano, ello la excitó aun más y se corrió también. Mis dedos quedaron empapados de un líquido suave y caliente. Su culo había quedado inundado de semen. Saqué mi pene de su ano, la giré y le di un beso apasionado.

- Gracias, mama, ha sido genial - le dije. - Para mí también, hijo, ven que te limpiaré un poco...

Volví a entrar en la ducha, ella se quedó fuera. Se puso un poco de jabón en la mano y me enjabonó el pene. Luego pasó un poco de agua. Agarró la toalla. Me lo secó y me dio un suave besito en la punta de mi glande. - Creo que esta polla me va a proporcionar mucho placer de ahora en adelante - susurró. Salí de la ducha. Nos terminamos de secar bien y nos vestimos.

Y así fue como perdí mi virginidad. Acordamos no decírselo a nadie. Seria nuestro secreto. Desde aquel día nuestra relación fue mucho más intensa y cercana.

Siempre que podíamos, o estábamos a solas aprovechábamos para hacer el amor, cualquier momento era bueno. O si por ejemplo un día ella no tenía ganas de hacerlo, yo me pajeaba delante suyo, desnudándose ante mi. A veces solo me enseñaba un pecho, o se quitaba las bragas y me enseñaba el coño y yo me pajeaba como un loco. A veces incluso se dejaba manosear. Y a veces lograba convencerla y terminábamos follando. Siempre he querido mucho a mi madre, y más desde ese día.

20/12/2008 Por: Nikita


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